S?bado, 10 de enero de 2009

 

Alfonso Aguiló

www.interrogantes.net

 

 

— ¿Y cómo se proporciona esa seguridad, que parece tan importante para la motivación?


        La sensación de sentirse seguro se apoya mucho en la sensación de sentirse querido (que, como es obvio, nada tiene que ver con estar mimado). Los niños privados de afecto (es fácil observar casos extremos, por ejemplo, en los internados de niños confiados al cuidado del Estado) suelen presentar un desarrollo afectivo anómalo y difícil, lo que demuestra, entre otras cosas, que la educación emocional de los primeros años ejerce un influjo decisivo.


        Es fundamental el papel de la familia como ámbito donde uno es querido con independencia de su valía o sus aptitudes.


        Un frecuente rechazo afectivo, o un estilo educativo asediante, imprevisible o hipercontrolador, disminuirá la capacidad del chico de dominar sus miedos y sus problemas. Lo mismo podría decirse de esos padres excesivamente obsequiosos y dependientes, que no permiten que su hijo se separe de ellos, y remueven los sentimientos del chico en un triste chantaje afectivo que suele enmascarar una actitud egoísta, dominante y posesiva.


        Todas esas situaciones, sobre todo si son intensas y prolongadas, influyen en el estilo sentimental del niño, y configuran esquemas mentales que quedan en las capas más profundas de su memoria y forman parte del núcleo de su personalidad.


— Hablas bastante de la memoria. ¿Te parece muy importante para configurar el estilo sentimental?


        Tiene importancia, aunque muchas veces su efecto pase casi inadvertido. Hay muchas cosas que nos parece haber olvidado, pero en realidad no las hemos perdido del todo, sino que están como latentes en nuestra memoria. Por ejemplo, todos tenemos experiencia de cómo a veces nos vienen viejos recuerdos –incluso simplemente con ocasión de un olor, o un sonido, o un gesto, o una situación–, y esos recuerdos reviven en nosotros sentimientos que en la memoria teníamos asociados a ellos.


        Este efecto a veces se produce de forma poco consciente, pero no por eso deja de influirnos. Por ejemplo, una persona puede haber tomado miedo a los perros porque en su infancia fue atacada por un perro; o a los coches con motivo de un lejano accidente de tráfico; y puede sentir miedo cada vez que vea un perro o cada vez que suba a un coche, porque, aunque no siempre vengan expresamente a su memoria aquellos recuerdos, sí reviven los sentimientos asociados a ellos.


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