Jueves, 04 de junio de 2009

Carta a mi querido Teófilo del Padre Antonio María del Hogar Santa Rita del Puerto de la Cruz,  Tenerife, publicado en la revista “Como las Abejas”, número 44, MARZO-ABRIL 2009.

 

 

Bueno, bueno, mi querido Teófilo. has hablado hoy de un tema que me agrada. En ninguno de los modos, pienses que es repetición del pasado año. Lo que sí es cierto, es que llevas demasiado tiempo haciéndote las mismas preguntas y que aún no las has resuelto. Tú mismo te has hecho una autocrítica, que nos puede ayudar a mejorar la situación. Sé que no es tan fácil el cambiar de un día para otro. Realmente somos «animales de costumbres», y bloquea un poco la situación espiritual el peso de las costumbres adquiridas por la fuerza de la repetición. Se va creando en  (nosotros como una dependencia al vicio adquirido, que parece que forma parte de nuestra propia vida y caminamos, casi por inercia, en una dirección determinada.

 

Tú mismo afirmas la culpa que tienen tus pecados, y esto es tremendamente cierto. Nos vislumbramos ante la violencia de una pasión que nos inclina a realizar algo que ciertamente es pecado y después vienen las consecuencias, las secuelas que deja el pecado a su paso por nuestra vida espiritual. Una de esas «secuelas», es la pérdida de la fe y pasa cuentas en el mundo de Dios. Es necesario tener la documentación en regla y recuperada la amistad rota con Dios por culpa del pecado. iCon qué facilidad pecamos! En esos momentos la pasión es tan grande que anula la capacidad de pensar y de decidir y ciegamente somos atraídos a caer en el pecado, sin caer en la cuenta de las funestas consecuencias, del pecado.

 

Entre otras cosas, a base de cometer los mismos pecados, sin una conversión, sin un cambio de vida, sin un reconocimiento del pecado, llega a perderse el sentido del mismo pecado mortal. Sin darnos cuenta, se va apoderando de nosotros, una apatía y una indiferencia a todo lo que suena a pecado, que realmente, no se puede arrepentir, porque ve bien lo que hace y le busca una justificación para que la conciencia ya relajada no grite. Tan tontito que parece el pecado y no nos damos cuenta que va derrumbando la vida de la fe, y está claro que se llega a creer, convencido de que está bien, lo que objetivamente y en principio es intrínsecamente malo. Y sin fe, mi buen Teófilo, no se entiende ni el pecado, ni el Infierno, ni el Cielo, ni el más allá o más arriba, ni tampoco la pasión de Jesucristo, ni le dice nada las procesiones, ni le conmueve en modo alguno las palabras del mejor predicador.

 

Sencillamente, su corazón se vuelve impenetrable como la caída de una gota sobre una piedra. Sé que es angustiosa esta situación y por muchas ganas que usted tenga de cambiar, si no pone los medios y es constante, seguirán pasando los años y seguirá usted encontrándose igual de seco, de árido, de desabrido, vacío y, como consecuencia, triste y con una profunda soledad por dentro, porque es evidente que, como dice San Agustín, nuestro corazón está hecho para Dios y sólo Dios es capaz de llenarlo.

 

Llenamos nuestro corazón de un montón de cosas que no son Dios y no nos dan felicidad duradera porque hemos usurpado el puesto reservado en exclusiva para Dios y, como decía Santa Teresa, «El que a Dios tiene, todo lo tiene, nada le falta, sólo Dios basta». Y esto no es una frase más, sino una rotunda verdad. Todo tiene su explicación. Me cuenta que las dramáticas imágenes de la pasión a su paso por nuestras calles, le dejan indiferente, no le conmueven, y no se siente aludido cuando se habla de que todos los seres humanos somos cómplices, culpables y responsables de la espantosa muerte de Jesucristo. Está mal, Teófilo, está mal. Siento el tener que decírselo. Es muy peligroso el camino en el que se ha metido o en el que le han metido sus propios pecados.

 

Es muy seria su situación espiritual. Que nunca se diga de usted lo que un día el mismo Señor dijo de Judas, que «más le valdría el no haber nacido». No se puede jugar con Dios, mi buen Teófilo, y tampoco se trata de que yo para no perder su amistad, le diga que está bien lo que está mal. Creo que si usted me escribe no es para que le diga lo que usted quiera oír, sino que le aconseje en conciencia, lo que es mejor para su vida espiritual y, en definitiva, para su salvación eterna. Repetía una y otra vez nuestro hermano Pedro, por las calles de Guatemala, «una sola alma tenemos y si la perdemos, no la recobramos», y el mismo Señor dijo un día: «Qué importa que el hombre gane el mundo entero, si al final pierde su alma».

 

Por eso amigo Teófilo, tiene que tomar en serio y responsablemente el tema de la salvación de su alma. Sé que usted está pasando por un tiempo muy desagradable, en que ha perdido el don de la fe y que, por tanto, pasa de todo lo que signifique hablar con Dios y de todo lo relacionado con Dios. Sé que ahora mismo a usted le «resbala», el tema del Cielo, del Infierno, del Diablo, del pecado, de la salvación eterna, de su alma. Esta misma situación hace que usted quede indiferente ante las imágenes más impresionantes de la Semana Santa. Ni las lágrimas lastimosas de «La Macarena», ni el Cristo de la Columna, totalmente desfigurado, sucio, hinchado, destrozado, ni el Cristo Crucificado abandonado, desprestigiado, insultado, despreciado le dicen nada, ni le duele a usted mi buen amigo, ni siquiera el haber un día cometido muchos pecados. No juegue con fuego, mi buen Teófilo. Es más serio de lo que usted piensa. Creo que es muy peligroso seguir así. Por lo menos, hay una cosa positiva en usted, aunque no sea suficiente, y es, que se está dando cuenta de que es preocupante el estado espiritual en el que se encuentra.

 

Entiendo que esté usted en la Iglesia, como una estatua de mármol fría, insensible y dura. Es espantoso el solo pensar, que nada le conmueve, ni siente vergüenza de haber pecado, ni se siente culpable ni responsable del drama de la pasión, ni le emociona el paso de las imágenes que avanzan lentamente por las calles, al compás de las dolorosas notas de las marchas de la banda de música, o la impresionante celebración del Martes Santo en la Catedral, llena hasta rebosar, presidida por el Obispo de la Diócesis y acompañada de innumerables sacerdotes y religiosas haciendo un frente común, ante los pecados de toda la humanidad y las terribles consecuencias de los mismos.

 

¿Usted mi buen Teófilo, se da cuenta de las tristes consecuencias de una vida de pecado? iHay que ver con qué facilidad e irresponsabilidad se peca! iQué dura se pone la conciencia! iCuánto cuesta recuperar la fe perdida! Dígame, buen Teófilo, ¿Qué sentido tiene el dolor, el sufrimiento, el Cielo, el Infierno, las verdades eternas sin fe? El problema es que la fe no se consigue en los libros, ni se adquiere en un instituto, ni en ninguna universidad. Ni yo puedo aumentar la fe, mi querido amigo, por mucho que me esfuerce en explicarle, y darle mil motivaciones, y ponerle miles de ejemplos acerca de la fe, para aumentar la fe de usted ni en un milímetro.

 

La fe está claro que es un regalo de Dios y hay que pedirlo insistentemente una y otra vez a Dios, aunque hayamos llevado una vida indigna y de pecado. Tiene que presentarse ante Dios desnudo, con toda humildad, a pedirle que le dé fe o le aumente la que tiene. Por otra parte, no vuelva a las andadas y rechace libremente todo lo que suene a pecado y restablezca las relaciones rotas con Dios, por culpa de los dichosos pecados.

 

Vuélquese, mi buen amigo Teófilo, y no dé ni un solo paso atrás. Siga el camino, sin mirar a tras, ni a derecha, ni a izquierda, convencido de que jamás será feliz lejos de Dios y de su camino por mucho que se empeñe en demostrar todo lo contrario, aproveche este tiempo para hacer una buena confesión, que le ayude a disipar tantas y tantas incógnitas.

 

No le eche la culpa a Dios de todas las tragedias que ocurren, ni le haga responsable del terremoto de Italia, o del hambre en el mundo, o de las guerras, del saqueo y del terrorismo. Ni tiene la culpa Dios de que exista el Sida, el Cáncer, o la Tuberculosis. No acabaremos nunca de entenderlo que la culpa de todos los males y desgracias que existen en la humanidad la tiene el pecado que sigue cometiéndose en todo el mundo. Es la misma naturaleza creada por Dios que protesta porque los «hombres» vamos por libre, sin obedecer las leyes puestas por el creador, como todos los seres existentes.

 

 

 


Publicado por verdenaranja @ 0:36  | Cartas a Te?filo
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