Domingo, 31 de mayo de 2009

Comentario a las lecturas de la solemnidad de Pentecostés – B publicado en el Diario de Avisos el domingo 31 de Mayo de 2009 bajo el epígrafe “el domingo, fiesta de los cristianos”.

Ni decir Jesús

DANIEL PADILLA

Muchas veces hemos oído decir que el Espíritu Santo es el "alma" de ese cuerpo de Cristo que es la Igle­s'a. Un cuerpo, por muy perfectamente que esté constituido, por mucha que sea la per­fección de sus miembros, si carece de un principio vital que los una, de nada vale.

Hoy se conocen exhaustivamente todos los componentes químicos del cuerpo hu­mano. Pero, a pesar de ese conocimiento, ningún científico puede unir todos esos elementos en su laboratorio, dotándoles de vida. Haría falta para ello ese principio que llamamos "alma".

Así pasaba con todo aquel organismo que había ido preparando Jesús. Todos los redimidos eran ya los miembros de ese gran cuerpo. Los apóstoles venían a ser sus grandes arterias. Pedro era la cabeza. Pero todos esos elementos quedaban inconexos sin la presencia del "alma". El Espíritu es el alma de la Iglesia. Jesús lo preparó todo: "Yo rogaré al Padre y él les dará un conso­lador y abogado para que esté con ustedes eternamente; morará dentro de ustedes". Y todavía más: "Cuando venga el Espíritu de la verdad, les enseñará la verdad plena".

Así sucedió. Con la llegada del Espíri­tu, tanto los apóstoles, como nosotros, cre­cieron -crecemos- en una doble dirección: la del propio "yo" y la de nuestra proyec­ción dentro de la Iglesia. Nuestro propio "yo". Efectivamente, gracias al Espíritu, voy conociendo y desarrollando mi propia vocación. Me doy cuenta de que soy una criatura tan estimable, que merezco todas las atenciones de Dios: "Si alguno me ama, mi padre le amará; y vendremos a él y for­maremos una morada en Él". El Espíritu me transformará interiormente haciéndo­me crecer con eficacia. Y, al revés, "ningu­no de nosotros es capaz de decir Jesús, sin la ayuda del Espíritu". Así de necesario es este Espíritu en mi vida.

Nuestra dimensión comunitaria. Muy pronto empezó Pablo a explicar la bella pluralidad que el Espíritu realizaría en la Iglesia: "A unos da el hablar con sabiduría, a otros con inteligencia. Uno tiene el don de la fe, otro el de curar, otro el de profeti­zar, otro el de hacer milagros". Y, como un prólogo a esta descripción, había dicho: "Hay diversidad de dones, diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra en todos". Y para que nadie se quedara en una mera recepción individualista del Espíritu, añadió: "En cada uno se mani­fiesta el Espíritu para el bien común".

Suelen andar remisos muchos cristia­nos a la hora de sentirse miembros activos y decididos en las tareas del Reino. Alegan la falta de preparación o la insignificancia de sus cualidades personales. De este mo­do prefieren permanecer en una discreta pasividad, respetuosa y obediencial, admi­rando las cualidades sobresalientes de otros. Y, sin embargo, es el Espíritu el que, dentro de cada uno, está deseando poten­ciar nuestras posibilidades, grandes o men­guadas, "para bien de la comunidad".

Nos conviene pensar eso. Si nosotros no realizamos aquello que se nos confió, nadie lo hará. Quizá realicen otra cosa, acaso mejor. Pero distinta de la que de mí se esperaba. ¿Recuerdan los versos de León Felipe?: "Nadie fue ayer -ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios- por este mismo camino que yo voy".


Publicado por verdenaranja @ 9:41  | Espiritualidad
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