Martes, 09 de junio de 2009

Artículo publicado en el Boletín “Misioneros Javerianos” MARZO 2009, año XLVI - nº 450, en la sección  “LA MISIÓN: GOZO Y ESPERANZA”.

 

DIOS CERCANO, SOLIDARIO, VULNERABLE

 

P. Carlos Collantes

 

Puede que sea fácil y casi "natural" creer en un Dios omnipotente, y ¿en un Dios vulnerable? "La cruz es la expresión suprema de la encarnación de Dios. Manifiesta la actitud entregada del amor que no se impone y de la impotencia que salva" (JM Mardones).

 

No es fácil ni espontáneo captar la presencia amorosa de Dios en la cruz. Lo que sentimos en primer lugar es la injusticia y la maldad huma­nas y a un Dios aparentemente silen­cioso, ausente. Vemos en ella la expresión más radical del pecado humano que rechaza a Jesús, rostro, imagen y presencia de un Dios mise­ricordioso, compasivo, cercano. Por eso podemos descubrir en la cruz de Jesús, un amor fuerte en su apa­rente derrota y debilidad, amor desarmado y re­chazado, una en­trega sin límites aunque no comprendida.

 

Es la debilidad de Dios, la de un amor "más fuerte que la muerte", debilidad que se pue­de vislumbrar, comprender, asumir desde la fe cristiana cuando se descubre –siempre desde la fe- como ejerce Dios su poder, desde un amor incansable e inquebrantable, desde su voluntad paciente, respetuosa, de­cidida de salvar a todos. La arbitra­riedad del mal, de la injusticia supre­ma, visible en la cruz, se hunde en el abismo del amor misericordioso, incondicional, gratuito de Dios. Por eso la cruz es al mismo tiempo expresión de la debilidad de Dios y de su poder y fortaleza. Poder que es bondad ilimitada a los hombres a pe­sar de nuestro rechazo. Jesús acoge todo el mal sobre sí, por eso hacién­dose débil es fuerte.

 

Imágenes de Dios

 

Las imágenes que tenemos de Dios nos sirven para relacionarnos con él, pero no podemos confundir a Dios con nuestras imágenes siempre limitadas e incompletas. Desde la infancia llevamos en nuestra memoria la imagen –entre otras- de un Dios todopoderoso. Llegados a la edad adulta, algunos, al rechazar imágenes infantiles, recha­zan también a Dios y creyendo ser más autónomos, más li­bres, más hombres, se quedan huérfa­nos. Otros, si­guiendo a Jesús, enriquecen su ima­gen de Dios y descubren a un Dios Padre y Madre, bueno, misericordioso y que tal vez no sea todopoderoso, al menos tal y como los humanos concebimos el poder. No es que Dios no sea poderoso, pero no lo es a la manera humana, según nues­tra lógica y criterios. "No pongas en lugar de Dios la imagen de Dios que tú te has elaborado en el pasado..." (Ant­hony Bloom).

 

Hay creyentes que parecen pre­ferir un Dios distante, justiciero, legislador infle­xible, a un Dios que nos ama con ternura y miseri­cordia, que quie­re hacernos li­bres y entregaos. Los fariseos eran  hombres muy religiosos, cumplidores fervien­tes y piadosos hasta el extremo, sin embargo su imagen de Dios era distinta de la de Jesús, que fiel al Padre ofrece misericordia, ternura, bondad, vida y es rechazado. La cruz repre­senta el rechazo de ese amor bonda­doso e ilimitado. Afortunadamente nunca podremos encerrar a Dios dentro de nuestros dogmas, formulas o lenguaje. El conocimiento de Dios es siempre un don suyo, somos radicalmente incapaces de entender los mis­terios de Dios. La distancia es infinita, pero El se nos ha acercado; y cuánto y cómo! en Jesús.

 

Inmersión de Dios

 

El libro del Éxodo nos recuerda que Dios baja para caminar y situar-se al lado de un grupo de oprimidos y hacer de ellos un pueblo libre, en marcha hacia una tierra prometida. Desde entonces Dios no ha cesado de bajar a nuestra historia, para escu­char el grito del oprimido. Su escu­cha llega al culmen en Jesús, en él se nos revela sensible al sufrimiento, afectado por él, dolorido. Jesús se hace solidario cami­nando al lado de los indefensos, de los que no cuentan com­partiendo su fragili­dad; una solidaridad hecha de cercanía, misericordia, ternu­ra. Si miramos el iti­nerario de Jesús no es difícil concluir que el camino de Dios –camino de en-carnación- es el de la debilidad, en Jesús Dios se hace pequeño, vulnerable, se identifica con los últimos.

 

En la vulnerabilidad de Jesús Dios oculta y revela su misterio, su gran­deza y en su Hijo baja a los infiernos de todo lo inhumano. La cruz una in­mersión inesperada, desconcertante m el abismo del dolor humano. Dios puede hacerse vulnerable porque su amor es fuerte, tenaz, confiado, ili­mitado. Cierto que nos gustaría que, este amor se manifestase ya con toda su claridad, sin sombras, en nuestra sufrida y dolorosa historia humana. Gracias a este des-censo de Jesús po­demos encontrar a Dios en situacio­nes inimaginables y poco "religio­sas", en personas heridas, derrotadas, víctimas de la inhumanidad de otros o del sistema. Y esta cercanía de Dios a lo "inhumano" nos permite descubrir y creer que la última palabra corresponde a la bondad de Dios, a su abismo de amor, donde el mal desparecerá. Porque el Padre ha hecho resurgir a Jesús resucitado, con­virtiéndole en manantial de vida y esperanza.

 

En el fondo nos cuesta aceptar de verdad el hecho de la encarnación de Dios en Jesús, tal vez nos parezca más normal, más "lógico" que Dios viva lejos, en su cielo, más allá de nuestros nubarrones. Que camine en­tre nosotros "oculto" en un marginado, en un cualquiera nos inquieta e interpela, nos desestabiliza. Quisié­ramos encerrar a Dios en espacios sagrados y se nos escapa, porque para él lo más sagrado es la persona humana que lleva su imagen grabada en el alma, en la esperanza, en el deseo de vida plena. Nos cuesta y ¡cómo! acoger la manifestación de Dios en lo cotidiano. Los habitantes de Nazaret (Marcos 6, 1-6) son un recuerdo per­manente de esta dificultad, en su re­chazo de un Dios tan cercano, tan "humano", tan envuelto de cotidiani­dad, tan presente y tan oculto, tan "aparentemente" conocido y tan en el fondo desconocido. La vulnerabili­dad de Dios tiene que ver con la se­riedad de la encarnación y con la fi­delidad de Jesús, que desde el prin­cipio renuncia al poder como recurso permaneciendo fiel hasta el final a esta opción. Así aparece con clari­dad en los relatos evangélicos de las tentaciones. Jesús se ha despojado de verdad de su condición divina, de la omnipo­tencia divina (Filipen­ses 2, 6-8).

 

Poder desarmado

 

Con frecuencia el poder humano es ame­nazante, se impone, oprime, aplasta, y por tanto engendra miedo, recelos, distancia y desconfianza. Pero Dios es distinto porque tiene entrañas de misericordia, de esta manera su poder no aplasta, puede ser acogido sin temor, sin defensas. El poder obliga, fuerza, la bondad no; la bondad deja libre, espera, no se im­pacienta, confía y hace crecer a su alrededor bondad. El poder de Dios es su bondad, su ternura y cercanía amorosa, por eso apa­rece desarmado. La so­lidaridad de Dios con nuestro humano cami­nar esperanzado o va­cilante, decidido o te­meroso tiene un nombre y un rostro: Jesús. El camino "te­rreno" de Jesús termina en la cruz. Sin embargo, los cristianos creemos que la resurrección es la última palabra de Dios y desde ahí la cruz -to-as las cruces- se ilumina con una luz esperanzada.

 

A veces qui­siéramos "otro" Dios, un Dios todopoderoso para creer de ver-dad. ¿Por qué se ca­lla Dios el viernes santo? ¡Cuánto viernes santo! ¡Cuánto silencio! ¿Por qué tanta víctima de tanta injusticia? Viviremos siempre con parecidas preguntas doloridas. Imágenes de Dios enfrentadas, una creada por nosotros: el Dios omnipo­tente y justiciero, un Dios a la medi­da de nuestras exigencias y decepcio­nes, preguntas y dolores. Y otra ma­nifestada en y por Jesús, en la que la justicia y la bondad no se excluyen, se armonizan. Aunque nuestra razón, siempre limitada, tenga -en su ce­guera- pies de barro y se mueva tor­pemente en las arenas movedizas del Misterio... y no entienda.

 

¡Cuántas veces pal­pamos la presencia de Dios -un Dios fuerte y vulnerable- en la fortaleza de los senci­llos! La misión inten­ta expresar algo de esta cercanía, solida­ridad, vulnerabilidad, encarnación de Dios en nuestra historia. Dios limitado por el rechazo humano, por el ejercicio de nuestra libertad que no acoge sus propuestas y pro­yectos de amor. Sin embargo, el poder de Dios se manifiesta en los creyentes sencillos, disponibles, abiertos a su acción. María lo sabe muy bien, ella que canta la grandeza de Dios. El verdadero creyente permite a Dios hacer "obras grandes". Es el poder de la fe, de la fidelidad, de la acogida, del amor. n

 


Publicado por verdenaranja @ 22:56  | Espiritualidad
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