Viernes, 01 de mayo de 2009

Desde la Oficina de  Prensa del Obispado de Tenrife nos envían los sieguiente: "Por si les es útil y podemos encauzar de alguna manera, les envío la carta que, reproducimos parcialmente en Iglesia nivariense, del departamento de catequesis y misiones de las diócesis de Aragón, sobre las primeras comuniones y una manera de encauzar algo de solidaridad y de reflexión a raíz de ellas y con ellas".


¡Dichosas comuniones!


Escuchamos con atención la conversación de unas catequistas, mientras ultiman preparativos para la celebración de final de mayo: “¡Dichosas comuniones!, que ganas tengo de que pasen. Menos mal que ya queda poco. Estamos cansadas… y total ¿para qué tanto esfuerzo? Al final el resultado es el mismo, llega la celebración que preparamos con tanto esmero y cariño y luego… ahí te quedas. Nos da la sensación de que perdemos el tiempo. Nos entran ganas de dejarlo.”  Y siguen comentando, “¿has leído el artículo del periódico en estos días del mes de mayo? El artículo afirma que oscila entre 1500 euros y 3000 la media de gasto familiar, en torno a la comunión de los hijos”. Las primeras comuniones siguen siendo noticia en nuestros telediarios y en artículos de prensa escrita, seguimos escuchando que, a pesar de la “crisis” nadie va a renunciar al “vestido” de novia o de princesa… y al “convite”, por no hablar de regalos, viajes y demás complementos. Eso sí, puede que nos apretemos el cinturón reduciendo algún gasto extra, pero poco más.


A ese tufillo consumista que rodea muchas veces a este tipo de celebraciones, se suma el contemplar en las celebraciones a muchos ausentes (parece que la “fiesta de verdad” no va con ellos); a otros, preocupados sólo por lo exterior sin ninguna consecuencia para su vida; hay quienes entienden la catequesis como meta final de llegada que termina en el sacramento y no como proceso de maduración en la fe; también están aquellos que lo hacen “porque todo el mundo lo hace”. Además al domingo siguiente, la mayor parte ni vuelven, por no hablar de la ausencia repetida de muchos padres y niños en la eucaristía dominical aún dentro mismo del proceso de preparación. ¿Y total para qué? Comulgan y se van es la consecuencia que extraían aquellas catequistas y otros muchos y, tal vez, no les falte razón.

Por eso decíamos bien al principio ¡dichosas comuniones! Porque incomodan a parroquias y familias y porque… ni aún así pueden robarle del todo el hondo tesoro que encierran dentro. Comulgar con Jesús supone, entre otras cosas, querer formar parte de los suyos (incorporarse a la vida de la comunidad cristiana) y a la vez tomar parte en su proyecto de salvación para toda la humanidad. Como señalaba nuestro querido Juan Pablo II en su Carta Apostólica para el Año de la Eucaristía: “A la petición de los discípulos de Emaús de que permaneciera con ellos, Jesús respondió con un don mucho más grande: mediante el sacramento de la Eucaristía encontró la forma de permanecer en ellos. Recibir la Eucaristía significa entrar en comunión profunda con Jesús... esta relación nos permite anticipar, de alguna manera, el cielo en la tierra” (n.19). Desde la fe, comulgar con Jesucristo implicará por tanto comulgar con su estilo de vida, con su mensaje, con su forma de relacionarse con Dios Padre. Comulgar con Jesús es partirse y repartirse, desgastarse y desvivirse entregando la vida. Formar parte de esa circularidad fraterna abierta a la que invita el banquete eucarístico: Él en nosotros, nosotros en él… para la vida del mundo.

Dice Jesús en el Evangelio de Juan “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo” (Jn 6,51). Pero éste nunca fue un discurso fácil de aceptar, ni siquiera para los seguidores del Maestro, muchos hasta “se retiraron”, cuenta el Evangelio. Él es nuestro alimento. Necesitamos precisamente esta amistad con Dios, que nos ayuda en la vida cotidiana y nos hace concebir nuestra misma existencia como un regalo y un proyecto. ¡Qué don más grande podía darnos que Él mismo! El alimento de Jesús fue siempre hacer la voluntad del Padre y su voluntad es que no se pierda nadie, que no se pierda nada… Familias y parroquias no somos rivales, sino colaboradores. Hay algo que está en nuestra mano y que no podemos dejar que se escape, otras cosas no están en nuestras manos. Que ninguno se pierda, ese debía ser también nuestro sueño y deseo.

 

Desde la Delegación Episcopal de Catequesis junto con la Delegación Episcopal de Misiones de esta nuestra Iglesia de Zaragoza os proponemos 3 proyectos distintos para poder ayudar de forma solidaria a otros niños que no podrán vivir la fiesta de la Primera Comunión como nosotros. Os los presentamos:


Œ
Adquisición de una motocicleta. En Yoro (Honduras) necesitan un medio de transporte para realizar actividades pastorales: visitas a catequistas, cursos, talleres parroquiales y diocesanos, reuniones de coordinación, etc.  Cantidad solicitada: 2.150.66 $.

? Adquisición de 600 libros de oración. En Mahenge/Ulanga (Tanzania) necesitan libros de oración para el seminario, que es la única escuela que existe y posee la biblioteca más grande, abierta a toda la comunidad. El principal objetivo es la evangelización. Cantidad solicitada: 4.500 $.

Ž Evangelización de niños del Colegio Parroquial San José. En Chillán (Chile) se intenta desarrollar una acción evangelizadora de las familias a través de los niños, atendiendo a la realidad social, cultural, económica y social de la población. Cantidad solicitada: 9.866 Euros.

Entre todos es posible. Sabemos que existen otras posibilidades para ayudar y expresar nuestra solidaridad a través de diversas instituciones. Hemos propuesto estas por su vinculación con la catequesis y la educación en la fe. Lo realmente importante es tomar conciencia y ayudar. Hacer efectivo lo que supone celebrar la Eucaristía y expresarlo también en gestos concretos de fraternidad. A más crisis, más solidaridad.


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