Martes, 02 de junio de 2009

El Delegado Diocesano de Piedad Popular de la Diócesis de Tenerife nos hace partícipes de los siguientes números en relación con la Eucaristía, dada la proximidad de la Solemnidad del Corpus. 

 

En orden a la Exposición del Santísimo

 

SABÍA USTED QUE...

 

1. En la Instrucción «Eucharisticum Mysterium», del 13 de abril de 1967, en el número 66 «Se prohíbe la Exposición tenida únicamente para dar la bendición después de la Misa».  Se recomienda en el mismo número (parágrafo anterior) que «Aun las Exposiciones breves del Santísimo Sacramento, tenidas según las normas del derecho, deben ordenarse de tal manera que antes de la bendición con el Santísimo Sacramento, según la oportunidad, se dedique un tiempo conveniente a la lectura de la Palabra de Dios, a los cánticos, a las preces y a la oración en silencio prolongada durante algún tiempo.

 

2. Para manifestar con claridad la relación con la Eucaristía celebrada o Misa, la Exposición se hace inmediatamente después de haber distribuido la Comunión de los fieles. Luego se inciensa el Santísimo, viene la oración después de la Comunión y no se da bendición de ninguna clase ni se despide a la Asamblea con el «Pueden ir en paz».  Se podría concluir con el «Bendigamos al Señor», y la Asamblea respondería «Demos gracias a Dios», sin signación alguna, pues se trata de una bendición ascendente.

 

3. El Rosario en honor de la Santísima Virgen María, «cuando se reza con el sentido Cristológico que le es propio, recitándolo en un clima  meditativo-orante, y cuando su rezo ayuda a adquirir una  mayor estima  del misterio eucarístico, sería inaceptable  prohibirlo». Según esto, se puede rezar el Rosario, de vez en cuando, (y no siempre), ante el Santísimo expuesto sobre el altar, con tal que el enunciado de cada misterio se haga en forma más amplia, por ejemplo con alguna lectura bíblica escogida con anticipación. El Rosario, tal como lo conocemos, con un carácter eminentemente Mariano, con el simple enunciado del misterio nada más, no es conveniente recitarlo ni se debería recitar durante una Exposición del Santísimo. Mejor favorecer el silencio y la meditación, pues se trata de un ejercicio de piedad que no se puede integrar dentro de una acción litúrgica; en este caso, de la prolongación de una acción litúrgica. (Para mejor y mayor información, consultar la respuesta de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos – Boletín «Actualidad Litúrgica», Nº 39, página 10).

 

Por la misma razón expuesta no tiene sentido alguno entonar «Salves» ante el Santísimo expuesto, entre misterio y misterio del Rosario, pues no encaja lo uno con lo otro. Eso sería tanto como colocarnos frente a una imagen de Nuestra Señora y decirle: ¡Bendito y alabado sea Jesús en el Santísimo Sacramento del altar!  Y Ella, seguramente, nos dirá: ¡Hijo, estás en el lugar equivocado!

 

4.  Delante del Santísimo Sacramento, sea que esté en el sagrario como reserva, sea que esté expuesto para la adoración pública, se hará sólo genuflexión simple. (La Sagrada Comunión y el Culto del Misterio Eucarístico fuera de la Misa, del 21 de junio de 1973,  Nº 110). De este modo, y desde esa época quedó abolida la genuflexión doble.

 

5.  En la Exposición del Santísimo Sacramento con la custodia, se encenderán cuatro o seis cirios, es decir, cuantos haya en la Misa, y se empleará incienso. En la Exposición con el copón, se encenderán al menos dos cirios y puede usarse incienso (Ibidem, Nº 111).

 

6.  En el Ritual mencionado no aparece por ninguna parte el versículo que tradicionalmente se ha cantado antes de la oración: «Les diste, Señor, el pan del cielo». Por consiguiente está abolido y no hay necesidad de cantarlo ni de rezarlo, como antes de hacía. Según eso, inmediatamente después del canto se entona una de las 10 Oraciones que allí se encuentran.

 

7. La Exposición del Santísimo concluye con la Bendición del mismo; por consiguiente, resulta ser un duplicado o doblaje de la Exposición,  o mejor, con esto se estaría volviendo de nuevo a la Exposición que ya ha concluido. Sobra, por lo tanto, arrodillarse ante el Santísimo después de la Bendición para recitar las conocidas preces de alabanza (que tampoco aparecen en el Ritual del «Culto Eucarístico fuera de Misa»).

 

Lo mejor sería, si se quiere, recitar dichas preces («Bendito sea Dios. Bendito sea su santo nombre», etc.) antes de la oración; enseguida se da la bendición, se retira el viril o píxide y se lleva al lugar de la reserva o sagrario. La Asamblea se pone de pie y se entona un canto de acción de gracias o de alabanza. O si se prefiere, esas preces irían muy bien después de la bendición durante el tiempo del traslado del viril con la hostia consagrada al sagrario.

 

8. El Ritual del cual venimos hablando ofrece diez (10) oraciones para emplear antes de dar la Bendición con el Santísimo. Se hace urgente corregir la primera de todas, pues contiene un grave error teológico, a tal punto que es una oración Patripasiana (herejía patripasiana que confunde el Padre con el Hijo), porque no es el Padre Dios quien sufrió voluntariamente la Pasión, sino su Hijo Jesucristo. Tal como está, viene dirigida a Dios Padre. Hay que corregirla de inmediato, así:

 

1. Señor nuestro Jesucristo,

que en este Sacramento admirable

nos dejaste el Memorial de tu Pasión;

concédenos venerar de tal modo

los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,

que experimentemos constantemente en nosotros

el fruto de tu redención.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

Todos responden:

Amén.

 

Igualmente se transcriben las otras nueve para conocer su rico contenido y poderlas emplear en su momento y, de este modo, salir siempre de la primera.

 

2. Dios, Padre omnipotente,

concédenos sacar el efecto

de nuestra perpetua salvación

de esta fuente divina que es Jesucristo,

nacido por nosotros de la Virgen María,

glorificado en la cruz de su Pasión,

a quien creemos y proclamamos realmente presente

en este Sacramento.

Por Cristo nuestro Señor.

 

3. Padre celestial,

concédenos celebrar con alabanzas a Cristo,

nuestro Cordero Pascual,

muerto por nosotros en la Cruz

y presente en este Sacramento;

para que terminada nuestra peregrinación

en la tierra

merezcamos contemplarlo

cara a cara en la gloria del cielo.

Por Cristo nuestro Señor.

 

4. Padre celestial,

Tú que nos diste el verdadero Pan bajado del cielo

concédenos que,

fortalecidos por la eficacia

de este Alimento espiritual,

vivamos siempre en ti y para ti

y que al final de nuestra vida

resucitemos para la gloria sin fin.

Por Cristo nuestro Señor.

 

5. Padre de infinita bondad,

ilumina nuestros corazones con la luz de la fe

y enciende en ellos el fuego del Amor,

para que quienes reconocemos a Cristo,

Dios y Señor nuestro,

realmente presente en este Sacramento,

lo adoremos con fe en espíritu y en verdad.

Por Cristo nuestro Señor.

 

6.  Padre misericordioso,

concédenos que el Sacramento

por el cual te dignaste renovarnos

llene nuestros corazones con la dulzura de tu amor

y nos permita aspirar a poseer

los inefables tesoros de tu Reino.

Por Cristo nuestro Señor.

 

7. Dios y Señor nuestro,

que por el Misterio Pascual de Cristo

has querido realizar la redención de los hombres;

al venerar este misterio de nuestra salvación,

te pedimos que conserves en nosotros

los dones de tu amor,

y nos concedas participar plenamente

en los frutos de la redención.

Por Cristo nuestro Señor.

 

8. Padre celestial,

concédenos celebrar con alabanzas

a Cristo, nuestro Cordero Pascual,

muerto por nosotros en la Cruz

y ahora oculto en este Sacramento

bajo la especie de Pan

para que terminada nuestra peregrinación

en la tierra,

merezcamos contemplarlo a Él mismo

cara a cara en la gloria.

Por Cristo nuestro Señor.

 

9. Padre misericordioso,

concédenos que el Sacramento de la Eucaristía,

Memorial de nuestra Redención,

Llene nuestros corazones con la dulzura de tu Amor

Y nos permita aspirar a poseer

los inefables tesoros de tu Reino.

Por Cristo nuestro Señor.

 

10. Padre celestial,

en tu designio salvífico

has querido realizar la redención de los hombres

por medio del Misterio Pascual de Cristo;

concede misericordioso

a quienes anunciamos la Muerte

y Resurrección del Señor

bajo estos signos sacramentales,

que experimentemos un aumento constante

de redención.

Por Cristo nuestro Señor.


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