Viernes, 06 de marzo de 2009

Texto de la homilía pronunciada por Monseñor José Luis Lacunza, obispo de David y Presidente de la Conferencia Episcopal Panamaña en la peregrinación de Atalaya el 1 de Marzo de 2009 con motivo del lanzamiento de la Misión Continental.

 

Queridos Hermanos Obispos, Mons. Gregory, Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica, queridos Sacerdotes, Diáconos, Religiosos, Religiosas, hermanas y hermanos todos, presentes en la Basílica Menor de Atalaya o que nos sintonizan a través de la televisión o la radio.

 

En primer lugar, quiero expresar la gratitud de la Conferencia Episcopal Panameña a Mons. Óscar Mario Brown, Obispo de Santiago de Veraguas, por brindarnos este espacio privilegiado de la romería a Atalaya para el lanzamiento de la Misión en Panamá. A la vez, Mons. Óscar, en nombre de la Conferencia, reciba nuestro testimonio público de apoyo y solidaridad en las delicadas situaciones vividas en este mismo lugar en torno a la venerada imagen del Nazareno. De ninguna manera podemos aceptar el irrespeto ni la coacción física de que fue objeto. Y confiamos en que, con la sabiduría, paciencia y prudencia que le caracterizan, con el apoyo de su clero y fieles, y con un diálogo abierto y sincero, superarán todas las dificultades.

 

Como peregrinos hemos llegado a los pies del Nazareno de Atalaya, cargados con el peso de nuestros pecados, amarguras, dolores, dificultades, para encontrar perdón, consuelo, acogida, en las manos abiertas y en el rostro doliente de Aquél que « cargó con nuestras culpas y fue triturado por nuestros delitos » (Is 53, 5) Sin duda, al comienzo de la Cuaresma, el llamado a la conversión es el que más fuerte resuena en la Liturgia y es el que resulta más palpable en esta Basílica en la que miles y miles de fieles recurrimos al sacramento de la Reconciliación para, con la gracia de Dios, iniciar una vida nueva. Y ¿dónde mejor que en Atalaya, bajo los ojos misericordiosos del Nazareno, para sentir el llamado a convertirnos? ¿Dónde mejor que en Atalaya, a los pies del Nazareno cargado con la cruz, para sentir toda la fuerza del amor compasivo del Padre? ¿Dónde mejor que en Atalaya, ante el Nazareno dispuesto a morir por nuestros pecados, para sentir la gravedad de nuestras negativas al plan de Dios?

 

En el contexto de la peregrinación a Atalaya y del inicio de la Cuaresma, la Iglesia de Panamá lanza el llamado a la Misión Continental. Es el compromiso que la Iglesia de América Latina y El Caribe asumió en Aparecida en mayo del 2007 y que, posteriormente, en Quito, en agosto del 2008, en la celebración del Tercer Congreso Americano Misionero, se ratificó con el lema « AMÉRICA CON CRISTO: ESCUCHA, APRENDE Y ANUNCIA ». No cabe duda de que a Atalaya se viene como peregrinos, para, a los pies del Nazareno, escuchar y aprender. Pero es necesario que de Atalaya regresemos como misioneros, para anunciar. Y, por eso, me parece importante, en este momento, clarificar el « por qué », el « para qué » y el « cómo » de la Misión.

 

1. ¿Por qué la Misión? Porque somos la Iglesia de Jesús, el « enviado », el « misionero » del Padre. Así se definió en la sinagoga de Nazareth, precisamente inmediatamente después del episodio de Jesús en el desierto que hemos proclamado en el evangelio: « El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor » (Lc 4, 18). Y Él mismo escogió y envió a los Apóstoles, es decir a la Iglesia, para continuar su misión: « Como el Padre me envió, también yo les envío » (Jn 20, 21), « Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación » (Mc 16, 15). En consecuencia, la Iglesia de Jesús es misionera por naturaleza, a tiempo completo y en todas sus estructuras y, como decía el Papa Pablo VI: « La tarea de la evangelización de todos los hombres, constituye la misión esencial de la Iglesia. Evangelizar constituye la gracia y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar » (EN 14). En algún momento de nuestra historia, sin duda por múltiples razones, perdimos el « aguijón » de la misión y dejamos de sentir el apremio de la misión que expresaba San Pablo con el « grito » angustioso: « Ay de mí si no predico el Evangelio » (ICor 9, 16). El Papa Benedicto XVI, al inaugurar el Sínodo sobre la Palabra, decía que estas palabras del Apóstol de los Gentiles constituyen « un grito que para todo cristiano se convierte en invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo » (5 de octubre de 2008). ¿Y no decía el mismo Jesús: « He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! » (Lc 12, 49)? Recuperar nuestra identidad misionera, nuestro celo misionero, ese es el objetivo fundamental de la Misión Continental y de nuestro empeño misionero dependerá que nuestra tierra panameña arda en el fuego del amor de Cristo.

 

2. ¿Para qué la Misión? Es evidente que la misión tiene, según el texto que hemos citado de la sinagoga de Nazareth, unas líneas bien claras: anunciar la Buena Nueva, que consiste en que nadie está excluido del amor del Padre, ni los pobres, ni los enfermos, ni los pecadores y, en definitiva, por encima de las condiciones personales o sociales en que nos encontremos, estamos invitados a participar y gozar de la vida de Dios. Y eso es lo que señala Aparecida con su lema: « Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que en Él nuestros pueblos tengan vida » más la apostilla del versillo bíblico: « Yo soy el camino, la verdad y la vida » (Jn 14, 6). El fruto de la misión es la « vida », pero no cualquier vida sino la vida de Jesucristo, el que vino para que todos « tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Podríamos decir que, así como no se puede ser discípulo de Cristo sin ser misionero, tampoco, sin ser promotores de la vida. Y eso implica, no sólo defender la vida en todas sus etapas, sino también luchar y promover una vida digna para todos y todas, sin exclusión de ninguna clase ni de ningún ámbito. Por eso, desde nuestra identidad cristiana y más allá de nuestras legítimas preferencias políticas, debemos luchar por una política al servicio del bien común; por una economía solidaria que distribuya con equidad los recursos del Estado; por una sociedad inclusiva y que abra oportunidades para todos, especialmente para los más marginados; por una educación en valores, promotora de cultura y respetuosa de la conciencia y de los derechos de los padres; por una administración de justicia imparcial y expedita; por una seguridad ciudadana que respete los derechos humanos y que brinde espacios de resocialización; por una atención a los problemas sociales que no dé excusas o razones para una alteración continua de la vida de los ciudadanos; por una convivencia sin rencores ni violencias, con diferencias pero sin divisionismos y con tolerancia.

 

De esa actitud misionera surgirá una sociedad nueva ya que, en la medida en que tomemos en serio nuestra fe, seremos capaces de transformar las estructuras haciéndolas más humanas, es decir a la medida del plan de Dios. Es necesario y urgente rescatar y reafirmar los valores cristianos que están en la raíz de nuestra cultura y de nuestras tradiciones y para ello es imprescindible hacer llegar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política. Seamos conscientes, hermanos y hermanas de que, como decía el Santo Padre en el Discurso de apertura de Aparecida: « las estructuras justas son [...] una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal » (13 de mayo). Pero, añadía, ni las realidades sociales ni las políticas tienen la respuesta a la crisis que, en última instancia es una crisis de valores, sino que se encuentra sólo poniendo a Dios en el centro, porque « Donde Dios está ausente —el Dios del rostro humano de Jesucristo— estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos » (Ibidem) y porque « Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano » (Ibidem).

 

3. ¿Cómo hacer la Misión? Una de las cosas que tenemos que tener clara es que no se trata simplemente de hacer una misión, cuanto de ponernos en estado de misión. En esa línea hemos de entender lo que Aparecida llama « conversión pastoral ». Se trata de que todo en la vida de la Iglesia esté en función de la misión para pasar de una Iglesia sentada, a la espera, entretenida en funciones preferentemente burocráticas o  administrativas, a una Iglesia en pie y en marcha, al encuentro de los hombres y las mujeres. Y así, desde el Obispo, primer misionero,  promotor y animador incansable de la misión, todas las personas y todas las estructuras de la iglesia diocesana deben ser revisadas y replanteadas en orden a la misión. No se trata, entonces de una misión realizada por especialistas, sino de poner a toda la Iglesia en estado permanente de misión.

 

En el texto evangélico proclamado en esta celebración, Marcos nos ha presentado a Jesús, antes de comenzar su misión, conducido por el Espíritu, retirándose al desierto, donde pasó cuarenta días, siendo tentado. Mateo y Lucas, en los textos paralelos, dicen, además, que ayunó. Está actitud de Jesús y las respuestas que da al tentador nos muestran que son fundamentales para la misión tres actitudes: el vaciamiento de sí mismo (ayuno), la escucha de la Palabra de Dios (no sólo de pan vive el hombre) y el cumplimiento del plan de Dios (a Él sólo servirás). Es por ello que Aparecida insiste en que el discípulo-misionero de Jesús debe ser hombre-mujer de oración; asiduo lector, y lector orante, de la Palabra; alimentado y sostenido por la fuerza de los sacramentos, especialmente Eucaristía y Reconciliación. No somos discípulos-misioneros por nuestra voluntad ni por nuestras fuerzas, sino por la elección de Dios y por su gracia. Al finalizar su Mensaje para esta Cuaresma, cuyo tema es el Ayuno, El Papa Benedicto nos dice: « Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical ».

 

Una palabra sobre el momento político que vivimos. Como dijimos en nuestra reciente Carta Pastoral, la política no es un « mal necesario » sino un « bien » en tanto en cuanto, por un lado, es un ejercicio democrático por el que los ciudadanos eligen, según su conciencia, a quienes dirigen la vida pública, y, por otro, da a los elegidos la responsabilidad de poner todas sus capacidades al servicio del bien común. Es lamentable que los distintos Presidentes de los Partidos Políticos no respondieran a nuestro llamado a firmar el Pacto Ético Electoral y eso nos hizo temer lo peor: « que la campaña política dejará de ser una contienda cívica para convertirse en una batalla campal para conquistar el poder a cualquier precio ». El tono de algunos mensajes y cuñas políticas y algunos incidentes violentos protagonizados en los días pasados nos demuestran que nuestros temores no eran infundados. Rechazamos rotundamente el uso de la violencia física, sicológica o verbal como instrumento de campaña política. Apelamos a la cordura de los candidatos y candidatas para que ni exacerben los ánimos ni inciten a la confrontación: la campaña política es un pugilato de ideas, planes, soluciones, y no de latas, puños, insultos y descalificaciones. Exigimos a las autoridades competentes, tanto del Ministerio Público como del Tribunal Electoral, a que tomen las medidas oportunas y enérgicas en estos casos: con Pacto o sin Pacto, las autoridades no están exentas de hacer valer lo que la ley exige. Y pedimos a todos los panameños y panameñas que no se dejen llevar por la espiral de violencia o descalificaciones sino que analicen las propuestas de gobierno y, cuando llegue el momento de las elecciones, ejerzan su derecho y deber de votar con conciencia cristiana y responsabilidad ciudadana.

 

Hermanas y Hermanos: Vinimos a Atalaya como peregrinas y peregrinos; volvamos a nuestros hogares y comunidades como misioneras y misioneros. Repitamos todos: « PANAMÁ CON CRISTO: ESCUCHA, APRENDE Y ANUNCIA ».

 

Que Santa María La Antigua, en cuyos brazos llegó a nuestras tierras Jesús, el Evangelio, el Misionero del Padre, nos ayude y acompañe en la misión de estar atentos y mostrar a todos lo que « Él nos diga ». Amén.

 
Publicado por verdenaranja @ 23:25  | Hablan los obispos
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