Martes, 02 de junio de 2009

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – En ocasión del Año Paulino, el Secretario internacional de la Pontificia Obra de la Santa Infancia (POSI) y la Secretaría Nacional para Italia de la Obra de la Infancia Misional Pontificia (POIM) organizaron una peregrinación paulina en Roma de los jóvenes misioneros provenientes de Italia y de algunos países europeos (ver Fides 10/2/2009; 29/5/2009). A medio día del sábado 30 de mayo, el Santo Padre Benedicto XVI recibió en audiencia a unos 5000 participantes de la peregrinación con sus acompañantes. Tras el saludo del Card. Ivan Dias, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y de dos niños, el Papa respondió a las preguntas que le hicieron tres muchachos. Publicamos a continuación la transcripción de las preguntas y de las respuestas del Papa:

Primera pregunta: Me llamo Anna Filippone, tengo 12 años, soy ministrante, vengo de Calabria, diócesis de Oppido Mamertina-Palmi. Papa Benedicto, mi amigo Giovanni tiene el papá italiano y la mamá ecuatoriana y es muy feliz. ¿Piensas que las diversas culturas podrán un día vivir sin pelear en el nombre de Jesús?

El Santo Padre: Entiendo que queréis saber como nosotros, de niños, hacíamos para ayudarnos recíprocamente. Debo decir que viví en los años del colegio en un pequeño pueblito de 400 habitantes, muy lejano de los grandes centros. Éramos un poco ingenuos y en este pueblito había por un lado, agricultores muy ricos y también no tan ricos pero bien estantes, y por otro lado, pobres empleados y artesanos. Nuestra familia poco antes del inicio del colegio llegó a este pueblo de otro pueblo, éramos un poco extranjeros para ellos, incluso el dialecto era diverso. En este colegio, se encontraban situaciones sociales muy diversas. Sin embargo había una bella comunión entre nosotros. Me enseñaron su dialecto, que yo no conocía. Hemos trabajado juntos muy bien, y debo decir, que alguna vez también discutimos como es natural, pero después nos perdonábamos y olvidábamos cuanto había sucedido. Esto me parece importante. Alguna vez en la vida humana parece inevitable el discutir; pero es importante el arte de reconciliarse, el perdón, el recomenzar de nuevo y no dejar amarguras en el alma. Con gratitud recuerdo como hemos colaborado todos: uno ayudaba al otro e íbamos juntos en nuestro camino. Todos éramos católicos, y esto era naturalmente de grande ayuda. De este modo aprendimos juntos a conocer la Biblia, comenzando desde la creación hasta el sacrificio de Jesús en la Cruz, y también los inicios de la Iglesia. Aprendimos juntos el catecismo, aprendimos juntos a rezar, nos preparamos juntos para la primera confesión, para la primera comunión: fue un día espléndido aquel. Entendimos que Jesús mismo venía a nosotros y que no es un Dios lejano: entra en mi propia vida y en mi propia alma. Y si el mismo Jesús entra en cada uno de nosotros, entonces somos hermanos, hermanas, amigos y debemos comportarnos como tales. Para nosotros, esta preparación tanto para la primera confesión como purificación de nuestra conciencia, de nuestra vida, y de nuestra primera comunión como encuentro concreto con Jesús que viene a mí, que viene a todos nosotros, fueron factores que contribuyeron a formar nuestra comunidad. Nos ayudaron a ir juntos, a aprender juntos a reconciliarnos cuando era necesario. Hemos hecho también pequeños espectáculos: también es importante colaborar, prestar atención el uno por el otro. A los ocho o nueve años me hice acólito. En aquel tiempo no existían aún las acólitas, pero las niñas leían mejor que nosotros. Por lo tanto ellas leían las lecturas de la liturgia, nosotros acolitábamos. En aquel tiempo eran muchos los textos latinos a ser aprendidos, y así cada uno tuvo que esforzarse por aprenderlos. Como ya dije, no éramos santos: tuvimos nuestras discusiones y peleas, sin embargo existía una bella comunión, donde la distinción entre ricos y pobres, entre inteligentes y menos inteligentes no contaban. Era la comunión con Jesús en el camino de la fe común y en la responsabilidad común, en los juegos, en el trabajo común. Hemos encontrado la capacidad de vivir juntos, de ser amigos, y si bien desde 1937, es decir desde hacía más de 70 años, no estoy más en aquel país, permanecemos siendo amigos. Aprendimos a aceptarnos el uno al otro, a llevar el peso uno del otro. Esto me parece importante: no obstante nuestras debilidades, nos aceptamos y con Jesús Cristo, con la Iglesia, encontramos juntos el camino de la paz y aprendemos a vivir bien.

Segunda pregunta: Me llamo Leticia y te quería hacer una pregunta. Querido Papa Benedicto XVI, ¿qué significaba para ti cuando eras muchacho el lema: «Los niños ayudan a los niños»? ¿Alguna vez pensaste que llegarías a ser Papa?

El Santo Padre: A decir verdad, jamás pensé que llegaría a ser Papa, pues, como ya dije, yo era un joven ingenuo en un poblado muy lejano de las zonas céntricas, en la olvidada provincia. Estábamos felices de vivir allí y no pensábamos en otras cosas. Naturalmente, conocimos, veneramos y quisimos mucho al Papa –en ese entonces Pío XI– pero para nosotros se encontraba en una altura inalcanzable, casi en otro mundo: nuestro padre siempre, pero aún así perteneciente a una realidad demasiado lejana para nosotros. Y debo decir que todavía hoy en día experimento una cierta dificultad para comprender porqué el Señor pensó en mí para destinarme a este ministerio. Pero lo acepto como algo que viene de sus manos, aunque sea algo sorprendente y me parezca totalmente superior a mis fuerzas. Pero el Señor me ayuda.

Tercera pregunta: Querido Papa Benedicto, yo soy Alejandro. Quería preguntarte: tú eres el primer misionero; nosotros los jóvenes, ¿cómo podemos ayudarte a anunciar el Evangelio?

El Santo Padre: Diría que un primer modo es este: colaborar con la Obra Pontificia de la Infancia Misionera. Así sois parte de una grande familia, que lleva el Evangelio al mundo. Así pertenecéis a una gran red. Vemos aquí cómo se refleja la familias de los diversos pueblos. Vosotros sois parte de esta gran familia: cada uno hace su parte y juntos sois misioneros, portadores de la obra misionera de la Iglesia. Tenéis un bellísimo programa, ya señalado por vuestra portavoz: escuchar, orar, conocer, compartir, ser solidarios. Estos son los elementos esenciales que realmente constituye un modo de ser misionero, un modo de impulsar el crecimiento de la Iglesia y de llevar el Evangelio al mundo. Y quisiera resaltar algunos de estos puntos. Antes que nada, rezar. La oración es una realidad: Dios nos escucha y, cuando oramos, entra en nuestra vida y se hace presente y operante entre nosotros. Y es importante ayudarse con la oración: oramos juntos en la liturgia, oramos juntos en la familia. Y en relación con ello diría que es muy importante comenzar el día con una pequeña oración y, al final de la jornada, terminar también con una oración: recordar a los padres. Orar antes de comer, antes de cenar, y al celebrar juntos el domingo. Un domingo sin misa, la gran oración común de la Iglesia, no es un verdadero domingo: le falta su corazón mismo, así como la necesaria luz para toda la semana. Y podéis también ayudar a otros –especialmente cuando tal vez en casa no se reza, no se conoce la oración–, enseñar a los otros a orar: orar con ellos y de esa manera introducirlos en la comunión con Dio. Luego, escuchar, es decir aprender realmente lo que nos dice Jesús. Además, conocer la Sagrada Escritura, la Biblia. En la historia de Jesús conocemos –como ha afirmado el Cardenal– el rostro de Dios, aprendemos cómo es Dios. Es importante conocer profundamente a Jesús, personalmente. Así Él entra en nuestra vida y, a través de nuestra vida, entra en el mundo. Y también podéis compartir, no buscar las cosas sólo para vosotros mismos, sino para poder compartirlas con los demás. Y si vemos a alguien que pasa necesidad, o que es menos dotado, ayudarlo haciendo presente el amor Dios sin grandes palabras, en nuestro mundo pequeño y personal, que forma parte del gran mundo. Así formamos juntos una familia, donde cada uno tiene respeto por el otro: soportar al otro en su alteridad, aceptar más precisamente a los que nos son antipáticos, no dejar que ninguno sea marginado, sino ayudar a todos a insertarse en la comunidad. Todo esto quiere decir simplemente vivir en esta gran familia de la Iglesia, en esta gran familia misionera: Vivir los elementos esenciales como el compartir, el conocimiento de Jesús, la oración, la escucha recíproca y la solidaridad, es una obra misionera, pues ayuda a hacer que el Evangelio se haga realidad en nuestro mundo”. (S.L.) (Agencia Fides 01/06/2009; líneas 96 palabras 1437)


Publicado por verdenaranja @ 23:11  | Habla el Papa
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