Jueves, 09 de abril de 2009

Lectio Divina para el Evangelio de la Procesión de los Ramos el 5 de Abril de 2009, ofrecida por la Delegación de Liturgia de la Diócesis de Tenerife.

 

Procesión:

 

Lectura del Evangelio según San Marcos: (11, 1-10)

 

Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al Monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a la aldea de enfrente, y en cuanto entréis, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto.” Fueron y encontraron un borrico en la calle atado a una puerta; y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron: “¿Por qué tenéis que desatar el borrico?” Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron. Llevaron el borrico, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás, gritaban: “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna en el cielo!”.

 

         Palabra del Señor

 

 

Lectio: ¿Qué dice el texto bíblico en su contexto?

 

         Aquí empieza la tercera parte del segundo evangelio (Cfr. Mc 11, 1-16, 20). En ella se contiene el epílogo del drama del hijo del hombre, se divide claramente en tres actos. El primer acto (Cfr. Mc 11-13) presenta la actividad de Jesús en Jerusalén, toda ella dirigida a subrayar el inevitable choque con los jefes judíos. A pesar de su constante rechazo del triunfalismo, Jesús no renuncia a realizar un acto altamente significativo: la entrada en el templo en calidad de Mesías. Esta decisión provoca, como era de prever, la mas violenta reacción de los jefes judíos. El segundo acto (Mc 14-15) presenta el momento culminante de la actuación de Jesús: la pasión y la muerte. Ordinariamente los nacionalistas eran castigados severamente por las autoridades romanas de ocupación, pero más o menos abiertamente eran también apoyados por las autoridades locales. Jesús, por el contrario, es víctima total del poder, de toda clase de poder, tanto el romano como el local. Finalmente (Mc 16): Jesús resucita y reanuda su comunicación con los amigos y con los discípulos. Misteriosa, pero concretamente, Jesús está presente en medio de su comunidad.

         A diferencia de Mateo (Cfr. Mt. 21, 4-5), Marcos no afirma que Jesús estuviera dando cumplimiento a la profecía de Zacarías 9, 9: "Aclama, Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso, humilde, cabalgando un asno". Sin embargo, el autor presenta, en efecto, a un Jesús, presa de una clarividencia sobrehumana, al servicio de una necesidad. "El Señor necesita el asno" (Cfr. Mc 11, 2-6), como dando a entender que es preciso cumplir la profecía y, a través de ella, del cumplimiento de la razón de ser de la Biblia toda: "En ti quedarán bendecidas todas las gentes del mundo" (Cfr. Gn 12, 3). Cuando nada era bueno para nadie, Abraham fue necesario para que todo volviera a ser bueno para todos. La vieja promesa que da la salida a la Biblia tiene en este texto de Marcos el primer acto de su cumplimiento. El autor destaca con fuerza la soberanía de Jesús: es él quien en realidad lo dispone todo. Y todo, en efecto, tiene el desarrollo por él previsto. Jesús es el Señor. Para nuestro autor, Jesús es más que un profeta. "El Señor", dicen los discípulos refiriéndose a él, lo cual invita a descubrir una dignidad supereminente.

         En el mismo sentido se orienta, por otra parte, el detalle relativo al borrico llevado a Jesús. La particularidad de este humilde animal está en no haber sido aún montado por nadie. No dejará de chocar este detalle a todo el que se quede en la materialidad de las cosas; hay que compararlo con esta otra puntualización que el tercero y cuarto evangelistas hacen respecto al sepulcro en que los discípulos, dirigidos por José de Arimatea, "pusieron a Jesús": era "un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía" (Cfr. Lc 23, 53; Jn 19, 41). Pero también este detalle hay que compararlo con aquellas reflexiones, tradicionales en el A.T., según las cuales todo cuanto se utilice en el servicio de Dios ha de ser nuevo, virgen de toda utilización humana. Así es en lo tocante a determinadas víctimas ofrecidas en sacrificio (Cfr. Nm 19, 2; Dt 21, 3), a los animales puestos al servicio del Arca de la Alianza o del carro que la transporta. En el evangelio de Marcos, el detalle del asno todavía "nuevo" refleja todo el respeto que el narrador tributa a su héroe; encuentra normal que, en atención a él, se adopten unas medidas que antiguamente se adoptaban cuando se trataba de Dios.

         Tras la decisión de Jesús para entrar en Jerusalén, el relato tiene una segunda parte (Mc 11, 7-10), en la que, inesperadamente, Jesús ya no toma la iniciativa, sino que "muchos (...) que iban delante y detrás" forman un cortejo y gritan consignas mesiánicas en la línea de una restauración nacional judía al estilo del Estado de David. Las acciones narradas en esta parte adquieren el carácter festivo de una entronización; engalanamiento de la cabalgadura y del suelo, gritos de saludo y de aclamación. La duración y el recorrido no han interesado al autor. Sólo el hecho es lo importante. La entrada en Jerusalén es la entronización regia de Jesús.

         Hasta ahora, Marcos nos ha presentado a un Jesús rechazando o acallando sistemáticamente toda manifestación mesiánica sobre su persona. Ahora, en cambio, Jesús no dice nada. ¿Es que acepta las consignas mesiánicas de los que le rodean? La respuesta a esta pregunta requiere tener en cuenta el ordenamiento de los hechos tal como nos los transmite S. Marcos. En este ordenamiento, el episodio de la higuera, narrado en Mc a continuación de éste (Cfr. Mc 11, 12-14.20-25) juega un papel fundamental. En efecto, la higuera con muchas hojas pero sin ningún fruto es el medio plástico del que se sirve Marcos para expresar la opinión de Jesús sobre el cortejo anterior. No olvidemos que la higuera es uno de los símbolos judíos. ¿Y que dice Jesús? Desautoriza al árbol, es decir, desautoriza al cortejo. Exactamente como hasta ahora había estado haciendo con todo tipo de manifestación sobre su persona. Dentro de la dinámica del segundo evangelio, el relato de hoy es un ejemplo más con que Marcos ilustra su tesis: Jesús, ese gran desconocido, a quien en realidad de verdad nadie o muy pocos entienden.

         “Llevaron el borrico, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó” (Mc 11, 7) El relato de la entrada de Jesús en Jerusalén refleja evidentemente un acontecimiento real; sin embargo, el montaje literario está realizado con determinados textos del A.T. Es sobre todo el profeta Zacarías el que constituye el trasfondo de nuestro relato. Según Za 14, 4 la aparición escatológica de Dios habría debido tener lugar precisamente sobre el monte de los Olivos. Pero sobre todo la profecía de Zacarías, especialmente en la segunda parte (Za 9-14), presenta una imagen insólita del Mesías: "Alégrate, hija de Sión; da saltos de alegría, hija de Jerusalén. Mira: tu rey viene hacia ti. Justo y victorioso; humilde, cabalga sobre un asno y sobre un jumentillo, cría de un asna. Hará desaparecer los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será destruido, anunciará paz a los gentiles" (Cfr. Za 9, 9-10). La profecía de Zacarías tuvo lugar entre el 520 y el 518 a. C. Era la época del retorno de los judíos de la cautividad. En 536 a. C. empezaron los trabajos de reconstrucción del templo, pero en forma tan modesta que los viejos, que habían conocido el templo de Salomón, lloraban desconsolados. Zacarías, como su contemporáneo Ageo, quiere presentar un mesías nada triunfalista, muy lejos de la imagen que los judíos derrotados y humillados tenían de su soñado jefe. Por eso, lo presenta sentado sobre un asno, que, si en tiempos de Salomón podría servir para trasportar dignamente a un rey, en los tiempos de Zacarías no podía rivalizar con los espléndidos caballos, montados por los triunfadores. El profeta incluso subraya expresamente que el mesías hará que "desaparezcan los carros en medio de Efraím y los caballos de en medio de Jerusalén", y que "el arco de guerra será destrozado". Por lo tanto, no hay que admirarse de que el "triunfo" de Jesús en su entrada mesiánica no hubiera producido alarma a las autoridades de Jerusalén. El evangelista subraya aún más esta ausencia de pretensiones cuando refiere que el asno sobre el que Jesús cabalgaba no solamente era un animal modesto, sino tomado en préstamo para aquel momento.

         “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor” (Mc 11, 9) Se aclama a Jesús, por quien se cumplen las promesas hechas a David, de un sucesor privilegiado, rey de un reino venidero. Jesús, descendiente de David, realiza por lo tanto las promesas hechas a su antepasado. Jesús realiza la esperanza puesta en David, no por decisión suya, sino por misión divina: Jesús "viene en nombre del Señor". Con él se realiza la salvación. Que se realice efectivamente esta salvación, dada desde ahora en prenda con su presencia, suplican los numerosos testigos. "Hosanna, da la salvación", gritan.

         “Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David” (Mc 11, 10) Se usa aquí,  aplicado al reino, el verbo "venir" que se ha empleado antes referido a Jesús (Cfr. Mc 11, 9). Este notable paralelismo manifiesta que el reino está presente, "viene" en el preciso momento en que Jesús está allí, adonde él mismo "viene". Jesús hace presentes entre los hombres el misterio de Dios, la gloria de Dios, su obra; presentes dentro de la humanidad, y de la humanidad más humilde, más pobre, de la que muestra su debilidad en la muerte. Así pues, el nuevo tipo de relaciones de Dios con los hombres y de éstos entre sí, en que consiste el Reino, está presente con Jesús que constituye, él mismo, esta novedad a la que se llama a la humanidad entera.

 

Meditatio: ¿Qué me dice Dios a mí a través de la lectura?

         Aquel sí que es el cortejo de la incomprensión. De la incomunicación. La gente grita, aclama entusiasta. Pero se tiene la impresión de que las invocaciones se dirigen a otro Mesías, no a aquel que cabalga en el borrico. Y Jesús debe darse cuenta de que las expresiones que se le dirigen son las justas, exactas. Pero salen equivocadas. El, ciertamente, las entiende en el sentido justo. El contraste está en las intenciones. Un pensamiento verdaderamente incómodo: pueden existir oraciones bellísimas, ceremonias y fiestas "muy logradas". Pero el Señor pretende otra cosa.

         Hemos dicho lo que estaba establecido y nos hemos equivocado totalmente... Quizá Jesús no se haya sentido jamás tan solo como en medio de aquella gente. Apretado por todas partes. Sin embargo, distante. Muy lejano. Si estuviéramos convencidos, estaríamos siempre disponibles, sin tomarnos demasiado en serio y sin darnos aires de importancia.

         La entrada de Jesús en Jerusalén aclamado por el gentío es un acontecimiento expresamente relevante. Jesús, que siempre ha evitado ser llamado Mesías, por miedo a la confusión con el mesianismo guerrero que muchos israelitas esperaban, podríamos decir que aquí "prepara" él mismo una manifestación mesiánica para mostrar qué clase de Mesías es.

         Jesús es un personaje conocido en Jerusalén. Allí hay gente dispuesta a recibirle y aclamarle: pueden ser galileos venidos para la Pascua, o gente de la misma Judea con los que él ha tenido contactos anteriores (Juan lo enlaza con la resurrección de Lázaro). Para esa gente, Jesús se deja aclamar con los gritos mesiánicos: 1) el "Hosanna", que literalmente es un grito de quiere decir "sálvanos", se había convertido en una aclamación al Mesías que había de liberar al pueblo; 2) el "Bendito el que viene..." es un grito propio de una entronización del rey David, que en la tradición más antigua (la de Marcos) no se personaliza en Jesús sino en el "reino que viene", el reino del que Jesús es mensajero, mientras que después la tradición habló directamente del "rey de Israel", personalizado en Jesús (Juan).

         Aceptando ser aclamado como Mesías, Jesús muestra simbólicamente cuál será su mesianismo: entrará montado en un borrico, significando normalidad, abajamiento y deseos de paz, contra lo que el caballo significaba de supremacía y poder guerrero. Es un signo similar al del lavatorio de los pies del Jueves Santo. Marcos explica largamente la preparación del borrico, pero no menciona la profecía de Zacarías 9,9 que lo anuncia; Juan no resalta la preparación pero sí menciona, en cambio, la profecía. Y Juan termina diciendo que el sentido del mesianismo de Jesús se descubrirá en la resurrección.

 

Oratio: ¿Qué me hace decirle a Dios esta lectura?

       
¿Quién es éste que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos.

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos.

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

 

                            (Himno de Vísperas – Liturgia de las Horas)

 

Contemplatio: Pistas para el encuentro con Dios y el compromiso.

         ¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!

         ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David!

         ¡Hosanna en el cielo!


Publicado por verdenaranja @ 22:39  | Liturgia
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