S?bado, 25 de abril de 2009

Mensaje de Monseñor Francisco Pérez, Arzobispo de Pamplona-Tudela y Director de OMP en España, para JORNADA DE LAS VOCACIONES NATIVAS (26 de Abril de 2009), bajo el lema "¡Han sido llamados ¡Ayúdales!"


¡Han sido llamados ¡Ayúdales!

En el camino de la vocación la certeza mayor es el encuentro con la persona de Jesucristo. No hay auténtica vocación si este encuentro no se realiza. Recordemos que a San Pablo fue lo único que lo tumbó y lo convirtió en apóstol. El que apuesta por Jesucristo se convierte en peregrino en busca del sentido de la vida y, ante el misterio, descubre el rostro de Cristo. La Iglesia siempre ha dado mucha importancia a las vocaciones de especial consagración, y les ha considerado como aquellos que hacen visible en la Iglesia y en el mundo los rasgos característicos de Jesús, virgen, pobre y obediente.

En el sentimiento más profundo de todos existe el deseo de valorar y respetar la dignidad de la persona humana, favoreciendo la libertad y la justa autonomía. Pero “no podemos olvidar que cuando la libertad se hace arbitraria y la autonomía de la persona se entiende como independencia respecto al Creador y respecto a los demás, entonces nos encontramos ante formas de idolatría que no sólo no aumentan la libertad sino que esclavizan” (El servicio de la autoridad y la obediencia, Instrucción de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Roma, 11 de mayo de 2008).

Los consejos evangélicos de pobreza, virginidad y obediencia son una respuesta y un reto ante las circunstancias de increencia y de falta de amor que actualmente se dan respecto al sentido de la vida. No provocan frustración en las personas que los viven, sino todo lo contrario: son manifestaciones de auténtica libertad. La libertad es un estado armónico que hace posible que la vida humana se realice sin ataduras y sin esclavitudes. Parece mentira que en la mentalidad actual muchos piensen que la ejercitación de la libertad es dar a los propios deseos y a las propias pasiones más importancia que a las potencialidades virtuosas que  anidan en su corazón. La mayor esclavitud es la del que piensa, al estilo de los hedonistas, que su vida no tiene otro fin que el “vivamos y gocemos que mañana moriremos”; si así lo hace, el ser humano realiza en su vida una experiencia ficticia que nunca le llevará a la profunda felicidad.

Los consagrados no son personas extrañas a la experiencia humana, son personas que han descubierto una llamada de especial consagración por amor a Cristo y a la humanidad; no huyen de la sociedad como si lo de acá no les importara. Pisan el suelo de la realidad, pero con la mirada hacia arriba. Son signos vivos de aquello a lo que después de esta vida todos estamos llamados. Mientras pisan con fe firme el tiempo denso de la historia terrena, ya se van ejercitando para mostrar con alegría y amor a ellos mismos y a los demás lo que será la eterna bienaventuranza.

Este modo de vivir es un reclamo para la sociedad; de ahí que entienda lo que me decía una joven religiosa que se dedica a los pobres abandonados y de modo especial a los que se recogen por las calles de las ciudades masificadas: “Cada persona es un don que me reclama para lo que estoy creada: para amar. Su vida es tan importante como la mía y, al menos con mis manos de acogida, he de mostrarle que existe otra forma de vivir y otra forma de hacernos felices. El amor me exige ser pobre, obediente y virgen. Hice una carrera universitaria y me había convertido en un personaje rifado por todos por las cualidades que eran presentes en mi profesión. Un día comprendí que la llamada de Cristo no era sólo para mí, sino para los demás, y me hice religiosa. Soy feliz porque mi vida no está instrumentalizada para conseguir éxitos en la sociedad, sino que es un reclamo permanente para mostrar el fin al que estamos llamados: la eterna felicidad. No se puede entender si no se tiene presente la llamada de Alguien que se fijó en mí: Jesucristo”.

La misión no es un acto de pura generosidad, sino una obediencia continuada que supone la entrega de uno mismo para que el Evangelio de Cristo se haga vivo y presente entre los seres humanos de cualquier cultura y raza. Vivir la misión implica siempre ser enviados, y tanto el que envía como el que es enviado no lo hacen por cuenta propia, sino por la buena salud de la comunidad, que tiene como punto de referencia a Jesucristo, enviado del Padre para hacer su voluntad. Existe el peligro de reducir la misión a una profesión que se ejerce con vistas a la propia realización y que, por consiguiente, uno desempeña por cuenta propia; sería un grave error, puesto que la característica del misionero es que no va en nombre propio, sino en nombre de Jesucristo y en comunión con la Iglesia.

Los consejos evangélicos son la vestimenta del misionero, y gracias a ellos se pueden realizar las condiciones de la misión: a) Atentos a los designios que vienen de Dios. No sería una auténtica misión si no hay un anuncio explícito y testimonial de la persona de Jesucristo, de su mensaje y de las enseñanzas de la Iglesia; para poderlo realizar se requiere la obediencia, escucha permanente de los soplos del Espíritu. No hay cabida para los propios deseos y planes, por muy excelentes que estos sean. Hay que atender y vigilar para que nada se haga por cuenta propia. b) Desprendimiento de uno mismo y de sus bienes, que marca la identidad de la misión, puesto que en ella no hay pertenencia propia. La expropiación de uno mismo para ser totalmente de Cristo es el signo más evidente de la pobreza, que posteriormente se convertirá en la fácil tarea del compartir. La pobreza no es falta de posesiones, sino que estas van dadas y compartidas por amor a Dios y a los hermanos. c) La pureza de corazón y la rectitud de intención van marcando los caminos de la misión, que tiene como finalidad dejar pasar la fuerza de Dios, aun en medio de las debilidades humanas. Cristo desde la cruz muestra que la castidad nace de un corazón indivisible, puesto que nadie tiene mayor amor que el que entrega la vida por los demás. Así sólo se puede entender la virginidad y la castidad según las vocaciones.

Un año más celebramos la Jornada de las Vocaciones Nativas, las cuales, desde su entrega generosa, van mostrando el rostro de la misión; que esta llamada tenga por parte nuestra también una respuesta generosa con la oración y con la colaboración solidaria y económica, para que nadie se pierda en el camino de su vocación, sino que todas encuentren nuestro apoyo y fraterna amistad.

Por Monseñor Francisco Pérez 
Arzobispo de Pamplona-Tudela y Director de OMP en España


Publicado por verdenaranja @ 23:53  | Hablan los obispos
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