Viernes, 16 de enero de 2009

Entrevista, publicada en Iglesia Nivariense – núm. 88,  a Don Felipe Fernández García, obispo emérito de la Diócesis de Tenerife sobre el Sínodo Diocesano al cumplir el X Aniversario de su clausura el 8 de Diciembre de 2008.

 

«UN GRAN MOMENTO PARA LA RENOVACION»

 

Mientras estamos preparando la celebración del X aniversario de nuestro Primer Sínodo Diocesano, hemos tenido la posibilidad de contar entre noso­tros con su principal impulsor, el Obispo Emérito de la Diócesis, Don Felipe Fernández. No podíamos comprender este número de Iglesia Nivariense, sin intercambiar, desde el recuerdo y la esperanza, unas palabras con él.

 

¿Cómo surgió la idea de convocar un Sínodo?

 

Se me ocurrió a mí personalmente. Sin embargo, consulté esta posible iniciativa, -entonces- con varios cola­boradores míos y con los organismos correspondientes en su día, tal y como sabiamente mandan los cánones de la Iglesia. Así nos asegurábamos la mejor garantía de que sería siempre un acto eclesial, como de hecho lo fue. Recuerdo que la idea de convocar un Sínodo surgió en mí, fundamental-mente, por el deseo de aplicar mejor el Concilio Vaticano II en nuestra dióce­sis. Además, en una Iglesia que había nacido hace más de un siglo, como la nuestra, nunca se había celebrado un Sínodo Diocesano. Sería un sínodo, podríamos decir, "constituyente", en cierto sentido, de la Iglesia diocesana, y de sus relaciones con las demás igle­sias diocesanas. (Por cierto, la diócesis hermana de Canarias, iba ya entonces por el tercer sínodo diocesano desde que nuestra Iglesia diocesana naciera de ella).

 

¿Cuáles fueron los primeros pasos y las primeras sensaciones?

 

Un paso originalísimo en nuestra igle­sia diocesana fue la consulta a toda la diócesis, a través de una pastoral del obispo, sobre la conveniencia o no del Sínodo. La pastoral la titulamos, en forma de pregunta, "¿Hacia un Sínodo Diocesano?'. Recuerdo que se recibieron casi 10.000 respuestas, la inmensa mayoría de las cuales fueron a favor de la realización y sólo algunas en contra. No obstante, ante una pregunta posterior, "En la hipóte­sis de que fuese convocado, más allá de lo que cada uno de ustedes haya podido pensar, ¿estaríais dispuestos a participar en él, según vuestras posi­bilidades (...)?', y que pesó no poco en mí para decidir convocar o no un Sínodo diocesano, todas las respues­tas fueron afirmativas. Incluso, pude constatar, cómo algún sacerdote que no lo veía claro en un principio, sin embargo, más tarde, trabajó como el que más en la realización del Sínodo diocesano.

Aquella consulta fue acompañada por un cuadernillo, preparado por Don Bernardo, de quien decía yo que era uno de los motores del Sínodo dioce­sano, (uno interior que era el Espíritu y otro exterior que era él, como secre­tario general del sínodo), en el que se informaba sobre lo que es y lo que no es un Sínodo diocesano. Sobre lo que se puede esperar y lo que no se puede esperar de un Sínodo diocesano.

 

El tiempo preparatorio, pre-sinodal, ¿Cómo se vivió?

 

Lo vivimos como una invocación al Espíritu para descubrir la conveniencia o no de ese Sínodo que pensábamos celebrar, como un momento de análi­sis de la vida diocesana hecho con el mayor rigor y deseo de ser objetivos en tal análisis y como un tiempo de dis-posición interior correcta de cada uno de nosotros de cara al sínodo, si decidíamos celebrarlo. Personalmente, valoro este punto de la disposición personal correcta, con mucho, como la más importante que podemos tener los hombres ante la realización de un Sínodo Diocesano. Debemos subrayar la invocación al Espíritu Santo, cuya devoción creció, entonces, no poco, en la diócesis.

 

Y el Sínodo, su realización ¿qué recuer­dos tiene de esa etapa?

 

Fue un tiempo precioso de participa­ción de muchísima gente en la vida de la Iglesia. Se tocaron muchas cuestio­nes, algunas más comunes, como la comunión, la caridad social, la liturgia de la Iglesia, el anuncio del Evange­lio de Jesús y su mensaje hoy, etc., y otras más propias de nuestro tiempo y de nuestra sociedad actual, como la familia, los jóvenes, la religiosidad popular... Estos temas resultaron de una gran novedad para muchos de los participantes, porque sencillamente se ayudaba a entender la vida de la Igle­sia de cada día.

 

Y ahora, diez años después, ¿qué inter­pretación hace?

 

Una interpretación muy hermosa, porque, en la etapa final se invocó mucho al Espíritu Santo y porque de hecho, se creció no poco en la invo­cación al Espíritu Santo en la Dióce­sis. Se han aplicado cuestiones muy concretas y que sólo podían ser deci­didas correctamente en un sínodo, como diversos puntos de la estruc­tura diocesana, de renovación parro­quial, la presencia de armas llevadas por los militares en diversas proce­siones (la del Cristo de la Laguna es un ejemplo más entre ellas), por enumerar algunas cuestiones de las decisiones sinodales...


Publicado por verdenaranja @ 22:30  | Hablan los obispos
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