Mi?rcoles, 11 de febrero de 2009

Alocución inaugural de Monseñor Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Barranquilla y Presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana, al inicio de la Octogésima Sexta Asamblea Plenaria del Episcopado en Bogotá.


CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA

LXXXVI ASAMBLEA PLENARIA

 

(Bogotá, D.C., 9 al 13 de febrero de 2009) 


ALOCUCIÓN INAUGURAL DEL EXCELENTÍSIMO MONSEÑOR RUBÉN SALAZAR GÓMEZ ARZOBISPO DE BARRANQUILLA, PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL

 

Señor Cardenal, Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia, señor Nuncio Apostólico, señores Arzobispos y Obispos, miembros de la Conferencia Episcopal de Colombia, señores invitados especiales a la sesión inaugural, colaboradores del Secretariado Permanente del Episcopado, señores representantes de los medios de comunicación social.

 

EL CONTEXTO HISTÓRICO

 

A lo largo del año 2008, hemos celebrado con alegría y profunda acción de gracias al Señor el primer centenario de la creación de la Conferencia Episcopal de Colombia. Esa celebración nos permitió tomar conciencia de cómo la Iglesia que peregrina en Colombia -gracias a la sabia conducción de sus pastores organizados en Conferencia Episcopal- ha logrado con intrepidez y sabiduría llevar el Evangelio de salvación a lo largo y ancho del territorio de nuestra Patria, logrando al mismo tiempo incidir en la marcha de la sociedad colombiana por caminos de justicia y de paz.

 

Mirando hacia atrás, hemos podido constatar los grandes logros alcanzados durante los primeros cien años de existencia de la Conferencia Episcopal, y hemos comprendido también con plena claridad cómo la misión entregada por Cristo a la Iglesia nos plantea retos y desafíos de una importancia trascendental para la Iglesia misma y para la patria colombiana dentro de la cual peregrinamos hacia la Patria definitiva.

 

El libro conmemorativo de estos cien años fue un estupendo testimonio de la fuerza de la acción evangelizadora de la Iglesia, inserta creativamente en los acontecimientos del mundo y del país, y siempre dispuesta a dar testimonio de su esperanza.

 

EL SER Y EL QUEHACER DE LA IGLESIA

 

La tarea continúa. Tenemos que mirar al presente y al futuro y descubrir las implicaciones que tiene la misión que hemos recibido del Señor: Anunciar el Evangelio a todos los seres humanos; hacer posible que la presencia salvadora del Señor se haga vida en los discípulos del Señor por medio de la celebración de sacramentos; construir comunidades de fe, de esperanza y de amor; iluminar la realidad para que el pueblo cristiano pueda ser fermento de transformación en un mundo en profundos y rápidos cambios; esta tarea, en su profunda complejidad, nos plantea la necesidad de reflexionar una y otra vez sobre el sentido esencial que tiene la presencia de la Iglesia en un mundo al que Dios tanto ama.

 

La Iglesia nace de la iniciativa de salvación de Dios para con todos los seres humanos. En un mundo disperso y confuso, la Iglesia es el pueblo elegido y congregado por Dios por medio de la muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo y animado permanentemente por la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para que todos sus miembros vivan la vida misma de Dios -el amor- y se hagan portadores de ese amor. Esta realidad une estrecha e íntimamente a todos sus miembros en una comunión que trasciende toda unión meramente humana ya que, al compartir la vida de Dios, cada uno puede exclamar con san Pablo: "Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí", (Gl 2,20) y, si en cada uno es Cristo el que vive, todos forman un único "Cristo", todos son parte de un único "nosotros" en el que la vida de Dios se expresa en la unión profunda de los hermanos en la fe, la esperanza, y el amor. "No una cosa, sino uno, un único, un único sujeto" en las palabras del Papa Benedicto XVI (15 de abril del 2006).

 

De esa realidad íntima de la Iglesia nace su misión en el mundo. Los creyentes en Cristo -cada uno en su vida personal y todos unidos en comunidad eclesial- están llamados a ser "luz del mundo y sal de la tierra", según las palabras de Jesús, el Cristo, en el Evangelio de Mateo (5,13-14); a ser "sacramento, es decir, signo e instrumento de salvación", como lo afirma el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia "Lumen Gentium" (No. 1); "casa y escuela de comunión" como aparece en el programa que el Papa Juan Pablo II marcó a la Iglesia al comenzar este milenio (Tertio Millennio Ineunte, 43).

 

Porque la Iglesia vive la luz de Dios, manifestada en Cristo y encendida en su interior por el Espíritu, puede reflejarla llevándola a cada ser humano, a la sociedad, al mundo; y, mientras peregrina por el espacio y el tiempo, se purifica de todo lo que en ella sea oscuridad, mentira, falsedad, para poder reflejar plenamente la luz de la verdad, ayudando con humildad a que se pueda comprender hasta sus últimas consecuencias el sentido de la persona humana, de su dignidad, de sus derechos, de su dimensión comunitaria, su destino trascendente: el sentido de la vida y de la muerte.

 

De esta manera, la Iglesia es también signo y casa de amor y de comunión, porque el Señor crea en su seno las condiciones para vivir, con toda riqueza, esa luz que se traduce en respeto de todos y cada uno, en aceptación de la diversidad pero también de la complementariedad de todos, en consecución de todo lo que une, en solidaridad que comparte especialmente con los más necesitados.

 

Como la sal se compenetra de tal manera con los alimentos que desaparece y simplemente les permite alcanzar su pleno sabor y los protege de la corrupción, la Iglesia no existe para sí misma sino que, como comunidad visible, debe integrarse plenamente en la sociedad; sus miembros llegan a ser "en el mundo lo que el alma es en el cuerpo" (Carta a Diogneto), es decir, animan con la luz de la verdad todos los procesos de las personas y de la sociedad, viviendo el amor traducido en justicia, solidaridad, fraternidad; viviendo la esperanza para ser portadores de consuelo, de sentido y de futuro. Así la Iglesia se hace instrumento y escuela de una transformación permanente de las estructuras sociales.

 

La Iglesia, de esta manera, hace suya la realidad de las palabras de Cristo: "El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida por todos" (Mc 10,45). La Iglesia no busca ni admite privilegios, sólo quiere que se le permita cumplir su misión de estar al servicio de todos y cada uno de los seres humanos, y de la sociedad en su conjunto. Es un servicio sin pretensiones, con humildad, pero con valentía y sin permitir que se tergiverse su naturaleza.

 

SER Y QUEHACER DE LA IGLESIA HOY EN COLOMBIA

 

Ser luz y sal, signo e instrumento, casa y escuela, éste es el reto que tiene nuestra Iglesia hoy en la sociedad colombiana. Por eso, en esta Asamblea Plenaria que hoy empezamos nos concentraremos en la contemplación -a la luz de la misión recibida del Señor- de la situación del país en toda su amplitud: consideraremos -a partir de nuestra visión y experiencia, pero iluminados por las ciencias sociales- los fenómenos de orden cultural, político, económico, religioso, que afectan a cada uno de los colombianos y, a la luz de nuestra fe, veremos cómo la Iglesia hoy en Colombia puede, con mayor claridad y fuerza, llevar la luz y la sal de Dios, ser signo e instrumento del amor de Dios, crecer como casa y escuela de amor y de solidaridad.

 

Dada la complejidad de la realidad, trataremos de descubrir los mecanismos internos de los acontecimientos que vivimos, de ver su interrelación, sus causas, sus antecedentes históricos, su proyección hacia el futuro. Pero sin perder nunca de vista que es el ser humano el único objeto de nuestra preocupación. "El hombre es el camino de la Iglesia", como lo ha afirmado sabiamente el papa Juan Pablo II en su encíclica "Redemptor Hominis". Si analizamos los fenómenos económicos y políticos, si nos entretenemos en descifrar la cultura y las vivencias religiosas es porque queremos comprender a una persona: el hombre y la mujer que viven, aman y luchan en este territorio de nuestra Patria.

 

¿Para qué este estudio? Para que podamos servir mejor; para que podamos, con la fuerza del Espíritu que el Señor nos ha dado con su muerte y su resurrección, llegar a cada uno de los corazones de los colombianos y sanarlos de sus odios, de sus venganzas, de sus injusticias, de sus violencias, de sus pecados, y podamos, así, contribuir de manera eficaz a la superación de las crisis, a la solución de los problemas, al encuentro de los caminos que debemos recorrer como nación y patria, a construir juntos una sociedad más justa y fraterna, a alcanzar la paz sobre la base sólida de la verdad sobre el ser humano, su inalienable dignidad, sus inviolables derechos, su vocación a la libertad y al amor, su llamamiento a ser hijo de Dios y a caminar hacia el encuentro definitivo con Dios más allá de la muerte y de este mundo en el que Dios nos ha colocado.

 

En este sentido, la tarea de la Iglesia tiene repercusiones profundamente políticas si se entiende por esto la contribución decidida al bien común, a la construcción de lo público, a la consecución de la equidad y de la justicia, a la consolidación de las instituciones democráticas que conforman el Estado social y de derecho, al fortalecimiento del diálogo y la concertación en una sociedad atormentada por el conflicto social, a la búsqueda y el hallazgo de nuevas formas de desarrollo para alcanzar una efectiva justicia social, al acercamiento entre las partes en disputa, a la superación de todo lo que nos separa y enfrenta para encontrar todo lo que nos une y hermana. En una palabra, a la construcción de la paz, que, para Colombia, ha sido una realidad esquiva pero anhelada y, hoy más que nunca, sentida como necesaria.

 

NUESTRA MIRADA AL PAÍS

 

La Iglesia no cumple esta tarea como lo puede hacer un partido político o una organización no gubernamental. No. Lo hace "como el alma en el cuerpo", siguiendo la expresión de la Carta a Diogneto. Lo hace como luz y sal, como signo e instrumento de salvación, como casa y escuela de comunión. Y lo hace con la conciencia clara de que su cometido es llegar al ser humano en su realidad integral. Por esto, nuestra mirada se dirige a todos y cada uno de los colombianos. Una mirada que se hace expresión de profundo respeto y cariño sincero. Una mirada que se convierte en saludo cordial y fraterno. Una mirada que quiere ser expresión de nuestro compromiso humilde y veraz de servicio desinteresado y generoso.

 

Y para hacer efectiva esta mirada de respeto y cariño, me atrevo a hacerme vocero de todos y cada uno de los Obispos que hoy nos reunimos en Asamblea Plenaria para dirigir un saludo cordial y fraterno a todos los colombianos:

 

Saludo respetuoso al señor Presidente de la República de Colombia y a todas las personas que conforman las diferentes ramas del Estado: poder legislativo en el Senado y la Cámara de Representantes, en las asambleas departamentales y en los consejos municipales; poder ejecutivo en sus diferentes expresiones en el nivel nacional, departamental y municipal; poder judicial, en las altas cortes y en los juzgados a lo largo y ancho del país.

 

Saludo cordial y agradecido a las fuerzas armadas y de policía que se entregan todos los días generosamente para proteger a los colombianos y sus instituciones.

 

Saludo cordial y fraterno a los diferentes grupos que conforman la sociedad civil: industriales, comerciantes, profesionales de las diversas ramas, empleados, obreros, campesinos, a todos los que con su trabajo y su esfuerzo luchan cada día por un mundo mejor.

 

Saludo también a todos los partidos políticos, a las organizaciones no gubernamentales.

 

Nuestro saludo quiere llegar también a todos los que conforman los grupos alzados en armas en una larga lucha que empezó por la búsqueda de mejores condiciones sociales para nuestra patria. Y no podemos ignorar a todos aquellos que, de una manera y otra, han roto con la sociedad y se han puesto al margen de la ley. Para todos va nuestro saludo.

 

Y éste no puede no dirigirse a todos los que sufren de manera especial: a los secuestrados; a los desplazados a causa de la violencia y de la pobreza; a todas las víctimas, especialmente a las viudas y huérfanos, de la violencia engendrada por el conflicto armado, por el narcotráfico y todas las formas de delincuencia; a los que sufren las consecuencias de la pobreza y la miseria causadas principalmente por la injusticia social; a todos los que luchan para reivindicar sus derechos, por recuperar sus bienes, por ser incluidos en la sociedad; a los marginados en un mundo cada vez más tecnificado y ávido de ganancia; y también a los enfermos, a los tristes, a los que hoy tienen la tentación de perder la esperanza, a los que miran el futuro con aprensión.

 

Nuestro saludo se dirige también a todos los miembros de la Iglesia. En primer lugar, al señor Nuncio, cuya presencia es la presencia del Papa entre nosotros y prenda de comunión con la Iglesia extendida por todo el universo; a todos y cada uno de los presbíteros -tanto diocesanos como religiosos-; a los miembros de las diferentes comunidades de vida consagrada; a todos los fieles laicos, a los que trabajan activamente en las tareas pastorales de la evangelización y a los que -"como el alma en el cuerpo"- están animando los procesos de construcción de una sociedad mejor a partir de su experiencia de fe, de esperanza y de amor.

 

A todos los colombianos -creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, católicos y no católicos- dirigimos nuestro saludo y les expresamos nuestro deseo sincero de ser cada vez más lo que tenemos que ser como Iglesia para poder servirles mejor, con mayor generosidad y capacidad, con mayor entrega y disponibilidad.

 

ORACIÓN A LA VIRGEN

 

De esta manera, iniciamos esta Asamblea, no sin antes ponerla bajo la protección de la Santísima Virgen María, Patrona de Colombia bajo la advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá. Y la invocamos suplicándole:

 

Santa María, Madre de la Iglesia, muéstranos el camino que nos lleve a ser auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo para que reflejemos el verdadero rostro de la Iglesia, luz y sal del mundo, signo e instrumento de salvación, casa y escuela de comunión.

 

Te rogamos que intercedas por nosotros para que, con la luz salvadora del Espíritu, esta Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal sea un paso más en el cumplimiento de la tarea de servicio que la Iglesia en Colombia hoy debe prestar al país, frente a los grandes desafíos que plantea la sociedad a la que debe llevar el Evangelio. Amén.

 

 

+ Rubén Salazar Gómez

Arzobispo de Barranquilla

Presidente de la Conferencia Episcopal


Publicado por verdenaranja @ 18:45  | Hablan los obispos
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