Martes, 06 de enero de 2009

Reflexión cogida de cuaderno  de Cáritas para ADVIENTO Y NAVIDAD 2008 – 2009 en relación con la fiesta del Bautismo del Señor. 

  

LOS CIELOS SE ABREN

 

Un abismo grita a otro abismo (cf Sal 42, 2.8). En este caso, desde la pro­fundidad de la miseria humana Jesús grita al abismo de la misericordia divina. Entonces los cielos se abren, y descienden sobre Jesús la palabra amorosa del Padre y la fuerza amorosa del Espíritu. Se abre el cielo y desciende Dios.

 

Cuando Jesús sale del agua, escucha la voz del Padre: Tú eres mi Hijo ama-do, mi preferido. Es sólo un eco de la generación eterna del Hijo. El que se había despojado de su divinidad, para convertirse en un siervo, recoge ahora su aureola filial. Esa palabra paterna colma a Jesús de gozo inefable. Siente que el Padre está con él, a pesar de la debilidad de su carne. No te avergüen­ces, tú eres mi Hijo.

 

¿Qué otra cosa podía responder Jesús sino: Tú eres mi Padre, mi Abba amado. Cógeme en tus manos y sonríeme. Eso me basta.

 

Y cuando Jesús salió del agua, El espíritu Santo descendió sobre él . Toda la fuerza, la santidad, el amor y la alegría de Dios sobre el Siervo que sale del agua. Se cumple la profecía: «Reposará sobre él el Espíritu de Dios» (Is 11, 2).

 

En forma de paloma. Daba a entender, entre otras cosas, que traía la paz en sus alas, que la paz es el plumaje de Dios, que su mirada es tierna y confia-da. El Siervo paciente será protegido por las dos alas del Espíritu, la fortaleza y la misericordia.

 

Dicho de otra manera, el Espíritu venía a poner su nido en el Corazón de Jesús. Sería su morada más acogedora y más dulce. Se quedaría con él para siempre. Diríamos que el Espíritu tomaba posesión de Jesús definitivamente. Jesús sería «el hombre del Espíritu», todo lo haría desde el Espíritu y en el Es­píritu, hasta el final, cuando colocó su Espíritu en las manos del Padre.

 

Unción. Es otro símbolo, Jesús fue ungido por el Espíritu en plenitud, el Ungido, el Cristo. Juan no sabía quién era, sí sabía que no era él, y pronto se cumplieron los signos (cf Jn 1, 31-33; 3, 28).

 

El Espíritu es suave y curativo, como el aceite, penetra y empapa hasta el fondo. Así Jesús quedó lleno de su fuerza curativa que se volcaría sobre a po­bres, enfermos y oprimidos (cf Lc 4, 18-19. 21; 5, 17).

 

«No se puede desligar el bautismo de Jesús en el Jordán del bautismo en el Espíritu, porque es cuando Jesús resulta ungido por el Espíritu» (Cirilo de Jerusalén)


Publicado por verdenaranja @ 22:12  | Homil?as
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