Mi?rcoles, 22 de abril de 2009

Artículo semanal del Padre Fernando Lorente, o.h., publicado en EL DÍA el miércoles 22 de Abril de 2009 en la sección CRITERIOS bajo el epígrafe “Luz en el Camino”.

 

 

LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H. *

 

En marcha el cristianismo (III)

 

CUANDO aceptamos a Cristo aceptamos un cuerpo de ideas, de doctrina que incide en un estilo personal de comportamiento. Quien opta por Cristo sabe que se arriesga a una lucha permanente por mantener en orden la propia casa, haciendo que las pulsaciones instintivas que nos inclinan al mal estén sometidas al superior criterio de la conciencia individual. La cercanía del mal se da por supuesto y, por lo mismo, también la presencia de la lucha si no se quiere claudicar.

 

En este contexto, cuánto importa, hay que entender bien para ambientar y asegurar los frutos del comportamiento personal y comunitario con la petición consagrada de Cristo: "No nos deje caer en la tentación". Jesús predijo el odio pensando en todos los que habían de creer por la predicación de los apóstoles. La persecución es, pues, una herencia de Cristo.

 

No olvidemos que es mucho lo que significa el mundo de la obra de la creación. Toda ella es buena, como don de Dios para el servicio de la Humanidad. Para S. Juan (Jn. 15,18-21), este mundo es sinónimo de las fuerzas del mal. En este sentido, ningún discípulo de Cristo, de todas las épocas, puede pertenecer a este mundo, aunque debe trabajar en él para transformarlo y devolvérselo santificado a Dios.

 

Se anuncia que a la vocación de amor de los discípulos corresponderá el odio por parte de aquellos mismos a quienes se ama. La razón es que el mal no soporta delatores. El bien es para el mal una presencia molesta y por eso se persigue. Todo mensajero divino tiene que enfrentarse con el mal y delatarlo. La reacción es el odio y la persecución. En la parábola de los viñadores homicidas se describe la actitud del mundo -de ese mundo de la mentira, del egoísmo, de la hipocresía- con los enviados de Dios (Mt.21). Los profetas denunciaron la idolatría, la injusticia, la opresión, la infidelidad. Murieron violentamente. El último profeta del Antiguo Testamento fue Zacarías. El primero de Nuevo Testamento fue el Bautista, que murió decapitado. Cristo, el heredero, se enfrentó con el supremo mal y sufrió la suprema ignominia. No olvidemos las palabras de Cristo: "No es el discípulo más que su maestro"; "si a mí me han perseguido también os perseguirán".


Demos a nuestra vida cristiana la dimensión triunfal de un ejército de conquistadores que gozan en saber que están sostenidos por la gran pasión por Cristo y la segura esperanza del triunfo. Seamos valientes en decir a Cristo: "Te amo siempre porque me cuesta siempre". Esto sí es participar y estar en la marcha del Cristianismo.

 

* Capellán de la clínica de S. Juan de Dios


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