Martes, 31 de marzo de 2009

Mensaje de Cardenal John Njue, Arzobispo de Nairobi y Administrador Apostólico de Muranga, para la Cuaresma del 2009.

 

MENSAJE DE CUARESMA DEL CARDENAL JOHN NJUE, ARZOBISPO DE NAIROBI
LA VERDAD OS HARÁ LIBRES… Y SERÉIS VERDADERAMENTE LIBRES (Jn 8, 32.36)

Archidiócesis de Nairobi y Diócesis Católica de Muranga

A todos los párrocos, capellanes, comunidades religiosas y cristianos,

Mis queridos sacerdotes, Religiosos, cristianos y personas de buena voluntad de Nairobi y Muranga, la gracia y la paz del Señor sea con vosotros.

El tiempo de Cuaresma está cercano. Durante este tiempo la Iglesia nos prepara para el gran evento de la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y la celebración de la PASCUA. Es con esto en el pensamiento que tomo la oportunidad para llamar a cada cristiano, a cada persona de buena voluntad, a una conversión radical y a confiar en la misericordia de Dios. De hecho, “este es el tiempo de la plenitud. El reino de Dios está cerca. Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

El camino cuaresmal y el tiempo de Pascua son tiempos fuertes en nuestra Fe cristiana, al recordar que nuestro Redentor, nuestro Señor Jesucristo, venció la muerte y proclamó la vida nueva de la Resurrección. Todos nosotros que le seguimos debemos ser el Pueblo de la Pascua cuyas vidas están ancladas en la alegría de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte en la esperanza de una nueva vida aquí en la tierra y en la vida para siempre en el cielo. Por tanto, es nuestra misión y deber como cristianos permanecer en la verdad, unidad y el bien hacer de cada uno.

La Unidad que la Muerte de Cristo proclama

Permitid que la unidad que la muerte de Cristo proclamó en la Cruz sea un vínculo fuerte entre todos los ciudadanos de este país. Dejad que la unidad en la diversidad, como designio eterno de Dios, se mantenga como San Pablo escribe a los Efesios: “Yo, como prisionero en el Señor, os exhorto a vivir de un modo conforme a la llamada que habéis recibido… soportándoos unos a otros por amor, luchando por preservar la unidad del espíritu… pues fuisteis también llamados a la esperanza de vuestra vocación; un Señor, una Fe, un Bautismo, un Dios, Padre de todos que está sobre todos y por todos y en todos” (Ef 4, 1-6).

Sin embargo, es muy descorazonador observar con gran pena que hemos optado por destruir la maravillosa nación que Dios nos dio debido al egoísmo. La Corrupción está creciendo, el hambre es una vez más un desastre en medio de nosotros, la pobreza se amplía y el rencor está creciendo.

Esto está ocasionando siniestros que pueden ser evitados de otra manera. Los incendios debidos a los accidentes de carretera y la negligencia en centros comerciales han quemado ciudadanos por cientos, las calamidades son las malas noticias de cada día, y nuestros líderes electos parecen no sentirse responsables en su oficio de buen gobierno. En todo esto, sin embargo, la gracia de Dios del que recibimos bendiciones actúa mejor sobre nuestra naturaleza.

Os exhorto, por tanto, a estar unidos de modo que juntos podamos recibir la fuerza para vencer a nuestro común enemigo. Juntamente con el Padre, en la caridad del Espíritu Santo, Jesús nuestro redentor venció la muerte. Imitémosle.

Hace un año

Hace alrededor de un año desde que sucedió la devastación, que se provocó por la violencia de elección de correo. Nuestros hermanos y hermanas desplazados interiormente a campos están todavía gimiendo por el sufrimiento causado por el tribalismo, destrozos, conflicto y violencia. Los culpables de estos crímenes están todavía caminando libres, procurando olvidar el pecado y los crímenes que planearon y cometieron.

Este tiempo de Cuaresma del año 2009 nos está sugiriendo a cada uno de nosotros estas preguntas básicas: ¿Estoy considerando a mi vecino Keniano como mi hermano y hermana? ¿Estoy preparado para buscar disculpa y perdón donde me equivoqué? ¿Estoy progresando en mi fidelidad a Cristo en mi deseo por la santidad; en un apostolado generoso de reconciliación y en mi vida diaria; en mi trabajo ordinario y entre mis compañeros? Cada uno de nosotros, silenciosamente, debería responder a estas cuestiones y nos daremos cuenta que necesitamos un cambio fundamental en nuestra manera de vivir y de abordar las situaciones. Los Kenianos han adoptado la cultura extraña de discutir en su propia defensa incluso cuando su conciencia está insistiendo en que ellos están equivocados. El vicio de esconder el pecado bajo el pretexto de mis enemigos políticos no es la dirección correcta a tomar. La invitación de Jesús todavía permanece: “Si alguno quiere venir en pos de mí, debe negarse a sí mismo y cargar su cruz cada día y seguirme” (Lc 9, 23). Cristo está diciendo esto, a nosotros, susurrando en nuestros oídos: la cruz cada día. Es un eco de las palabras de San Pablo: “Porque vosotros fuisteis una vez tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz, porque la luz produce toda clase de bondad y rectitud y verdad. Procurad aprender lo que es agradable al Señor” (Ef 5, 8-10).

Las acciones de algunas personas entre nosotros como el llevar mal los recursos nacionales incluyendo el maíz y el combustible; los salarios para funcionarios, las leyes parlamentarias sobre derechos humanos y leyes cruciales son signos de que la oscuridad nos rodea pesadamente. ¡Ahora es de día! ¡Despertad de vuestro sueño, y sed guiados por la luz del día! San Pablo nos engrandece diciendo: “Quiero que seáis prudentes para lo que es bueno, y cándidos para lo que es malo; entonces el Dios de la paz aplastará rápidamente a Satanás bajo vuestros pies” (Rom 16, 19-20). Un año después de que nuestra nación se estropeara con muertes, odios políticos y violencia étnica, somos desafiados a mirar hacia atrás y a hacer una evaluación honesta, y determinar el camino de aquí en adelante.

Profundo examen de conciencia

Os invito, creyentes en Jesucristo, a reconocer que la Cuaresma es el tiempo adecuado para un examen profundo de conciencia. Ello os conducirá a la misma experiencia del hijo pródigo que dijo: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti. No merezco ser llamado tu hijo…” (Lc 15, 18-20), y entonces se levantó y volvió al Padre. En Kenia de hoy día, experimentamos muchos testimonios al Evangelio, que parecen reflejar un testimonio muy poco profundo y genuino. Los sucesos pasados mencionados arriba son un claro ejemplo de esto.

Existen también personas bautizadas que, cuando se enfrentaron a la llamada exigente al arrepentimiento, permanecieron sordos y resistentes, e, incluso en el presente, abiertamente rebeldes. Hay situaciones donde la experiencia de oración de personas es demasiado superficial, de modo que la Palabra de Dios no entra profundamente en sus vidas. Incluso piensan algunos que el Sacramento de la Penitencia no tiene importancia, y la celebración de la Eucaristía del Domingo se ve como mera formalidad que debe ser atendida. Este es el tiempo para reconsiderar vuestra postura frente a Dios. Soy consciente de las dificultades afrontadas por los cristianos que tienen oficinas políticas y están en constante temor de crear contradicciones y salvaguardar sus trabajos. Incluso a vosotros, que mantenéis tales rangos, os animamos diciendo que vuestra fe en Jesucristo os llama a hacer una opción fundamental. Es esa clase de silencio pasivo y compromiso el que está llevando a nuestra sociedad Keniana a un peligroso viaje de vida. En conciencia ningún cristiano debería aceptar un salario conociendo que sus servicios sistemáticamente han estado contribuyendo negativamente al crecimiento de Kenia y sus personas. Aquellos de vosotros que sois católicos y estáis manteniendo posiciones de responsabilidad pública os deberíais distinguir por vuestro sentido de integridad. Vuestras acciones deberían ser consecuentes con vuestra fe y moralidad. En el cumplimiento de vuestras responsabilidades, debéis mantener la fe, conservar la moralidad pública, y promover el orden público y la paz. Deberíais trabajar por las leyes y políticas públicas que mantengan el patriotismo y promuevan el bien común. Deberíais trabajar en corregir las injusticias y todas las situaciones de pecado que amenazan la unidad y armonía entre los Kenianos. Debéis tener una preocupación especial por la paz, reconciliación y justicia.

En esto deberíais ser sensibles a las oportunidades que tenéis de iluminar y aconsejar a otros a examinar su modo de vivir y de hacer las cosas especialmente cuando vengan a vosotros para los servicios a los que estáis contratados a prestar. “No debáis nada a nadie más que amor de uno a otro; porque el que ama al otro ha cumplido la ley. Los mandamientos,”no cometerás adulterio; no matarás; no robarás; no codiciarás” y cualquier otro mandamiento que pueda haber, se resumen en esto diciendo, (a saber) “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El amor no hace daño al prójimo; por consiguiente, el amor es la plenitud de la ley” (Rom 13, 8-10).

Invitación a la conversión y a la verdad del Evangelio

Como Kenianos, ¿Cómo deberíamos responder a la invitación a la conversión que Jesús nos dirige en este tiempo de Cuaresma? ¿Cómo puede haber un cambio serio en nuestra vida? Lo primero de todo, debemos abrir nuestros corazones a la llamada penetrante que llega a nosotros desde la Liturgia. El tiempo de preparación para la Pascua es don providencial del Señor y una oportunidad preciosa de acercarnos a él, volviéndonos hacia dentro para escuchar la profundidad de sus insinuaciones. “No salgan malas palabras de vuestra boca, sino sólo las buenas para la edificación necesaria… Alejad de vosotros toda maldad, furia, enojo, vocerío e injuria, junto con toda malicia. (Y) sed amables unos para con los otros, compadeciéndoos, perdonándoos unos a otros como Dios os ha perdonado en Cristo” (Ef 4, 29.31-32).

Existen aquellos que puedan pensar que ellos pueden posponer este esfuerzo espiritual incesante porque no ven la urgencia de permanecer ante la verdad del Evangelio, por miedo a que su estilo de vida sea afectado. Tratan de buscar palabras como “Ama a tus enemigos, haz el bien a aquellos que te odian” (Lc 6, 27) como un eslogan pasado de moda. Para estas personas, es extremadamente difícil aceptar tales palabras y traducirlas en unos patrones consistentes de conducta. De hecho, son palabras, que, si se toman seriamente, demandan una conversión radical. Cuando somos ofendidos o dañados, estamos tentados a sucumbir a los impulsos emocionales de autocompasión o venganza, ignorando la llamada de Jesús a amar a nuestro enemigo. Si embargo las experiencias diarias de vida humana manifiestan muy claramente cuánto de perdón y reconciliación son indispensables si ha de haber una renovación seria, en ambas dimensiones personal y social. Esto se aplica no sólo a las relaciones interpersonales, sino también a las relaciones entre comunidades.

Afrontando el reto de una conversión interior

La conversión interior es un reto no sólo para los individuos sino también para las comunidades, grupos étnicos y la humanidad entera. No es fácil estar convertidos al perdón y a la reconciliación. Elegir la reconciliación puede parecer bastante problemático cuando somos culpables. Pero si la falta es a otra persona, la reconciliación puede incluso parecer una humillación sin sentido. Se requiere una conversión interior si este paso debe ser dado; se necesita el valor para ser humildemente obediente al mandamiento de Jesús. Su palabra no deja dudas: no sólo aquellos que provocan hostilidad sino también aquellos que son sus víctimas deben buscar reconciliación. Jesús recomienda, “si llevas tu ofrenda al altar, y te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu don allí en el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a ofrecer tu ofrenda. Ponte en bien rápidamente con el que te pone pleito mientras estás en camino con él. De otra forma tu oponente te llevará ante el juez, y el juez al alguacil, y serás llevado a la prisión. En verdad, te digo, no serás puesto en libertad hasta que hayas pagado el último penique” (Mt 5, 23-26).

Enfrentados al actual proceso de conversión

La conversión no es una tarea de un momento; es un proceso. Abarca la santificación, que es trabajo de una vida. La semilla divina de caridad, que Dios ha sembrado en nuestras almas, debe crecer, para expresarse en acción, y para producir resultados, que continuamente coincidan con lo que Dios quiere. Eso es por lo que debemos prepararnos con un profundo examen de conciencia, pidiendo a nuestro Señor su ayuda, de modo que podamos conocerle mejor a él y a nosotros mismos. Si queremos convertirnos de nuevo, no hay otro camino que creer en Él que fue crucificado y ahora está resucitado de la muerte.

La reconciliación tiene que ir más allá de acuerdos de paz televisados. Debe llegar a ser el latido del corazón de nuestra vida. En este tiempo de Cuaresma, vamos a alargar la mano físicamente a personas de otras comunidades étnicas diferentes, personas de otras iglesias y religiones; sobre todo a aquellos que pueden haber parecido ser nuestros adversarios.

Conflictos y violencia

Muchos conflictos trágicos, que nos hirieron gravemente en el pasado y son evidentes aún hoy día, han sembrado violencia y odio entre vecinos por mucho tiempo. Con angustiante sentido de impotencia, vemos a veces una reactivación de hostilidades incluso entre algunos de nuestros líderes respetados y otras personas bastante educadas, que habíamos pensado que ya estaban resueltas. Parece a veces que algunas personas están atrapadas en una imparable espiral de violencia, que continúa reclamando víctima tras víctima, sin ninguna perspectiva real de solución. Esperanzas de paz que vimos en la firma del acuerdo de paz y poder participado, testificadas por todo el mundo, parecen haber ido a la nada. El compromiso a la reconciliación requiere que nosotros nos volvamos hacia lo equivocado, y digamos que lo sentimos. “Si tu hermano peca (contra ti), ve y dile su fallo entre tú y él solo. Si te oye, has ganado a tu hermano. Si no te oye, toma uno u otros dos contigo, de modo que el hecho pueda quedar en el testimonio de dos o tres testigos. Si rechaza oírlos, díselo a la Iglesia. Si rechaza oír a la Iglesia, entonces trátalo como si fuera un gentil o como recaudador de impuestos” (Mt 18, 15-17). Es hora que volvamos a nuestros modos tradicionales de bienvenida que tenían la palabra paz entre nosotros. La paz que compartimos uno a otro en nuestras celebraciones litúrgicas debe acompañarnos para el resto del día hasta que repitamos la misma comunicación.

Indiferencia al pecado que afecta a nuestras comunidades

Enfrentados con el escenario alarmante de hambre, crimen, accidentes, violencia y corrupción, por mencionar unos pocos, los católicos en Kenia no deberían permanecer indiferentes. Eso es por lo que os urjo a rogar a Dios por el perdón de nuestros pecados. Sabemos bien que los pecados de los cristianos han contribuido a estropear el rostro sin tacha de la Iglesia Local; pero confiando en el amor misericordioso de Dios, que no tiene cuentas del pecado cuando hay arrepentimiento, podemos confiadamente emplearnos en nuestro camino de curación una vez más. El amor de Dios claramente se revela donde una persona pecadora y desagradecida es readmitida a la plena comunión con Jesús. 

Contemplada desde este punto de vista, la purificación de la memoria, por encima de todo, es una proclamación renovada de la misericordia de Dios, una confesión, que la Iglesia, en todo nivel, es llamada, a hacer una y otra vez con fresca convicción. “Me levantaré e iré a mi Padre y le diré, Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. No soy digno de ser llamado tu hijo, trátame como tú tratas a uno de tus empleados. Por tanto se levantó y regresó al padre” (Lc 15, 18-20). Os invito a todos a ser diligentes en rechazar cualquier mal que afecte a la nación. Donde sea notorio que las personas y la propiedad hayan sido interferidas, la acción del castigo debe ser recomendada. Recordad que es la verdad, que procede de Dios, Jesucristo quien nos hará, y a nuestra nación, libres. Con tal verdad en nuestros corazones, somos completamente libres para servir a Dios, uno a otro, y a nuestra nación en general.

Camino para la paz

El principal camino para la paz es el perdón. El perdón dado y recibido nos hace capaces de una clase de relación entre personas, que rompe la espiral de odio y venganza, y destruye las cadenas de pecado, que ciegan los corazones de aquellos en conflicto de uno con otro. Somos una nación en búsqueda de reconciliación y para aquellos que esperan una coexistencia pacífica no hay otro camino que éste; el perdón dado y recibido. Jesús nos enseña, “Amad a vuestros enemigos, y rogad por aquellos que os persiguen, para que podáis ser hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace que caiga la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 44-45). Amar a aquellos que nos han ofendido es desarmarlos y convertirlos, incluso un campo de batalla, en el ruedo de la ayuda mutua y cooperación. Permitidme recordaros acompañar cualquier carta, conversación de teléfono, mensaje corto, mensaje de email y saludos con un sentimiento claro de paz.

En nuestro propio tiempo, y en Kenia hoy día, necesitamos consolidar la paz en nuestros corazones. El perdón aparece más imprescindible si ha de haber renovación sincera y una consolidación de paz entre nosotros. Al dar a conocer el perdón y amor de los enemigos, estamos acrecentando nuestra herencia espiritual y generando un modo nuevo de relaciones humanas, un estilo resistente, pero uno que es también rico en esperanza. 

Esencia del perdón

Para aquellos que creen en Dios, y para aquellos que no creen, el sueño, la visión, la posibilidad de reconciliación es una de los mayores signos de Dios. Vivir con una posibilidad de reconciliación es vivir con esperanza. De un modo seguro, es la esperanza de la que nuestra época carece, y aún así somos salvados por esperanza. Todo distanciamiento, desorden de relaciones, toda pena, todo enojo y acción violenta impuesta sobre otro vacía a cada uno de nosotros de esperanza. Parecemos haber llegado a ser un pueblo cómodo con desesperanza y con los miedos que siguen al rechazar el perdón y ser reconciliados. Estamos en un mundo donde la violencia llega al 40% de nuestras noticias diarias; disparos, el chillido de madres y niños por abusos, enfrentamientos entre novios y novias, enfrentamientos entre naciones y grupos de resistencia interna, y el silencio abusivo en nuestras casas y comunidades religiosas. Este distanciamiento, en relaciones humanas, ha conducido a un punto muerto permanente, soportando los riesgos de encontrarse con la muerte en muchos niveles de interacción humana.

Lamentablemente, tenemos que reconocer que en nuestra sociedad parece existir un impulso, un deseo de venganza que está conduciendo a conflictos interminables. A veces, algunos miembros de la comunidad reconocen que consiguen satisfacción al observar el sufrimiento criminal. Personas se sienten frustradas cuando el castigo al criminal es demasiado leve.

Si no estamos dispuestos a perdonar, ninguna cantidad de sufrimiento que sea infringido sobre uno que nos ha ofendido, parece ser suficiente. Sorprendentemente, aquellos que han sido perdonados más, tienden a ser los más groseros. El perdón y la buena disposición por salir de antiguas heridas, puede romper el círculo de odios, violencia y penas. Sin perdón o una metodología para perdonar, existe ahí un círculo actual, nunca terminado, del que nadie tiene el poder salir o ser curado. La desesperanza llega desde la incapacidad para tener opciones. De hecho, el odio, violencia y necesidad de vengarse solo construye más vallas de desesperación.

Perdón y caridad

Para conseguir una paz real, necesitamos vivir una vida virtuosa. Esto acontece en el contexto de las virtudes teológicas: fe, esperanza y caridad o amor incondicional.

Por tanto, la Cuaresma es un tiempo favorable para explorar más profundamente el significado de una vida de virtud. A través del sacramento de la reconciliación, el Padre nos da, en Cristo, su perdón, y éste nos impulsa a vivir en fe, esperanza y amor, viendo a los otros no como enemigos sino como hermanos y hermanas. “El amor no es grosero, no busca sus propios intereses, no es irascible, no se obsesiona con la injuria” (1 Cor 13, 5). Con estas palabras de la Primera Carta a los Corintios, el Apóstol Pablo nos recuerda que el perdón es una de las mejores formas de la práctica de la caridad. Que este tiempo de penitencia y reconciliación os anime a pensar y a actuar de acuerdo a la verdadera caridad, abierta a toda circunstancia humana. “Por el contrario, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, generosidad, fidelidad, mansedumbre, control de sí mismo. Contra tales cosas no hay ley” (Gal 5, 22-23).

El perdón trae paz entre pueblos, y abre a los individuos a las necesidades materiales de los otros. Especialmente en los lugares donde el conflicto ha dejado rencor durable entre las personas, el aceptar y ofrecer perdón interrumpe la espiral de odio y venganza, y rompe las cadenas del pecado que ata los corazones de rivales.

Un corazón reconciliado con Dios y con el prójimo es un corazón generoso. En este tiempo de Cuaresma la recogida material y financiera para los necesitados asume un significado especial, porque no es una cuestión de dar de nuestros excedentes en orden a tranquilizar nuestra conciencia, sino de asumir, con un espíritu de preocupación fraternal, la miseria presente de nuestro entorno. Buscar el rostro triste y el sufrimiento de tantos hermanos y hermanas no puede menos que provocarnos a compartir, al menos, alguna parte de nuestras posesiones con aquellos que están en dificultades. Y la ofrenda material y financiera de Cuaresma llega a ser todavía más significativa si aquellos que la hacen están libres de resentimiento e indiferencia, que son obstáculos que nos mantienen lejos de la comunión con Dios y con los otros.

Vivimos en una nación en búsqueda de reconciliación y coexistencia pacífica entre individuos y pueblos, y no hay otro camino que el perdón recibido y ofrecido. La reconciliación espiritual nos predispone a contemplar y responder a las necesidades materiales de otros, porque un corazón reconciliado con Dios y con el prójimo es un corazón generoso. Les pido, como cristianos en nuestras respectivas parroquias, montar un fondo para preparación de desastre. En tiempo de hambre y otros desastres imprevistos, debemos actuar prontamente en responder a la situación antes que esperar al Buen Samaritano que llega desde fuera de nuestras fronteras. “Vosotros Filipenses sabéis bien que desde el principio del evangelio, cuando dejé Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en una cuenta de dar y recibir excepto vosotros solos. Porque incluso cuando estuve en Tesalónica vosotros me enviasteis para mis necesidades, no sólo una vez sino más de una vez. No es que yo esté deseoso de dádivas; más bien, estoy deseoso por los beneficios que se acumulan a vuestra cuenta” (Fil 4, 15-17). Los Hechos de los Apóstoles añaden incluso un énfasis más fuerte al decir: “En aquel tiempo algunos profetas bajaron desde Jerusalén a Antioquía, y uno de ellos llamado Agabo se levantó y predijo por el Espíritu que habría una gran hambre por todo el mundo, y sucedió bajo Claudio. Por tanto los discípulos determinaron que, de acuerdo a sus capacidades, cada uno enviaría ayuda a los hermanos que vivían en Judea. Esto hicieron, enviándola a los presbíteros por medio de Bernabé y Saulo” (Act 11, 27-30). Somos capaces de enfrentarnos a un número razonable de estos retos, tales como hambre, a través del espíritu cristiano de compartir lo que esté a nuestra disposición.

Reconciliación y perdón

En orden a dar el paso de reconciliación, el perdón debe llegar primero porque es el verdadero fundamento. El don de la reconciliación puede tomar años para materializarse pero vendrá verdaderamente. La reconciliación toma toda una vida llegando a una conciencia de quiénes somos y cómo hemos sido heridos. El que sea capaz de perdonar es una persona verdaderamente fuerte. Sus ojos penetran a través del enemigo porque éste es una persona sin rencor, no tiene odio y está preparado para perdonar y olvidar. La reconciliación tiene lugar cuando no hay golpe de emociones, cuando ningún sufrimiento aflige más el corazón. Estamos reconciliados cuando el enemigo no tiene poder sobre nosotros. La reconciliación es eso que yo ya no poseo el dolor infligido sobre mí, y por tanto, no lo mantendré con el otro de ningún modo.

El método para la reconciliación

Reconoced el enfado que tenéis hacia el otro. Sed honestos de lo que sentís. Hacer frente al enfado cura. No contengáis el enfado bajo la tapa de ser un buen cristiano. El hecho es que existen personas que hacen daño, abusan, y nos hacen sentir menos humanos; por este hecho les odiamos sinceramente a cambio. Es importante que seamos vigilantes de nuestro odio. No hay atajos para el perdón. Debemos querer enfrentarnos a la verdad de nuestros enemigos. La mayoría de nosotros somos corteses, y no quisiéramos decir que odiamos a alguien. Ninguna cantidad de lenguaje florido puede cambiar esta realidad. El intento rápido de perdonar es más bien el posponer un problema, en cambio necesitáis admitir el enfado y el odio para que pueda existir la curación.

Pidid a Dios que pongáis atención a las necesidades de vuestro enemigo. El perdón es verdadero amor. Donde no puedáis hacer el bien, pidid a Dios que intervenga, después de todo, él prometió “pondré mi ley dentro de ellos, y la escribiré dentro de sus corazones” (Jer 31, 33).

Empezad a rogar por vosotros mismos y por la herida que os han hecho otros. Poned la carga sobre vuestros hombros de modo que puedáis tener paz.

Alargad la mano a la reconciliación, frente a frente y a distancia; respetad el elemento del tiempo y el proceso.

Rogar por el enemigo suena fuera de lugar, sin embargo el perdón llega pidiendo a Dios que responda a las necesidades de vuestro enemigo. Al mismo tiempo rogad que el enemigo pueda recibir el espíritu de Dios. No obstante la oración consigue poco a poco que nosotros estemos preparados para olvidarnos de los controles que nos mantienen tensos. En la oración estamos intercediendo por el enemigo y por el mal que nos causó.

Rogar por nosotros mismos es la llave. El enemigo nos hiere y echa fuera nuestra dignidad personal y propio respeto. Algunas veces llega hasta robar partes de nuestras vidas. Si tenemos un enemigo, significa que estamos heridos. Es nuestra propia herida que hace que nosotros queramos contraatacar, atacar, y buscar venganza por nuestro sufrimiento. En el proceso del perdón eliminamos nuestro propio pasado. Si vivimos en el pasado, si nos mantenemos en nuestras heridas y nuestro sufrimiento, no podemos nunca perdonar plenamente o curarnos. Rechazar el perdón es como si elimináramos una costra cada vez que se forma; la herida nunca cura suficientemente para desaparecer. 

Parece que vivamos en una cultura que promueve dolor. Existe una clase de gloria en ser una víctima. Si somos siempre víctimas, y no sobrevivientes, y de esta manera no nos curamos nunca y el ciclo de desesperanza continúa. Si vamos a ser seres humanos sanos, no podemos gloriarnos en ser víctimas; debemos hacer el esfuerzo de ser sanos, intactos y santos. La comunidad de creyentes tiene que asistir a las víctimas para hacer una transición desde ser víctimas a ser sanadores. Aquí, la curación profunda es indispensable. Buscad en vuestro dolor y mirad lo que os ha hecho, ¿Necesitamos tales heridas? Algunas veces, nos identificamos tanto con nuestras heridas que no tendríamos nada de qué hablar o de qué enfurruñarnos sin ellas. De algún modo raro, sentimos que si nos levantaran nuestras heridas no tendríamos por qué vivir. Sed decididos a curar y a poner las heridas detrás de vuestra vida. En la libertad podemos honestamente reconciliarnos. La reconciliación es un don divino. Uno puede decir que Dios es reconciliación del mismo modo que podemos decir que Dios es misericordia y amor. Solo Dios puede llevar a los enemigos juntos a la misma mesa. Sólo Dios puede hacer que nosotros busquemos al otro a quien hemos ofendido y que nos ha herido, de modo que podamos buscar el camino para la paz juntamente.

Recomendaciones viables a considerar durante el tiempo de Cuaresma y Pascua

Os pido a todos vosotros a construir una cultura de perdón y paz dentro de los corazones, como individuos, familias y comunidades, y entonces seremos capaces de construir paz en nuestra nación. Esta es la gran llamada que quiero haceros a todos en orden a construir una cultura de paz, seguridad y tolerancia entre nosotros.

Debe haber un compromiso para la paz, educación y catequesis encaminadas a desmilitarizar los pensamientos de las personas, a cambiar un lenguaje de violencia por un leguanje de perdón y paz, eliminando actos de violencia y sustituyéndolos con actos de paz, construyendo de este modo una cultura de paz entre todos nosotros. Como una comunidad responsble deberíamos desarrollar una voluntad sincera de luchar contra la corrupción y evitar cualquier corte bajo para adquirir riqueza.

No es prudente correr directamente desde ser herido hacia la reconciliación sin ir a través del perdón. Si no seguimos el proceso, entonces nunca perdonamos a alguien y nosotros nunca nos curamos realmente de aquellos que nos han ofendido. La mayoría de las veces lo que parece por un lado como perdón, por otro lado cubre resentimientos, enojo, y mucho dolor. Nunca mantengamos culpa de sentimiento de odio y enfado porque esto bloquea el perdón. Culpabilidad y venganza conducen a desesperanza. Atreverse a perdonar es atreverse a ser tan bueno como Dios.

Invito a cada uno de vosotros a elegir un versículo bíblico cada día y convertirlo en oración personal, invocando a Dios que haga su PALABRA una luz de nuestro camino.

Os animo a organizar encuentros de oración y reconciliación en familia o a nivel de despacho durante este tiempo de Cuaresma, y a ofrecerse con otros caminos prácticos y métodos de conversión. Mantened este dicho en vuestro recuerdo que una comunidad que reza junta, se mantiene unida.

Para los cristianos católicos que son habituales del sacramento de la reconciliación, les pido ir a él con humildad, sinceridad y contrición verdadera. Las palabras de la absolución recitadas sobre vosotros, por el sacerdote, renovarán vuestra paz interior. San Pablo nos asegura que, “quien está en Cristo es una nueva criatura… y todo esto proviene de Dios, que nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo y nos ha dado el ministerio de la reconciliación” (“ Cor 5, 17-18). El perdón y la reconciliación son requisitos para la verdad, que nos hará ciertamente libres para conocer a Dios, para amarle, y para servirle.

Deseándoos un tiempo cuaresmal frutuoso y Feliz Pascua 2009,
os imparto mis bendiciones apostólicas.

Vuestro Pastor, Cardenal John Njue, Arzobispo de Nairobi y Administrador Apostólico de Muranga´a. Escrito en Nairobi, Míércoles de Ceniza, 25 de Febrero de 2009.

(Traducción particular no oficial desde el inglés)

Mensaje cuaresmal del Cardenal Njue (en inglés)
http://www.fides.org/eng/documents/THE_TRUTH_WILL_SET_YOU_FREE_AND_YOU_WILL_BE_TRULY_FREE.rtf

 


Publicado por verdenaranja @ 16:12  | Hablan los obispos
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