Mi?rcoles, 11 de marzo de 2009

Artículo semanal del Cardenal Don Agustín Gracía-Gasco Vicente, Arzobispo Aministrador Apostólico de Valencia par el domingo 18 de Enero de 2009.

L
a dignidad de los pobres

 

La lucha contra la pobreza no siempre se ve acompañada de una verdadera valoración de la dignidad de los pobres. Por ello, en su momento Juan Pablo II, y ahora Benedicto XVI, insisten en la necesidad de abandonar una mentalidad que considera a los pobres como una carga para la sociedad.

Los pobres tienen el derecho a participar y gozar de los bienes materiales, y de hacer fructificar su capacidad de trabajo creando de este modo un mundo más próspero para todos. Solamente se construye la paz si se asegura la posibilidad de un crecimiento razonable.

Benedicto XVI muestra que el verdadero proyecto en la lucha contra la pobreza es invertir en la formación de las personas, y en desarrollar de manera integrada una cultura de la iniciativa que conduzca a una solidaridad creativa. El aumento de la renta "per cápita" no puede ser el fin absoluto de la acción político-económica, pero tampoco debe olvidarse su utilidad en la lucha contra el hambre y la pobreza absoluta.

La cultura de la iniciativa es imprescindible. Las políticas de simple redistribución de la riqueza actual no resuelven el problema de una manera definitiva. El valor de la riqueza en una economía moderna depende de la capacidad de crear beneficio presente y futuro. Sólo si se crea verdaderamente valor se lucha de modo eficaz y duradero contra la pobreza material.

Quienes se formen para conseguir una solidaridad verdaderamente creativa tienen que tener muy presente la dimensión moral de la economía. Además de proteger la dignidad humana, la vida naciente y la familia, resulta imprescindible afrontar la relación entre el desarme y el desarrollo. Los ingentes recursos humanos empleados en gastos militares y en armamento se sustraen a los proyectos de desarrollo de los pueblos más pobres y necesitados de ayuda. Frenar la carrera de armamentos es frenar la creación de bolsas de subdesarrollo y desesperación, a fin de disponer de los recursos para el verdadero desarrollo humano.

También es necesaria una nueva comprensión de la actual crisis alimentaria. Más que insuficiencia de alimentos, se caracteriza por las dificultades para obtenerlos y por los fenómenos especulativos. Son imprescindibles las instituciones capaces de afrontar las necesidades y emergencias.

La malnutrición sigue siendo una lacra del siglo XXI en muchas partes del planeta. Las poblaciones más pobres sufren hoy una doble marginación: en primer lugar, la de los beneficios más bajos de sus productos agrícolas y de sus materias primas, y, en segundo lugar, la de los precios más altos en los productos industriales derivados de los grandes avances tecnológicos, que se concentran en el nivel más alto de distribución de la renta.

El hambre y las guerras muestran con claridad que una de las vías maestras para construir la paz es favorecer una globalización centrada en la persona, cuya finalidad sea la de los intereses de la gran familia humana. Para guiar la globalización se necesita formar personas que practiquen una fuerte solidaridad global, tanto entre países pobres y ricos como dentro de cada país. Benedicto XVI insiste en que es preciso un "código ético común", cuyas normas no sólo sean fruto de acuerdos, sino que estén arraigadas en la ley natural inscrita por el Creador en la conciencia de todo ser humano.

Todos podemos escuchar en nuestra conciencia la llamada a dar nuestra propia contribución al bien común y a la paz social. La marginación de los pobres del planeta sólo encontrará una ayuda en la globalización, si todo ser humano se siente personalmente herido por las injusticias que hay en el mundo y por las violaciones de derechos humanos vinculadas a ellas.

La globalización pone de manifiesto la necesidad de estar orientada hacia un objetivo de profunda solidaridad, que tienda al bien de todos y cada uno. Se trata de una ocasión propicia para realizar algo importante en la lucha contra la pobreza y para poner nuevos recursos a disposición de la justicia y la paz.

El VI Encuentro Mundial de las Familias en México, que se desarrolla estos días, es un signo visible de la importancia que la Iglesia concede a la Familia, célula de la sociedad. La lucha contra la pobreza será más eficaz si toma como núcleo de actuación a las familias, pues el entorno familiar es una realidad de la que no puede prescindirse ni olvidarse en cualquier política o acción social.

Con mi bendición y afecto,


Publicado por verdenaranja @ 22:50  | Hablan los obispos
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