Jueves, 12 de marzo de 2009

Artículo del Padre Antonio Hernández del Hogar Santa Rita publicado en la HOJA DE DIFUSIÓN PARROQUIAL DE SANTA RITA DE CASIA DE PUNTA BRAVA Y DE SAN PABLO APÓSTOL EN LAS DEHESAS - PUERTO DE LA CRUZ, Númeo 121.

LA CUARESMA


Cuaresma es tiempo de lucha, de esfuerzo. Es un tiempo lleno de esperanza. El futuro no pertenece a aquellos que están contentos en el presente, que son apáticos con los problemas comunes o con la gente que tiene a su lado, que se muestran sospechosos de toda cosa que llega con nuevos proyectos e ideas. Por el contrario, el futuro será de aquellos que pueden encausar la ilusión, la razón y el coraje en un compromiso personal hacia los ideales y las grandes empresas de la sociedad.


Estamos llamados a ser individuos de convicciones, no de conformismos, de no­bleza moral y de responsabilidad social. Tenemos la obligación de vivir diferente y según una fidelidad más allá. Los principios morales del hombre se comparan a los cimientos de un edificio, enterrados debajo del piso. No se les puede ver y sin embargo son los cimien­tos los que sostienen la carga del edificio.


Decía Alberto Camís, premio Novel: «Perder la vida es poca cosa y no me faltará el valor cuando sea necesario. Pero ver cómo desaparece el Sentido de esta vida, la razón de nuestra existencia, es insoportable. No se puede vivir sin razón. Hay mil razones para vivir. La semana anterior a ser asesinado decía, entre otras cosas, Robert Kennedy: "ante la falta de sensibilidad hacia el sufrimiento, nuestra respuesta es apoyarnos en la juventud; no en lo que ella representa de un periodo de vida, de una edad física, sino en lo que indica del estado de la mente, del temple de la fuerza de voluntad, de la calidad de la imaginación, del predominio del coraje sobre la timidez, del deseo de aventura en lugar del amor por la facilidad».


Por eso hemos de aprovechar este tiempo de gracia, que es la cuaresma, para pensar un poco en nuestra vida, ver cómo vamos de ruta, volver al camino, si nos hemos salido de él. El Señor nos quiere hasta la locura de morir por nosotros en la cruz y es El, el que nos dice que tenemos que luchar, que todos tenemos que hacer penitencia para poder vencer al mundo, como El. Que todos tenemos una necesidad urgente de conver­tirnos. Convertirse porqué está cerca el Reino de los Cielos.


¿Por qué tenemos que hacer penitencia?


Primero: porque somos unos pecadores. Porque hemos fallado. Porque hemos cometido infracciones y hay que pagar la multa. ¡Cuántas veces nuestro pensamiento, nuestros deseos y nuestras obras se han revelado contra Dios! Tenemos que restaurar el orden, poner las cosas en su sitio. Nos hemos desviado del camino y hemos de volver al camino, reformar nuestras costumbres. Debemos imponernos una rehabilitación.


También, porque somos discípulos del Crucificado y aceptar los sacrificios, el su­frimiento, el dolor, es una forma clara de amar al Señor, que, por amor a nosotros, aceptó la muerte de la cruz. Porque somos solidarios con toda la humanidad, nuestros sacrificios, nuestros problemas, nuestras pruebas aceptadas tienen un valor Redentor, no sólo por nuestros pecados personales, sino también por los pecados de todos los hombres, de muchos hermanos nuestros, que vjven en cualquier parte del mundo, sea de la nación que sea, con religión o sin religión, de muchos que quizá ni piensan ni aceptan reconocer que son pecadores. iCuánto mal en el mundo! iCuánta grosería, cuánta corrupción! ¡Cuánto pecado!
 

 prácticos, porque del dicho al hecho hay un gran trecho. Y una cosa es predicar y otra muy distinta es vender trigo. Y es cuestión de empezar y no dejarlo para mañana, para lo mismo decir mañana. Empezar por ser fieles en lo que estamos haciendo. Hacer de la mejor manera que podamos y sepamos lo que ya es nuestra obligación diaria.

Nosotros mismos, todos queremos ser libres, que nadie nos gobierne, ni Dios. Todos gritan a favor de la libertad, y ¿de qué libertad se trata? Creemos que somos libres y sin embargo, si somos honrados y serios, y decimos las cosas como son, hemos de recono­cer, que nuestro cuerpo nos arrastra hacia el mal, nos esclaviza, nos domina. Si queremos ser dueños, verdaderamente libres, hemos de domar nuestro cuerpo y ponerlo a raya. No hay victoria sin lucha. Hay que luchar y tener constancia en luchar y tenemos que ser


Puntualidad. Organizarnos para no perder el tiempo. Tener una programación y, si es necesario usar bien la agenda para poner de primero lo que tiene que ser primero, luego por orden lo segundo y lo tercero, sin agobiarnos, ni desanimarnos, una cosa tras la otra, priorizando lo más importante o lo que de ningún modo puede dejarse para des­pués.


Hacer un verdadero esfuerzo por rechazar toda crítica y murmuración. Jamás hablar mal de nadie ausente y controlarnos en el modo de decir las cosas por delante. Siempre sin ofender, ni herir, ni andar con indirectas, ni desprecios a nadie aunque piense totalmen­te distinto. Nunca responder mal con mal, ni odio con odio. El odio, la rabia, la mentira, la ira pueden molestar y nos hace daño. Hacer el bien nunca nos pesará.


Estar siempre en la disponibilidad de pedir perdón y de perdonar. Ser amable con todos y aún sonreír aunque llore en el alma. Aceptar la vida real sin huir del carácter per­sonal, de las inclemencias del tiempo, de las incertidumbres. Como muchas veces, ni si-quiera nos conocemos a nosotros mismos, lo primero es detenernos con valentía y humil­dad a ver nuestros fallos y debilidades, en dónde y en qué fallamos más. Claro, que para esto, tenemos que tener una norma de conducta porque no somos los dueños de nuestra vida. Somos sólo administradores. El Dueño tiene derecho a pedirnos cuentas, a juzgar cada uno de nuestros actos, y Tojo! Hay un peligro que tenemos todos, de ni siquiera ver, ni reconocer nuestras debilidades, porque ya estamos acostumbrados a hacer algo, que en un principio era malo y es malo cristianamente hablando y por la fuerza de la costumbre o porque está de moda o porque la mayoría lo hace, estamos justificando lo que ante Dios no tiene justificación. Si te excusas y justificas es que o ya estás muy mal o que no tienes ningún interés de cambiar. Si realmente estamos en está situación de indiferencia, en que nos da igual 8 que 80 y ni el cielo, ni el infierno nos dice nada, ni nos importa el pecado, ni Dios, ni sus mandamientos, entonces todo lo que estoy diciendo es inútil; pues es esencial para curarnos, reconocer que estamos enfermos y querer curarnos. Es cuestión de ser mejores y rectificar una conducta. Si no queremos, ni Dios nos puede cambiar.


Muchas veces hasta necesitamos, que alguien que nos quiera de verdad nos ayude y nos diga lo que hacemos mal; pero el problema que ocurre es que por miedo o por falta de confianza casi nadie nos dice nuestros defectos y los consienten, o los justifican o se desentienden del problema. Si en verdad queremos cambiar, tenemos que dejarnos ayu­dar y no tener miedo a que nos juzguen o »nos canten las cuarenta».


Una vez nos demos cuenta cuáles son los principales defectos que tenemos, en los cuales podemos caer más veces, es cuestión de pararse a echarle cabeza y coger el toro por los cuernos. Y como el que mucho abarca poco aprieta, para apretar más, abar­quemos menos. Propongamos una sola cosa y pienso que debe ser la que más nos perjudique. Luego es esencial hacernos un plan. Distribuir bien el día. Organizarnos, poner una hora para levantarnos y otra para acostarnos. Organizar bien las horas de trabajo, lo que tenemos que hacer. No dejarlo todo a la improvisación.


Dice Tomás de Kempis que si cada año lográramos corregir un defecto, nos ha­ríamos santos en poco tiempo, porque no es que tengamos tanta variedad de pecados, sino que caemos muchas veces en los mismos y por eso necesitamos de alguien en quien tengamos confianza y nos ayude a descubrir nuestros fallos, porque nadie es buen juez en causa propia.


Es cuestión, pues, de decidirse y este tiempo de cuaresma es el mejor. Hasta la próxima vez si Dios quiere.        

Antonio María Hernández y Hernández


Publicado por verdenaranja @ 23:01  | Espiritualidad
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Comentarios
Publicado por leopldocruzr
Viernes, 13 de marzo de 2009 | 14:45
Hermanas y hermanos para acercarnos plenamente a Jesucristo lo principal es la fidelidad como un matrimonio que se jura amor eterno ante un altar y por lo tanto no se debe de ser infiel, ni con el pensamiento porque es con quien se comparte.
Publicado por leopldocruzr
Viernes, 13 de marzo de 2009 | 14:46
Es quien nos dio las leyes de la creaci?n y si lo llevamos en nuestro coraz?n c?mo es posible que le seamos infiel si ?l est? con nosotros, mientras haya un pleno respeto con quien se compromete y se comparte se llega lejos porque hay amor mutuo.
Publicado por leopldocruzr
Viernes, 13 de marzo de 2009 | 14:47
Hay que hacer valer la palabra, es sagrada, si se compromete a realizar una labor es porque est? consciente de que puede hacerla si nos proponemos a que la palabra de Jesucristo se conozca, debemos estar consciente que cada frase tiene sentido.
Publicado por leopldocruzr
Viernes, 13 de marzo de 2009 | 14:48
Es como un alimento cuando llega al cuerpo se digiere y es energ?a para movernos igual es la palabra de Jesucristo esa es la conversi?n es convertir los sacramentos de Jesucristo en realidad el creador dijo: h?gase la luz y la luz fue hecha.
Publicado por leopldocruzr
Viernes, 13 de marzo de 2009 | 14:49
Veamos el valor de la palabra, porque si vamos a convertir primero debemos estar consientes para saber realmente nuestro objetivo, con Jesucristo en nuestro coraz?n nos hace hombres nuevos dispuestos a representar el valor que tiene su palabra
Publicado por leopldocruzr
Viernes, 13 de marzo de 2009 | 14:50
Imitemos al ciego de Jeric? que gritaba hijo de David ten piedad de mi, Jes?s le dijo que quieres que te haga y el dijo que vea, y Jes?s le dijo tu Fe te ha hecho salvo Jes?s estas dispuesto a escucharnos pero con la fe y la fidelidad a sus palabras