Mi?rcoles, 22 de abril de 2009

Estracto de DOSSIER FIDES “La virginidad de María y su significado en nuestro tiempo” de Especial FIDES – 25 de Marzo de 2009

 

La virginidad del cuerpo

 

La Iglesia siempre ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, y sin intervención humana. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, la virginidad de María manifiesta “la iniciativa absoluta de Dios en la encarnación” (n. 503). Jesús es el nuevo Adán que inaugura la nueva creación. El Hijo de la Virgen María viene directamente de Dios y todos aquellos que quieren ser sus hermanos y hermanas, han de ser regenerados desde lo alto. La participación en la vida divina no proviene “de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios” (Jn 1,13).

 

Hoy nos vemos enfrentados a una suerte de fijación en relación con el sexo, bastante fuerte y, no pocas veces, enfermiza. Quisiéramos superar las tendencias de un presunto cristianismo del pasado, adversario de la corporeidad, y buscamos gustar plenamente del amor, también en su dimensión sexual. Pero por ese mismo sendero muchas veces se termina faltando el respeto a la dignidad del cuerpo humano. En la Encíclica Deus caritas est, el Papa Benedicto XVI escribe a propósito: “El modo de exaltar el cuerpo, como se puede constatar hoy en día, es engañoso. El eros degradado a puro ‘sexo’ se vuelve comercio, una especie de ‘cosa’ que se puede comprar y vender, más aún, el hombre se vuelve y producto comerciable. No es éste el gran “sí” que el hombre ha de dar a su cuerpo”.


El hombre, compuesto de alma y cuerpo, puede alcanzar la felicidad y el verdadero amor sólo si está listo para “un camino de ascenso, de renuncias, de purificación y de sanación” (n. 5). La virtud que nos guía en esta vida es la castidad. Esta virtud nos ayuda a no dejarnos dominar por las pasiones, y a integrar en nuestra vida la sexualidad que, como don precioso de nuestro Creador, hace parte de nuestro ser hombre o mujer.

 

Todo bautizado está llamado a la castidad. Para los esposos estos significa vivir cada día el amor sincero y permanecer fieles el uno al otros hasta la muerte. Están llamados a “poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios (1Ts 4,4s). La castidad matrimonial implica también el “no” a la contracepción, en fidelidad a la doctrina de la Humane Vitae del Papa Pablo VI, y la elección de métodos naturales de regulación de la natalidad, en caso hubiera motivos serios para no tener más hijos. Dicha disposición hace que el amor de los esposos se vuelva más fuerte y sincero. Las parejas que viven la castidad matrimonial ofrecen un gran aliento a las personas célibes, solteras o viudas para vivir la abstinencia, y pueden incluso ayudar a los prometidos a reservar para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de cariños propias del amor conyugal.

 

Los grupos y movimientos que invitan a vivir la amistad con Jesús y a buscar la castidad y la continencia (como por ejemplo True Love Waits), pueden constituir una veradera ayuda para los jóvenes. También la consagración a María, difundida en algunos países, fortalece a los jóvenes en su compromiso de practicar con alegría la virtud de la castidad. Debido a que hoy en día los hijos, mediante los medios de comunicación y en la escuela, incluso ya en la escuela materna, están sumergidos de información no pocas veces unilateral sobre la sexualidad, quisiéramos pedir a los padres que pongan mucha atención en este aspecto de la educación y que hablen con ellos de estos temas cuando sea oportuno.

 

Más que nunca, hoy en día se necesita el testimonio de personas que viven el celibato y la virginidad. En todos los tiempos el Señor se escoge hombres y mujeres que renuncian libremente —“por el reino de los cielos” (Mt 19,12)— al gran bien del matrimonio, donando todo su amor a Cristo y poniéndose al servicio del prójimo como padres y madres espirituales. Su vida es un don de Dios para la Iglesia y un fuerte signo para el mundo. Si los sacerdotes y las personas consagradas viven su vocación con alegría, ejercitan una gran influencia en los hombres y son, por así decir, un signo de que en Cristo se encuentra la verdadera y definitiva felicidad. 


Publicado por verdenaranja @ 23:02  | Espiritualidad
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