Jueves, 18 de junio de 2009

Cardenal Julio Terrazas durante su homilía del domingo de la Santísima Trinidad 2009 ha llamado a los creyentes a reflexionar de cómo vivimos nuestra Fe.

Queridos hermanos y hermanas:
Esta fiesta no es sólo la Fiesta de la Santísima Trinidad, es la fiesta de cada uno de nosotros, como acaba de decirnos el Papa esta mañana. Bonita afirmación. Cada vez que pronunciamos el nombre de nuestro Dios: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, estamos confesando con toda nuestra vida que le pertenecemos a este Dios, que no hay otro Dios en la tierra fuera de El. Desde pequeños ya hemos sido introducidos en esa familia por el bautismo, estamos dentro. Es Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo que habita también en nosotros. Motivo suficiente y grande para poder nosotros alegrarnos y también pensar. Alegrarnos porque ese es el fruto de la presencia de Dios en nuestra vida, pero pensar también con seriedad cuál es el espacio que le damos en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestras comunidades; en nuestra misma sociedad.


Un Dios que nos ha creado, un Dios que se había revelado así ya en tiempos antiguos, un Dios extraordinariamente presente. Pregunten, pregunten, les decía Moisés a los que les estaban escuchando. Pregunten qué ha hecho Dios en los tiempos antiguos. Todo viene de El, acuérdense de lo que ha hecho en Egipto por ustedes, ha estado presente, los ha animado, les ha ayudado a sobrellevar todos esos años de sufrimiento y de dolor. Ese Dios nos ha hablado, lo hemos escuchado, no es un Dios que está perdido por allá, por el universo, no es un Dios que anda buscando cómo destruir. Es el Dios que se acerca, que se hace presente, ese es nuestro Padre.

Moisés se esfuerza para que la gente lo entienda: Han escuchado alguna vez que algún pueblo diga que su Dios es tan cercano? ¿Han escuchado que en los otros pueblos Dios camine con ellos? Qué manera más hermosa de tratar de recordar al pueblo quién es nuestro Dios. Ese Dios que comenzó acompañando la historia humana y que no la dejó en ningún momento, ese Dios es nuestro Padre, es ese Dios que cuando vio que sus hijos le fallaron no tuvo mejor idea que mandar a su Hijo para salvarlo. Su Hijo, lo que El más quería, lo que El más amaba, ese Hijo que participaba con El de esa eterna alegría y amistad, es El que va venir a salvarlos. Dios Padre no los dejó en el pecado, no se conformó con que nosotros destruyéramos su obra; Dios Padre nos manda a su Hijo para salvarnos, viene en nombre de El, viene a hablarnos de su Padre, a decirnos que El nos sigue amando y que su voluntad es que todos seamos salvados; por eso se encarna, por eso sufre, por eso muere y para ello lo resucita, para que nosotros sigamos nuestro caminar con este Dios de la vida y luego nos va regalar a aquél que se va encargar de ir perfilando en nuestro corazón la imagen de este Dios de la libertad y de la vida, de este Dios de amor y de la entrega, de este Dios que es perdón y reconciliación, de este Dios que siempre nos ama, que es el espíritu santo.


Les conviene que me vaya; lo habíamos meditado ya el domingo pasado, y les voy a mandar el Espíritu y El les va a ir  recordando todo lo que yo les he enseñado. Todo esto que estamos meditando acabamos de escucharlo en el evangelio. Jesús que se reúne con los discípulos y les va decir que El ha recibido toda la autoridad en el cielo y en la tierra y les va decir: Vayan, lleven esta noticia; hasta ahora esta noticia estaba un poco oculta para el pueblo de Dios en ese entonces, el pueblo de Israel; ahora ya no es vayan a hacer de ellos discípulos; vayan a todo el mundo. Hagan discípulos, Yo soy el Maestro, que ellos cumplan lo que Yo les mando. Y van a encontrar siempre el camino de esa liberación que todos anhelamos. Ese es el encargo que da el Señor a los discípulos: “Vayan” Ya alguna vez lo dijimos, no era un consejo, no les dijo: “si les parece bien, si tienen unos días libres vayan, ¡no! “Vayan! Déjenlo todo! Bauticen a los pueblos, qué significa eso, nosotros que somos el pueblo de Dios, el nuevo Israel, todos estamos bautizados, qué ha significado eso? El cumplimiento de la misión de los apóstoles, ellos también en el nombre de Jesús, que tiene poder en el cielo y en la tierra, ellos han ido, ellos han dicho que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo quiere habitar en nosotros, que nosotros podemos participar de su vida, que nosotros también podemos gozar de esa presencia paterna, de esa salvación que el Señor nos ha traído y de ese amor que el Espíritu Santo va haciendo crecer en nuestra propia existencia.

Bautizar no es separar a unos contra otros, es llevar a todos los que lo aceptan a participara de la vida de Dios, por eso el bautizado está feliz, está contento de pronunciar este nombre, por eso ese nombre lo decimos en la celebración de la Misa, al menos unas cuatro o cinco veces pronunciamos el nombre de nuestro Dios. Es en nombre de este Dios que bendecimos, que alabamos, que glorificamos; es en nombre de este Dios que nos movemos y existimos; pero claro, siempre queda la pregunta: ¿qué hacemos cada día, de nuestro bautismo, cómo lo vivimos, realmente sentimos que somos privilegiados, que no necesitamos buscar dioses, que no podemos dejarnos asustar por otros que se creen dioses, porque ese Dios en el que creemos es el Dios que desde dentro de nuestro corazón ha puesto su morada, nos habla, nos corrige, nos anima y nos hace ver siempre que la libertad no está en aferrarnos a las cosas pequeñas, pasajeras, sino que la verdadera libertad de la persona humana se realiza teniendo presente en nuestras vidas a este Dios, esperando el momento en que podamos abrazarlo definitivamente en la morada del cielo.


Pero hay más todavía: “Vayan, bauticen, enséñenles lo que Yo les he enseñado a ustedes, lleven esas palabras que Yo he pronunciado, díganle a cada uno que Yo soy el camino, la verdad y la vida, que no hay como escaparnos haciendo el mal si es que nos ponemos atrás del Señor, que es nuestro camino, que es nuestra verdad, en medio de tantas verdades inventadas; que es la vida, en medio de tantos atentados a la vida. Allá está la fuente de nuestra paz. Esta mañana el Papa cantaba: Este Dios trinitario es realmente un volcán de paz, ese lugar donde todos tendríamos que encontrarlo, porque es un Dios Padre para todos, El ha redimido para todos, El ha mandado el Espíritu para todos. Aquí a nosotros no nos toca decir: Esto sí o esto no, es la voluntad de Dios que todos entremos en esa corriente de salvación y de auténtica paz.


Y más en el evangelio nos va decir: “Yo estaré con ustedes hasta el final de la historia”. Qué palabras tan consoladoras. No somos un pueblo olvidado de Dios, no somos un pueblo en el que muchos pueden venir a decirnos: “Dónde está esa salvación” o dónde se encuentra la otra. Somos un pueblo en el que Dios está caminando con nosotros. “Yo estaré con ustedes hasta el final de la historia”, no sólo durante la misa del domingo, hasta el final de la historia.


Pablo va entusiasmar a sus comunidades diciéndoles: “Somos hijos de Dios porque estamos con Cristo, con El hemos sufrido, con El hemos resucitado y si somos hijos ya estamos en la casa de nuestro Padre, somos hijos y somos coherederos con Cristo”. Palabras que deben animarnos también a nosotros. Somos hijos por el bautismo, por nuestra confirmación, por nuestra Eucaristía que la celebramos cada domingo. Ahí vamos sintiendo la presencia de nuestro Dios y nos vamos sintiendo propiedad de Dios, una propiedad que nadie nos la va quitar, una propiedad en la que debemos cultivar todo lo que el Señor quiere que hagamos y no permitamos que crezcan las malas hierbas de la discordia, del odio, del rencor. Todo en Dios es amor, es entrega, es redención.


Hemos estado hablando estos días de la defensa de la creación, creo que ha habido cantos muy bonitos, discursos muy encendidos. Nosotros tenemos que sacar la fuerza para respetar la creación de nuestra fe. Nuestra fe no nos dice DESTRUYAN! Dios nos ha encargado que construyamos la creación para todos, sin distinción, para la humanidad, que es su obra extraordinaria. Si se va destruyendo, si van desapareciendo las riquezas naturales; si la angurria de tener tierra hace que muchos no tengan nada, por ahí vamos destruyendo; pero también la vamos destruyendo con palabras inadecuadas; vamos llenando nuestro ambiente de palabras de insultos y de odios, eso también es destruir la naturaleza, porque el hombre y la mujer no han sido creados para el odio, ni el Señor les ha dado palabras para insultar, le ha dado la palabra de vida y le ha pedido que cumpla lo que El desea y lo que El desea es que nos amemos.


Nuestros Maestros han celebrado su fiesta el día de ayer y me imagino que continuarán aún celebrando hoy. Esta palabra queremos dedicarla a nuestros maestros el día de hoy: Cómo hay que hacer discípulos, para todos los maestros va esta palabra, no para un sector u otro, para todos es un llamado, hacer de nuestra fe la práctica de elevar la dignidad de los otros, de darle todos los medios para que cada uno, de acuerdo a sus capacidades pueda confesar la dignidad de su vida y agradecer a aquél que ha dado una vida que no es una cosa pasajera o desechable, sino una vida amada y querida por nuestro Dios.


Seguimos los acontecimientos: El próximo jueves vamos a ponernos delante del Señor en la Eucaristía, le vamos a decir que nos alimente porque nos hemos metido a cumplir algo que nos ha pedido El mismo a través de su Iglesia en América Latina y El Caribe: La Misión Permanente, por eso es que el jueves, Corpus Christi, con la solemnidad que esto se hace, pero con el entusiasmo y convicción que siempre hemos manifestado y que tiene que ser cada vez más creciente, tenemos que ir a recibir a ese Señor, alimento, pan, vida, para hacernos verdaderos misioneros, para llevar nada más que esto a nuestros pueblos, porque si llevamos nada más que a Cristo lo estamos llevando todo, lo demás desaparece, Cristo es el Señor que está sentado a la derecha del Padre para siempre. El nos va acompañar este jueves de Corpus Christi. Y en esa celebración grande en nuestras parroquias, en nuestras vicarías, en nuestro estadio, que lo vamos a convertir en la Catedral de Santa Cruz, allí vamos a rezar, allí no vamos a ir a divertirnos, allí vamos a ir a hablar con nuestro Dios, vamos a recibir su cuerpo, para que realmente después, en nuestra misión, en nuestro trabajo, hagamos que la palabra del Señor logre despertar el amor al Padre, logre ponernos en mayor disposición para que Cristo nos salve y logre también que el Espíritu Santo realice en nosotros la obra que nuestro pueblo está esperando.

Hermanos y hermanas, Fiesta de la Santísima Trinidad, manantial de paz, de justicia, de verdad; manantial de hermandad, manantial de amor. Esta fiesta es nuestra, es nuestra fiesta y todos tenemos que comprometernos para seguir construyendo una paz duradera, una hermandad auténtica y sóliday una dignidad humana que no sea pisoteada ni con hechos ni con palabras. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 23:22  | Homil?as
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