Viernes, 05 de junio de 2009

Intervención del arzobispo Mons. Agostino Marchetto, Secretario del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes en el encuentro de Tecún-Umán, Guatemala, (2-4 Junio 2009) de las Conferencias Episcopales de los Estados Unidos, México, América Central y Caribe.

 

 
PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS MIGRANTES E ITINERANTES 

IGLESIA CONCILIAR Y PASTORAL DE ACOGIDA

 

 

 

S.E. Mons. Agostino MARCHETTO

Secretario del Pontificio Consejo para la  
Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes

 

 

 

         El que me escucha está ciertamente convencido de la importancia, del valor doctrinal, espiritual y pastoral del Concilio Vaticano II, y del lugar central que ocupa en él la Lumen Gentium, junto con las otras tres constituciones (el mismo nombre pone de relieve su importancia y peculiaridad). Podría definir el último Concilio ecuménico como un “icono” de la misma Iglesia católica, es decir de aquello por lo cual, en especial, el Catolicismo es constitucionalmente, comunión también con el pasado, con los orígenes, identidad en la evolución y fidelidad en la renovación. Como un árbol frondoso, nacido de una simple semilla echada en la tierra, llorando, hace dos milenios, y enterrada en las tinieblas – la muerte redentora de Cristo – y brotado en una primavera perenne, con la resurrección, la viña del Señor ha echado sus raíces en el mundo entero. Da testimonio de esto, por ejemplo, la presentación de la Iglesia católica en “Le Chiese cristiane nel Duemila” (Las Iglesias cristianas en el Dos mil)[1] y, haciendo referencia al Obispo de Roma y a la Tradición, una frase de K. Schatz, para quien «gracias a la estructura del Primado, la Iglesia católica tiene una oportunidad particular de vincular estrechamente la estabilidad a la tradición, por un lado, y el dinamismo a la innovación, por el otro»[2].

 

1. El Concilio Vaticano II y su correcta hermenéutica

 

         El acontecimiento conciliar fue magno, y muchos lo recuerdan incluso visualmente. Participaron 3.068 Padres, procedentes de casi todas las naciones de la tierra. En los cuatro períodos (11 de octubre de 1962 – 8 de diciembre de 1965), se llevaron a cabo 168 congregaciones generales y 10 sesiones públicas. Fueron promulgados 16 documentos: 4 constituciones, como ya lo hemos indicado, 9 decretos y tres declaraciones.

         Agrego, para dar una idea de la inmensidad del trabajo, que, si pienso sólo en las “Actas” oficiales del magno Sínodo, veo en mi biblioteca, alineados, 62 grandes tomos de un lindo color rojo vivo. Además, han aparecido ya algunos diarios de “personajes” famosos – o por lo menos interesados, y que participaron de alguna manera en el Concilio – que han de ser sometidos escrupulosamente a una valoración crítica cruzada. La cuestión es larga y difícil, pero contienen el sabor y los ingredientes personales útiles para la historia, aun sometiéndolos al juicio de las Actas (hechos) oficiales.

         Desde luego, se presenta el peligro, hoy, de deslizarse en una historia de fragmentos, que no podría esquivar fácilmente la crónica. De hecho, a todo esto está vinculado el intento de muchas personas de disminuir la importancia de los documentos conciliares mismos, síntesis de Tradición y de “incarnacion”, en el hoy de Dios, para hacer prevalecer esa famosa convicción, que desde siempre he definido ideológica, que se “concentra” solamente en los aspectos innovadores que surgieron en las discusiones conciliares – y que se  prolongarían en el postconcilio –, sobre la discontinuidad, y hasta incluso sobre la ruptura respecto a la Tradición. Presenta un ejemplo muy claro el volumen “L’evento e le decisioni. Studi sulle dinamiche del Concilio Vaticano II” (El acontecimiento y las decisiones. Estudios sobre las dinámicas del Concilio Vaticano II)[3], en el que se “recupera” la actual tendencia historiográfica civil general, que privilegia el acontecimiento, la discontinuidad, precisamente, el cambio, o sea la transformación traumática, en contraposición con la anterior dirección dada por los famosos “Annales” y que veía más bien a largo plazo, haciendo hincapié en la continuidad histórica (para Braudel, que lo sostuvo con ahínco, la historia es «una ciencia social aplicada que pone de relieve estructuras, sistemas y modelos perennes, aunque a primera vista sean invisibles»).

         Y no se dan cuenta de que si se entiende por acontecimiento, no tanto un evento “notable”, sino una ruptura, una novedad absoluta, el nacimiento de una nueva iglesia, in casu, una “revolución copernicana”, el paso de un tipo de Catolicismo a otro – que, sin embargo, pierde sus características inconfundibles – esa perspectiva no podrá ni deberá ser aceptada, por lo menos por lo que concierne a la Iglesia católica y a la historia que tiene en cuenta su carácter específico, su continuidad y su realidad más misteriosa, que se han de preservar también en la interpretación de sus documentos. A este respecto, al leer las aportaciones a la investigación publicadas en el libro mencionado, sorprenden, verdaderamente, las críticas radicales a tres conocidos estudiosos como Jedin, Ratzinger y Kasper (con sus cuatro óptimas reglas hermenéuticas) y al mismo Poulat.

         Así, esa postura extrema hacia el Concilio Vaticano II en la denominada “mayoría” – yo la definiría “a ultranza” (es decir, contraria a una constante y eficaz búsqueda del “consenso”, del abrazo entre “aggiornamento” y Tradición), deseosa, siempre más, de imponer su propio punto de vista, sorda a los “llamamientos” y a la obra de “costura” de Pablo VI – ha logrado, después del Concilio, monopolizar hasta el presente la interpretación del “acontecimiento”, rechazando todo proceder distinto, tachándolo incluso de anticonciliar.

         A este respecto, quisiera confirmar mi pensamiento con el del ortodoxo Nicos Nissiotis, antes de pasar directamente a examinar la Lumen Gentium de la Iglesia conciliar. Como lo  afirma Y. Spiteris en el volumen sobre el Vaticano II, publicado con motivo del Gran Jubileo, Nissiotis «pone de relieve la bien conocida coexistencia en el Concilio de la corriente progresista y la conservadora»[4][4][4]. «Personalmente, me parece ver en esta coexistencia de las dos corrientes, más que una yuxtaposición contradictoria, una dinámica dialéctica [yo la llamaría dialógica, a pesar de todo] que ha permitido a la Iglesia católica dar grandes pasos hacia adelante sin demasiadas sacudidas y heridas traumáticas y sin excluir a nadie de su cuerpo. Encontramos esta dialéctica necesaria en los documentos principales como la “Lumen Gentium”, la “Gaudium et Spes” y la “Unitatis redintegratio”»[5].

         Agrego otra consideración, del mismo teólogo ortodoxo, que nos puede ser útil: «Después de veinte años [el texto fue publicado en 1987], existe una crítica muy fuerte contra el Vaticano, sobre todo por parte del Consejo Mundial de las Iglesias... Han quedado desilusionados porque esperaban que el Concilio reconociera su Iglesia y su sacerdocio. Pero esto no sucedió... [la afirmación es actual también por lo que respecta a la Declaración Dominus Jesus]. Cada cual ha querido valorar el Concilio partiendo del propio punto de vista, de los propios intereses. Así, cada uno ha considerado sólo un aspecto, sin abarcar el conjunto, que es tan complicado. Se trataba de un acontecimiento muy complejo en el que intentaban coexistir todas las grandes tendencias del catolicismo». También estoy de acuerdo con esto. 

 

2. Esbozo histórico de la elaboración de la Lumen Gentium

 

         Vamos a intentar, ahora, un breve esbozo histórico de la elaboración del texto de la Lumen Gentium que nos permita una visión de la Iglesia conciliar que ilustre la pastoral de acogida (si se quiere profundizar el conocimiento de esa Iglesia, aconsejo una obra sintética, pero notable, de Annibale Zambarbieri[6][6][6]). Del 1° al 7 de diciembre de 1962, el esquema de Ecclesia (luego “denominado” Lumen Gentium), precisamente, polarizó la atención en el interior del Concilio y por fuera de él; estaba constituido por 11 capítulos, pero – como afirmó el relator, Mons. Franić – la Comisión doctrinal, al redactarlo, no se había propuesto realizar un tratado completo sobre la Iglesia. No faltaron las críticas, como es natural, pues se estaba llevando a cabo un legítimo debate conciliar: se notó en dicho esquema una manera de proceder demasiado abstracta y escolástica, poco acogedora respecto al espíritu pastoral, universalista y ecuménico que hubiera debido caracterizar el Concilio, según las directrices del papa Juan XXIII, que lo había convocado. Se presentó también una cierta reticencia en cuanto a la colegialidad episcopal. El Card. Döpfner (al que siguieron Suenens, Jaeger y el mismo Wojtyła) solicitó luego que, junto a la imagen del Cuerpo Místico, se diera espacio también a la del “Pueblo de Dios”. He aquí una de las ideas que se abrirán un amplio camino en el Concilio y después como un importante cambio de perspectiva, y quizás más adelante en un contexto sociológico desorientador. Mons. Hakim, junto con otros Padres, acusó el esquema de “juridismo”.

         Muchos se declararon, no obstante, favorables al documento, aunque aparecieron en el horizonte otros proyectos y opiniones (cito al Card. Suenens – «ecclesia ad intra... ecclesia ad extra», ¿lo recuerdan ustedes? – y al Card. Montini: «carencia, o por lo menos, existencia no anunciada de un proyecto orgánico, ideal y lógico del Concilio») que manifestaban la preocupación por la falta de un proyecto  eclesiológico orgánico conciliar. Esto, a pesar de que el papa Juan XXIII hubiera “aprobado para la distribución el texto de Ecclesia”, añadiendo sólo algunos pormenores. El Card. Lercaro manifestó también su propia adhesión a la solicitud Suenens-Montini, agregando la preciosa consideración del misterio de Cristo en los pobres.

         Se creó así una plantilla de veinte temas (que luego fueron reducidos a 17) – un “resumen”, en parte, de los 72 esquemas iniciales y que a veces representaban los capítulos de un mismo esquema – insistiendo en la intención pastoral para todo el conjunto. Al mismo tiempo, se establecían los términos de “mayoría” y “minoría”, con relación, respectivamente, a las tendencias innovadora y conservadora, dijéramos, aunque se presentaba, y se presenta, de tal modo, el riesgo de simplificar artificialmente una red mucho más complicada de convergencias y divergencias, incluso fluctuantes. De hecho, este cliché de dos teologías, de dos eclesiologías, no dejó de tener mucho peso, incluso en sentido desfavorable, en los trabajos conciliares y sobre todo en los teólogos, y también más adelante en una hermenéutica que no era correcta.

El Card. Suenens, en la reunión de la Comisión de coordinación del 23 de enero de 1963, sugirió – después de solicitar la aprobación del Card. Cicognani – una refusión del texto de Ecclesia en cuatro capítulos. Siguió un debate, en especial en lo concerniente a la colegialidad, y fue confirmado, en concilio, el carácter central de la cuestión eclesiológica, de la Iglesia conciliar. Se decidió introducir en el documento también un capítulo sobre los religiosos y, más tarde (el 29 de octubre), uno sobre María Santísima (con una débil mayoría: 1114 placet contra 1074 non placet, porque los que votaron en contra preferían un texto a parte sobre la Madre de Dios).

         La reelaboración del esquema quedaba al cuidado de la Comisión doctrinal, que se dividió con ese objeto en subcomisiones y, como base de reconstrucción de los núcleos más característicos del documento, se eligió el texto que “cosió”, en compañía de otros, el conocido teólogo de Lovaina Mons. Philips. Es importante subrayar que él mismo hizo saber que el 60% del texto redactado se había tomado del anterior. Se presenta, aquí, otro motivo de reflexión sobre lo que quiere decir la expresión “Iglesia conciliar”.

         Estamos en el segundo período, con el nuevo papa y con la editio altera recognita del reglamento del Concilio. Hago notar que en ese momento se había oficializado la participación de expertos laicos en la actividad de las Comisiones, y que auditores laicos iban a poder asistir a las sesiones conciliares.

         La eclesiología (Iglesia conciliar) ocupó otra vez un lugar privilegiado y la nueva redacción obtuvo, sólo después de dos sesiones, el consenso necesario (2231 placet sobre 2301 votantes) para seguir elaborando la plataforma de los debates sobre cada capítulo. El 4 de octubre, al comenzar la discusión del capítulo sobre la Jerarquía, se manifestaron con mayor claridad las divergencias en la asamblea. Esto se notó en la votación cuyo objeto era conocer la dirección fundamental de los Padres. El 29 de octubre se propuso el texto de las preguntas, refaccionado respecto al inicial, sugerido por don Dossetti, con el toque final de Pablo VI. Habían llegado a cinco (con la solicitud de un voto de orientación sobre el diaconado). La destrucción de las primeras papeletas de voto, mandadas preparar indebidamente, causó el alejamiento, de junto a los Moderadores, del hombre de confianza del Card. Lercaro (Dossetti, precisamente), que lo había cooptado como secretario de los “cuatro”, estableciendo así, de hecho, una alternativa no reglamentaria con el Secretario general del Concilio, Mons. Felici. El Papa incluso dijo: «¡ese no es el lugar de Dossetti!».

         Después de la reestructuración y la refundición de los esquemas, entre el II y el III período (el llamado plan Döpfner), la importantísima Comisión coordinadora impartió nuevas recomendaciones, en especial sobre la sacramentalidad y colegialidad episcopal, siempre en estrecha unión con la constitución Pastor aeternus del Vaticano I. También esto nos dice algo acerca de la expresión “Iglesia conciliar”.

         En este mismo período se presenta también la transformación de un est en subsistit (la Iglesia de Cristo), en la Ecclesia catholica (LG 8), que tanta importancia ha tenido en el desarrollo del ecumenismo postconciliar y que ha hecho gastar mucha tinta a los comentadores del Concilio (v. intervención del Card. Ratzinger en el encuentro romano sobre el magno Sínodo con ocasión del Gran Jubileo, y en el documento Dominus Jesus, con una importante entrevista al Frankfurter Allgemeine). Vale la pena destacar aquí también una iniciativa más bien fuerte, a principios de septiembre de 1964, de una parte influyente y consistente de los Padres (entre ellos, muchos Cardenales, encabezados por el Card. Larraona), de crítica a la doctrina de la colegialidad en sentido estricto, pues se temía su dilatación. Pablo VI, dentro del respeto del reglamento, hizo que se continuara con el iter del esquema y, por tanto, con la votación; además, ésta se realizaba en la forma triple: placet, non placet y placet juxta modum. Siguió, pues, el intento de llegar a un consensus armónico, durante el III período, muy bien delineado en la alocución pontificia de su inauguración[7].

         Si las votaciones relativas a los dos primeros capítulos del esquema sobre la Iglesia (como Misterio y Pueblo de Dios) fueron “fáciles”, aquellas sobre el tercer capítulo – “la constitución jerárquica de la Iglesia” – determinaron dos corrientes, bastante fijas, mayoritaria y minoritaria, por decirlo así. No vamos a seguir aquí el debate, aunque fue interesante; nos vamos a detener, en cambio, siempre brevemente, en la Nota Explicativa Praevia, presentada en una semana difícil, que alguien, periodísticamente, definió “negra”. En todo caso, ya no se puede llamar así, porque si se contempla con una cierta perspectiva, ahora se considera positivamente decisiva, como Concilio, consenso y comunión, entre “renovación” y Tradición. Sería bueno volver a leer el texto; aquí es suficiente poner de relieve – además de mencionar el concepto-realidad-misterio de communio hierarchica, que sintetiza muy bien el I y el II milenio eclesial, empresa católica necesarísima – que, según declaración del mismo Mons. Philips, no existe contradicción entre la Nota y el texto conciliar. Es oportuno recordar, para confirmarlo, que también Schillebeeckx la consideró una aclaración, necesaria, de los términos de las cuestiones, porque eliminaba el elemento de intederminación y confusión, mantenido por algunos voluntariamente – como él mismo afirma – para hacer pasar un concepto de colegialidad en sentido estricto y que no estaba en armonía con la Tradición.

         La votación definitiva sobre la Lumen Gentium (articulada, al final, en ocho capítulos: el misterio de la Iglesia; el pueblo de Dios; la constitución jerárquica de la Iglesia; los laicos; la universal vocación a la santidad en la Iglesia; los religiosos; la índole escatológica de la Iglesia peregrinante sobre la tierra y su unión con la Iglesia celestial, y la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia), con la aprobación prácticamente unánime, representó un resultado extraordinario, si se tienen en cuenta las oposiciones que habían surgido durante el debate en el aula. Fue, éste, un mérito grande del Papa Pablo que, justamente, no quiso considerarse un simple “notario” del Concilio, como él mismo afirmó. 

 

3. Síntesis eclesiológica del Vaticano II y su reflejo en la Erga migrantes caritas Christi, Instrucción caracterizada par la acogida

 

         Con este amplio “telón de fondo”, se puede deducir fácilmente la síntesis eclesiológica del Vaticano II aplicada a la Sitz im Leben migratoria, presente en la Instrucción Erga Migrantes Caritas Christi – EMCC – (nn. 37 y 38). 

Se trata de dos números muy densos, que alguien ha considerado casi como un cuerpo extraño al Documento, opinión que no compartimos en absoluto. En efecto, la Iglesia ad intra y ad extra ha sido el eje, como lo hemos visto, de todo el trabajo conciliar, la respuesta original, en Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, a los “signos de los tiempos”, el signo que Dios ha puesto también entre los migrantes[8].

         Desde luego, se han tenido en cuenta, en el texto de la Instrucción, la interpretación cualificada del Vaticano II, realizada con ocasión del Sínodo extraordinario de los Obispos de 1985, los dos bellísimos volúmenes de evaluación y perspectivas conciliares, a los veinticinco años del acontecimiento[9], así como el que publiqué yo, con la correspondiente visión de perspectiva[10].

         El n. 37 de EMCC se refiere, pues, a tres modalidades-síntesis, y fundamentales, de realización del ministerio pastoral de la Iglesia conciliar, poniéndola en primer lugar «como comunión». Así, se da valor a la legítimas particularidades de las comunidades católicas, conjugándolas con la universalidad. «La unidad de Pentecostés – afirma la EMCC – no anula las distintas lenguas y culturas, sino que las reconoce en su identidad, abriéndolas, sin embargo, a la alteridad, a través del amor universal que en ellas obra. La única Iglesia católica está, pues, constituida por y en las Iglesias particulares, así como las Iglesias particulares están constituidas en y por la Iglesia universal (cfr LG 13)». 

 

4. Fundamento eclesial de la pastoral de acogida

 

         Aquí está planteada, pues, la base teológica, eclesial, de la pastoral de acogida, en el contexto de la evangelización de las culturas (v. nota 40 de EMCC y el comentario publicado en People on the Move)[11]. Se trata de la pastoral específica (cfr. N. 38 y nn. 49-55 de EMCC) del fenómeno migratorio que, al poner en contacto a personas de distintas nacionalidades, etnias y religiones, contribuye a hacer visible la auténtica fisonomía de la Iglesia (cfr. Gaudium et Spes 92) y valoriza el alcance ecuménico[12] y de diálogo[13] misionero, de las migraciones (cfr. Ad Gentes 11 y EMCC nn. 59-69). A través de ellas, en efecto, se realizará entre las gentes el designio de comunión salvífica de Dios (Cfr. Hch 11,19-21 y Ad Gentes 39). En la acogida eclesial, en todo caso, se ofrece a los migrantes católicos la oportunidad privilegiada, aunque a menudo dolorosa, de llegar a un mayor sentido de pertenencia a la Iglesia universal, más allá de toda particularidad (cfr. EMCC 39). La base de esa pastoral será, pues, una cultura de la acogida (ibidem), característica expresión de Juan Pablo II.

         Gracias a ese fundamento de comunión, se comprenderá mejor lo que los nn. 41-43 de la Instrucción indican al pueblo cristiano para realizar la acogida y la solidaridad, sin olvidar el pequeño capítulo “Liturgia y religiosidad popular” (EMCC 44-48), que también es manifestación de la acogida pastoral en la Iglesia conciliar.

         Naturalmente, la communio, en la Iglesia, es jerárquica, y es lo que se explica, entre otras cosas – prestando siempre atención a los dos números que son objeto específico de nuestra investigación – en el n. 38, es decir: «La situación particular en que se llegan a encontrar los capellanes/misioneros, así como los agentes pastorales laicos, en relación con la jerarquía y con el clero local, les impone una conciencia viva de la necesidad de ejercer su ministerio en estrecha unión con el obispo diocesano, o con el jerarca [oriental], y con su clero (cfr. Christus Dominus 28-29; Apostolicam Actuositatem 10 y Presbyterorum Ordinis 7). La dificultad y la importancia de lograr ciertos objetivos, tanto a nivel comunitario como individual, servirán de estímulo a los capellanes/misioneros de los emigrantes para buscar la más amplia y justa colaboración de religiosos y religiosas (cfr. De Pastorali Migratorum Cura 52-55) y de laicos (cfr. ib. 56-61)».

         Como misión – otro elemento de solidez fundamental del Concilio y del post-concilio (¡también la Iglesia conciliar es misionera!), especialmente en estos últimos años – «el ministerio eclesial se dirige a otro lugar» (se dice así, pero no se trata precisamente de un lugar), «para comunicar su propio tesoro y enriquecerse con nuevos dones y valores», pues una característica de nuestro documento (cfr. especialmente EMCC 96-100) consiste en ayudar a descubrir que la misión no se realiza sólo en los denominados territorios misioneros, tradicionalmente en África o en Asia, puesto que ahora los habitantes de los distintos continentes se desplazan, y con ellos la misión.

         Siguiendo esa misma línea, en el parágrafo 37 de la EMCC se hace hincapié en la pastoral misionera en la misma Iglesia particular, «ya que la misión consiste ante todo en irradiar la gloria de Dios, y la Iglesia necesita saber proclamar las grandezas de Dios... y ser nuevamente convocada y reunida por Él» (Evangelii Nuntiandi 15).

         En todo caso, la Instrucción EMCC se preocupa por reunir el diálogo y el anuncio (cfr. EMCC 59-60 y 61, así como los cuatro puntos de particular atención, nn. 61-64), hallando su fundamento en la visión que brotó en el Concilio Ecuménico Vaticano II, pero basándose siempre en los principios fundamentales cristianos[14], como la libertad del acto de fe, el deber de la búsqueda de la verdad, el no relativismo en religión, los semina verbi (EMCC 96), etc.

         En el III parágrafo del n. 37 se intenta reunir otros aspectos de la Iglesia conciliar, hacia los cuales hay una tendencia a la contraposición o a dejarlos descuidados, para favorecer una u otra imagen o dimensión, quizás con una visión preconcebida o ideológica. Esto explica, por ejemplo, la relación inmediata, en nuestro documento, entre pueblo y familia de Dios, concepto-realidad-pensamiento tan amado, éste último, por las Iglesias locales en África. También las distintas facetas de la “montaña de Dios”, que es para nosotros la Iglesia, se colocan, una junto a otra, como «misterio, sacramento, cuerpo místico y templo del Espíritu», con la siguiente conclusión: «la Iglesia se hace historia de un pueblo en camino que, partiendo del misterio de Cristo y de las experiencias de los individuos y de los grupos que la componen, está llamada a construir una nueva historia, don de Dios y fruto de la libertad humana» (EMCC 37). He aquí, pues, la trama de la historia que se introduce en el diseño de Dios, en el misterio pascual de muerte y de vida, y también la trama de las alegrías y los dolores de los migrantes, peregrinos en la tierra. 

 

5. Los componentes del Pueblo de Dios en el servicio de una pastoral específica

 

         Llegado a este punto, tendría que analizar cómo, concretamente, según la EMCC, están comprometidos los componentes del pueblo de Dios, en el servicio a la pastoral integrada, (EMCC 93-95), específica, de conjunto, en favor de los migrantes e itinerantes (pastoral de la mobilidad humana) comenzando por el laicado. Lo haré sólo brevemente, por puntos, porque nuestro discurso ya está largo. Se ha dado amplio espacio a los laicos en los nn. 45 (ministerios laicales), 60 (llamamiento al compromiso de los Movimientos eclesiales y de las Asociaciones laicales), 47 (haciendo hincapié en la familia) y 86-88 (más en general, pero con la propuesta de instituir un “ministerio no ordenado de acogida”), así como en el n. 99 y en el Ordenamiento jurídico-pastoral, cap. I. Es importante recordar, además, que en el n. 99 de nuestra revista People on the Move están publicadas (pp. 205-221) las Cartas circulares que el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes ha enviado precisamente a las Asociaciones laicales y a los Movimientos eclesiales, después de haberse consultado con el Pontificio Consejo para los Laicos, invitándolos a ponerse de todo corazón al servicio de la causa de los migrantes, y de las distintas expresiones de la movilidad humana. Recuerdo, igualmente, el n. 98 de nuestra revista, dedicado a comentarios autorizados sobre la EMCC, ya mencionados, entre los que figura una aportación de Mons. Clemens precisamente sobre el laicado[15].

         Tendría que hacer un análisis sobre el papel, en el servicio migratorio, de las otras expresiones de la Iglesia conciliar, tal como se deducen de nuestra Instrucción. Sin embargo, me limito a señalar, también aquí, toda la III Parte de la EMCC, titulada: ”Agentes de una pastoral de comunión” (nn. 70-88) y al Ordenamiento jurídico-pastoral, capítulos II y III, en los que se trata de los Presbíteros y los Religiosos, además de los laicos, en su ministerio en favor de los migrantes. También respecto a este punto señalo nuevamente comentarios autorizados como los de Mons. Terniák y Mons. Nesti[16][16][9] y nuestras cartas circulares conjuntas[17].

         En el capítulo VIII de la Lumen Gentium se presenta, en fin, a la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Aquí también se encuentra el vínculo eclesial y un llamamiento a los Migrantes en el contexto de la santidad (universal vocación a la santidad en la Iglesia: Lumen Gentium cap. V). El n. 104, último de la EMCC, está dedicado a María, que ya desde antes había sido llamada «icono vivo de la mujer emigrante» (n. 15) y «Virgen del camino» (ibidem).

         Es también un llamamiento a la presencia de la mujer en el fenómeno migratorio, recordada con autoridad por el Papa Benedicto XVI en su mensaje de 2006 para la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado[18]


 

[1] J.-A. Moehler Institut (ed.), Le Chiese cristiane nel Duemila, Queriniana, Brescia 1998, p.13.

 [2] K. Schatz, «Riflessioni informali sul primato del Papa», en P. Hünermann (a cura di), Papato ed ecumenismo: Il ministero petrino al servizio dell’unità, EDB, Bologna 1999, p. 26.

[3] M. T. Fattori – A. Melloni (a cura di), L’evento e le decisioni. Studi sulle dinamiche del Concilio Vaticano II, Il Mulino, Imola 1997.

[4] R. Fisichella (a cura di), Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla luce del Giubileo, San Paolo, Cinisello Balsamo 2000, pp.395ss.

[5] Ibidem. 

[6] A. Zambarbieri, I concili del Vaticano, San Paolo, Cinisello Balsamo 1995.

[7] El 14 de septiembre, cfr. Acta Synodalia, III/1, pp. 140-151.

[8] Cfr. A. Marchetto, «Le migrazioni: segno dei tempi», in Aa. Vv., La sollecitudine della Chiesa verso i Migranti (Quaderni universitari), Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2005, pp. 28-40.

[9] Cfr. R. Latourelle (a cura di), Vaticano II: Bilancio e prospettive venticinque anni dopo (1968-1987), 2 voll.. Cittadella Ed., Assisi 1987.

[10] Cfr. A. Marchetto, Il Concilio Ecumenico Vaticano II. Contrappunto per la sua storia, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2005, con traducción en castellano: El Concilio Ecumenico Vaticano II. Contrapunto para su historia, EDICEP, Valencia 2008. 

[11] Cfr. N. DiMarzio, «Aspects of Culture and Migration in “Erga migrantes caritas Christi”», in People on the Move XXXVII (2005), n. 98, pp. 39-43.

[12] Cfr. J. Voss, «Ökumenische Dimensionen in der Instruktion “Erga migrantes caritas Christi”», in People on the Move XXXVII (2005), n. 98, pp. 45-58.

[13] Cfr. P. Shan Kuo-Hsi, «Inter-Religious Dialogue in the Migrant’s World», in People on the Move XXXVII (2005), n. 98, pp. 59-63.

[14] Véase, del Papa Benedicto XVI, el discurso a la Curia Romana, del 22 de diciembre de 2005, L’Osservatore Romano, edic. en lengua española, n. 52 (1.931), 30 de diciembre de 2005, pp. 9-12.

 [15] Cfr. J. Clemens, «I fedeli laici nell’Istruzione “Erga migrantes caritas Christi”», en People on the Move XXXVII (2005), n. 98, pp. 85-96.

[16] Cfr. C. Ternyák, «Il sacerdozio nell’Istruzione “Erga migrantes caritas Christi”», en People on the Move XXXVII (2005), n. 98, pp. 65-75 y P. S. Nesti, «“Erga migrantes caritas Christi”. Consacrati: uomini e donne del Vangelo alla frontiera dell’amore», ibidem pp. 77-84.

[17] Cfr. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica – Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, Impegno pastorale nei confronti di migranti, rifugiati e altre persone coinvolte nei drammi della mobilità umana, en People on the Move XXXVII (2005), n. 99, pp. 123-192. Recuerdo también la carta circular conjunta con la Congregación para la Educación Católica, titulada: Formazione dei Futuri Sacerdoti e Diaconi Permanenti, y aquella dirigida a los Eccellentissimi Ordinari Diocesani sulla Pastorale della Mobilità umana con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en People on the Move XXXVII (2005), n. 99, pp. 101-121; 193-204.

[18] Cfr. People on the Move XXXVII (2005), n. 99, pp. 51-65.

 

 


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