Domingo, 21 de junio de 2009

Comentario a las lecturas de la solemnidad del Corpus Christi  publicado en Diario de Avisos el domingo 21 de Junio de 2009 bajo el epígrafe “DOMINGO RISTIANO”

 

La elaboración el vino

 

Daniel

Padilla

 

Tornad y comed: esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre, de la nueva y eterna alianza, que será derramada...". El cristiano que participa en la eucaristía, cuando llega el momento en el que el sacerdote pronun­cia estas palabras, suele guardar un impresionante silencio, un silencio sonoro, consciente de la transformación que allá se opera. El pan deja de ser pan, para convertirse en el Corpus Christi. Y el vino ya no es vino, sino que allá empieza a estar la Sangre del Señor. Y es tan grande la fe de los cristianos en esta "transubstanciación", garantía de nues­tra propia transformación, que, aunque todos los días celebramos la eucaristía, siquiera un día al año -hoy- salirnos a la calle a proclamar nuestra fe en el Corpus Christi. Pero quiero contarles una expe­riencia personal. Se trata del señor R. El señor R. es un feligrés amable y bona­chón de una parroquia a la que serví. Cada ano -y fueron varios- solía venir a mi casa en la víspera de una fiesta seña-lada. Su visita va envuelta en un halo de pequeña travesura, de ingenua alegría y de acercamiento al "misterio".

 

Verá usted -empieza diciendo-. Aquí vengo con mis dos botellas.

 

Yo le dejo decir, porque sé que me va a dar una bella y apretada explicación, el porqué de su aventura.

 

¡Es que, para mí, es un gran honor, una cosa muy grande! -dice-. Fíjese. Yo mismo planté la parra, en mi pequeña huerta. Yo mismo selecciono los racimos. Los someto, también yo, al prensado, en mi diminuta maquinaria casera. Sigo después la elaboración hasta conseguir un buen vino. Todo en mi casa, en mi barrio, con mis manos. Y, luego, le traigo estas dos botellas, para que usted, en misa, haga la otra transformación.

 

Lo ha dicho todo seguido, con una mal disimulada emoción que hace temblar su voz. Yo no le contesto nada. Simplemente, me quedo admirando su fe rectilínea y desnuda, más valiosa que un tra­tado teológico sobre la eucaristía. Pero no termina ahí la historia. Al día siguiente, con toda puntualidad, se colo­cará en uno de los primeros bancos de la iglesia. Y, durante toda la misa, obser­vará sin pestañear todos mis gestos y palabras. Cuando, al final, ya en la comu­nión, levante yo el cáliz para sumir la Sangre de Cristo, su mirada será todo un poema interrogativo, todo un gesto de complicidad satisfecha. Como si dijera: "Ya está toda la elaboración terminada. Mis racimos ya se han transformado en la Sangre del Señor". Aún no está todo. Falta algo muy importante y sustancial. Y ésa es precisamente la estremecedora grandeza del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mismo lo había anunciado: "Mi carne es verdaderamente comida; mi sangre es verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, mora en mí y yo en él". Es decir, quien come dignamente la eucaristía, entra también en este proceso de elaboración a lo divino. Ya que, él mismo, podrá repetir lo que Pablo decía: "Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo el que vive en mí".


Publicado por verdenaranja @ 21:40  | Espiritualidad
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