S?bado, 09 de mayo de 2009

Artículo de Fernando Jiménez, vicesecretario para Asuntos Económicos de la CEE, publicado en periódico de difusión "Por Tantos" del Secretariado de la para el Sostenimiento de la Iglesia de la Conferencia Episcopal Española, que ha sido recibido en la parroquia para su distribución entre los fieles con motivo de la Campaña de la Renta 2009.


El futuro de la financiación de la Iglesia católica en España 

 

El nuevo sistema de Asigna­ción Tributaria, puesto en marcha en 2007, y cuyos pri­meros resultados hemos co­nocido hace poco, supone un cambio fundamental en la fi­nanciación de la Iglesia.


Son ahora únicamente los con­tribuyentes, y no el Estado, los que deciden qué parte de sus impuestos de la renta se destinan al sostenimiento de la Iglesia. Los resultados obtenidos el primer año pueden juzgarse satisfactorios, ya que el incremento de dinero per-mite compensar la pérdida de la exención por IVA y el hecho de no disponer ya del posible complemento presu­puestario.


Ahora bien, es importante conocer que la Asignación Tributaria supone una parte pequeña de las necesidades económicas de las diócesis es­pañolas. Según los datos dis
ponibles, de cada 100 € de gastos de sostenimiento menos de 25 € son cubiertos por la Asignación Tributaria.


¿De dónde sale el resto? ¿Cuál es el futuro de la finan­ciación de la Iglesia? Sin duda alguna, la partida más importante es la conformada por las aportaciones directas de los fieles, ya sea mediante colectas ordinarias y especiales, estipendios, suscripciones periódicas, etc.


Si hablamos de futuro de fi­nanciación tenemos que pen­sar, necesariamente, en la implicación directa de los fieles. Son muchos ya los fieles que han adquirido un com­promiso periódico de aporta­ción a su parroquia, a su dió­cesis, etc., pero todavía re­sulta insuficiente.


Es preciso que cada familia, en función de sus posibilida­des, con espíritu de gencrosi
dad y comunión de bienes, reflexione sobre qué parte de sus ingresos debe aportar para la vida de la Iglesia. No se trata únicamente de echar unas monedas en el cestillo, como gesto de ofrenda, es algo más. En la primera comu­nidad cristiana "todos los cre­yentes vivían unidos y tenían todo en co­mún, vendían sus posesiones y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno" (Hechos 2, 44-45).


La aportación generosa a la Iglesia no es solo una necesi­dad para que la Iglesia pueda realizar una labor, es una ne­cesidad para el propio cristia
no. El gesto de poner a dispo­sición parte de mis bienes, de mi dinero, a favor de la Igle­sia, nos acerca más a Dios, nos permite compartir y vivir plenamente la vida de la Igle­sia como un miembro activo de la misma.


La vocación de la Iglesia de anunciar el Evangelio, vivir la fe y darse a los demás reclama a todos los fieles un gesto concreto de compromi­so y de colabo­ración a través de las distintas
posibilidades de cada momento.


Las colectas siguen siendo un instrumento eficaz. No obs-tante, de cara a organizar ac­tividades, es necesario contar
con unos ingresos estables. La calefacción, el teléfono, la luz, hay que pagarlos todos los meses. Por ello, es necesa­rio, cada vez más, un apoyo sostenido y periódico. Toda aportación es importante; 5, 10, 20, 50 € al mes o al tri­mestre pueden ser vitales pa­ra el futuro de la finan­ciación.


Financiar a la Iglesia es ya una labor y una responsabili­dad de los que vivimos y ali­mentamos nuestra fe en la Iglesia. Es nuestra responsa­bilidad. Hagamos memoria de lo que ha sido y es la Igle­sia para nuestra vida, pongá­moslo en valor, reflexione-mos en familia y acudamos a nuestra parroquia o a nuestra diócesis para ver la mejor manera de colaborar para que la Iglesia continúe ha­ciendo el bien.


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