Domingo, 22 de febrero de 2009

Artículo publicado en el Boletín "Misioneros Javerianos", número 447 - DICIEMBRE 2008

MISIÓN, VICTIMAS Y CRUZ (III)

 

P. Carlos Collantes

 

"Tenemos que sacar la lucha contra la pobreza de los discursos y ponerla a caminar entre la gente pobre y excluida. Vivimos con demasiada tolerancia a la injusticia social y muchas veces las altas torres de la burocracia terminan apar­tándonos del día a día de quienes no alcanzan a consumir un alimento. Una América socialmente más justa debe ser la gran misión de los tiempos nuevos (...). Los pobres y excluidos merecen que de una vez por todas preparemos para ellos la siembra de ese mundo mejor que venimos prometiendo... Respetuosamente, no demoremos más". 

 

Así se expresaba recientemente Fer­nando Lugo, presidente del Paraguay y hasta hace poco obispo católico en ac­tivo, ante los representantes de los pa­íses miembros de la Organización de los Estados Americanos.
                       

Con sus escritos y reflexiones, biblistas y teólogos han intentado "explicarnos" el hecho histórico de la cruz, nos han ayudado a ver las causas humanas, de carácter político o religioso, que llevaron a Je­sús a la cruz. Quiénes fueron los actores del drama, qué intereses defendían, porqué rechazaron a Jesús. Y sin embargo, nunca las atinadas explicaciones desvela­rán el misterio.

 
Fuerzas ocultas                                                                               

 

Intentos explicativos le­gítimos y necesarios para contrarrestar una vi­sión "dolorista", intimista, incluso enfermiza de la cruz, o un sentimenta­lismo inefi­caz y, en algu­nos casos, para purificar formas de piedad equivocadas y malsanas apoyadas en deformadas imágenes de Dios. Se tra­ta de "desculpabilizar" a Dios, no hacer-le cómplice de la injusticia, del sufrimiento. La cruz no fue algo fatalmente que­rido por Dios en una ciega e inhumana sed de reparación por el pecado huma­no. Pero lo inexplicable, con su dimen­sión de escándalo, permanece y acom­paña nuestra desazón humana y nuestro irrefrenable deseo de un mundo más justo, más humano y más divino, porque la bondad habita cl corazón humano. a  pesar de tanto comportamiento incom- Cambio de sentido prensible e inaceptable.

 

La cruz. El escándalo continúa encarnado en millones de crucificados que                      malviven, sobreviven y mueren en las periferias del mundo y de las decisiones. En la cruz se vislumbra "el misterio de iniquidad" (II Tes. 2, 7) que sigue actuando en nuestra atormentada his­toria; escándalo que interpela hace sufrir. ¿Qué lucha y qué compromiso contra ese "misterio de iniqui­dad". contra esas fuerzas no tan ocultas que actúan ennumerosas "grandes" decisions humanas: paraísos fiscales, dineros especulativos, mercados financieros, influyentes ejecutivos, políticos al servicio de poderosos intereses económicos, guerras que no terminan en el corazón de Africa, saqueos de recursos y de países, COLTAN ensangrentado, CONGO martirizado, multinacionales ase­sinas, impunes criminales de gue­rra, desprecio hiriente por las gen-tes sencillas? La cruz desvela también la miseria de nuestras "pequeñas" —menos influyentes-decisiones persona-es, cobardías, silen­cios.

¿Qué lucha y qué conversión?

 

Cambio de sentido

 

En la cruz se afrontan dos misterios: el mal extremo y la bondad suprema. Para vencer tamaño mal hacía falta una bondad máxima, invencible en su apa­rente derrota y vulnerabilidad. No se entiende la cruz porque no se entiende el mal, sobre todo cuando alcanza cier­tos niveles, y porque tampoco entendemos a Dios, esa bondad suprema a ve-ces "silenciosa". La maldad humana se revela en toda su crudeza cuando es transfigurada por la bondad divina. Por la cruz, por la entrega libre y lúcida de Jesús, Dios ha querido hacernos llegar el perdón, la reconciliación, una vida nueva... todo. Pero este todo o este "cambio de dirección" de una acción humana objetivamente criminal: ajusti­ciar al gran inocente, es fruto de la bondad de Dios. La cruz siempre estará envuelta en y por el misterio, nunca podremos comprenderla racionalmente del todo. Tampoco comprendemos —nos negamos a comprender- tanta maldad humana, tanta injusticia, tanto sufrimiento. ¿Por qué el hombre hace tanto daño a su hermano?

 

¿Con qué tipo de "razón" o con qué razones hemos organizado la sociedad? ¿Razones estrictamente económicas, de beneficio, lucro, rentabilidad? ¿Razo­nes "destructivas", nos estamos cargando a fuego lento el planeta en el nom­bre de un progreso desdichado, miope y para unos pocos? ¿Razones de falsa caridad: dispuestos a ofrecer migajas para los empobrecidos, mientras les negamos la justicia'? Sinrazones que actúan en las relaciones entre países, entre un Norte enriquecido que man-tiene injustas leyes comerciales y luego ofrece las migajas de la "ayu­da al desarrollo" para lavar la inco­modidad de la conciencia colectiva. ¿Quién salva a quien? A veces pen­samos que salvamos a los países em­pobrecidos con las migajas de la co-operación internacional, la ayuda oficial y créditos disfrazados de ayu­da internacional que con frecuencia ocultan la injusta realidad. En tantos lugares de Africa, lo que anhelan y necesitan es justicia y no ayudas "in­teresadas". En las relaciones interna­cionales de los países ricos con los empobrecidos no son los recursos lo que falta sino la ética –la razón hu­manizada. justa y solidaria- y sobran intereses. por eso los pueblos empo­brecidos -no sus dirigentes- son los que cargan mayoritaria y colectivamente con los males de este mundo.

 

Víctimas y liberalismo

 

Es más fácil producir objetos de lujo para quien puede pagarlos que bienes necesarios para quienes no pueden. Para la lógica del mercado basada en la ley de la oferta y la demanda y en el máximo beneficio, las demandas –ne­cesidades auténticas- de los pobres no existen, porque no van acompañadas de poder adquisitivo. De ahí la urgente necesidad ética de tener el mercado bajo control por los poderes públicos democráticos sensibles a la justicia so­cial, frente a ese liberalismo –ultra o salvaje en nuestro tiempo- que defien­de el funcionamiento "invisible", ciego del mercado, aunque no debe de ser tan ciego porque la riqueza termina siem­pre en los mismos bolsillos u opacos paraísos fiscales que los políticos de­centes deberían desmontar ya. No ven­dría mal alguna carta pastoral valiente de alguna conferencia nacional episcopal. en la línea de la doctrina social de la Iglesia, denun­ciando tanto desvarío. tanta codicia impu­ne, tanto desprecio. Aunque la denuncia no nos basta.

 

"Salvar" el sistema finan­ciero –el capi­talismo en su vertiente más voraz- ha costado unos 700.000 millones de dólares, en realidad bastante más. ¿Cuánto cuesta salvar a los con­denados por el capitalismo? Bastante menos. aunque hace falta más, mucha más voluntad política. "La avaricia de pocos. está dejando a la mayoría al margen de la historia", decía el cardenal Maradiaga en la sede de la ONU.

Cristo muere en la periferia. Hoy las periferiasdel mundo siguen sufriendo, en ellas se sigue muriendo, y en estos meses lo hemos podido comprobar con dolor y estupefacción.

Duele ver con que rapidez y que cantidades millonarias ha encontrado el sistema para rescatar algunos bancos y que lentitud y egoísmo ciego para encontrar mucho menos dinero para escolarizar a niños,
potabilizar el agua, desterrar algunas enfermedades, perdonar de una vez por todas la asfixiante deuda que condenan a millones de personas a malvivir. Salvados los bancos, ¿saldrán los poderosos de esa indiferencia crónica ante quienes mueren cada día debido a esa catástrofe humanitaria permitida por todos que es el hambre?
¿Se acordarán de los millones de personas que no tienen acciones que vender, que sobreviven con un euro al día, que pasan hambre'? ¿No se podrían o deberían expropiar los bienes de quienes –sus nombres han aparecido en la prensa- cegados por su codicia desbocada, por su arro­gancia y desprecio, y blindados por sus sueldos astronómicos e inmorales han provocado tanto desastre y drama en la economía real de millones de fa­milias? Esto sí que sería un rescate.

 

Jesús se hizo solidario con toda la humanidad, por eso fue crucifi­cado. Cargó con todo nuestro mal y su muerte vivida en amor y libertad se transforma en don. en fuen­te de perdón y de vida. Por eso la cruz será siempre una fuerza de crítica social y no únicamente un objeto de piedad individual e ínti­mo, es y será expresión de un espí­ritu de rebeldía social, cultural, po­lítica para mantener el sentido de la vida, para nadar contra corrien­te. para ser libres, para no claudi­car o al menos no callar, para des-velar tantos falsos valores. n


Publicado por verdenaranja @ 21:12  | Misiones
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