Lunes, 29 de junio de 2009

Palabras, al cumplir los cuarenta años de sacerdocio, pronunciadas por uno de los siete compañeros el día 29 de Junio de 2009 en el templo parroquial de San Bartolomé de Tejina, Tenerife,  donde celebraron la eucaristía de acción de gracias y lugar donde fueran ordenados sacerdotes por el Obispo Don Luis Franco Cascón el 29 de Junio de 1969.

 

 

Cuadragessimo anno      

 

1969-29 de Junio-2009

 

En la Eucaristía, que es una experiencia de fe, nos encontramos ahora, los que un día, hace hoy cuarenta años, recibimos en este mismo templo y a esta misma hora la ordenación sacerdotal. Éramos siete y aquí estamos los siete para dar gracias al Señor por habernos elegido.

 

Con esta celebración no buscamos reconocimiento por el trabajo realizado, ni que nos valoren lo vivido... se trata sencillamente de celebrar una etapa de nuestras vidas en la que hemos experimentado y vivido a Dios en el servicio a los hombres.

 

Al mirar hoy hacia atrás experimentamos el recuerdo. Porque recuerdo viene del latín re-cordare, pasar otra vez por el corazón, caldear de nuevo, avivar las brazas y rescoldos de lo experimentado para seguir alerta en el futuro. No queremos volver atrás con nostalgia sino continuar el camino con la ilusión y la fuerza que aporta la historia vivida, revivida y celebrada.

 

Lo que normalmente se celebra son los veinticinco o cincuenta años. Se les llaman bodas de plata o de oro. Nosotros queremos celebrar los cuarenta, porque nos ha parecido que tienen un sentido muy especial.

 

Todo este tipo de fiestas y celebraciones se sitúan en lo que llamaríamos "ritos de renovación". Por medio de estas celebraciones se quiere volver al "primer amor", comenzar de nuevo, porque se supone que el paso del tiempo enfría los compromisos. Ahí se sitúan los cumpleaños, los aniversarios, los centenarios etc. En esta línea muchas culturas le dan a los números un sentido simbólico más allá del propio valor físico de los números.

 

El número cuatro, en las culturas semitas es un número especial que simboliza lo completo, lo acabado o un período que se cierra. Así... son cuatro los puntos cardinales y con ellos se hace referencia a la totalidad de la tierra. Cuatro son las estaciones y con ellas se expresa el paso del tiempo con sus diversos ciclos de fecundidad y renovación de la naturaleza. Cuatro son los elementos que constituyen el cosmos (tierra, agua, fuego y aire) y ellos con sus múltiples combinaciones son la base de todo lo real.

 

En los escritos bíblicos el número cuatro adquiere un simbolismo trascendental. Los cuatro vivientes que rodean el trono del Señor en el Apocalipsis significan todos los elementos de la tierra y del cielo, es decir, la creación entera en tomo al Altísimo. En este mismo libro los cuatro jinetes del apocalipsis simbolizan las fuerzas de la historia donde, tres de ellas, se sitúan en la acción destructora que son superadas por la cuarta fuerza y el dinamismo de la Resurrección (el jinete blanco).

 

Y ¿ no hemos descubierto en el cuarenta la cantidad maravillosa de simbolismos vitales que encierra? En el Antiguo Testamento, libro del Génesis, vemos que el Diluvio purificador duró cuarenta días y cuarenta noches.

 

Y el Paso- Éxodo del Pueblo de Dios por el Desierto duró cuarenta años desde la salida de Egipto a la entrada definitiva en la Tierra prometida, símbolo de nuestra existencia: salimos de Dios y llegaremos a Dios con toda la aridez que significa el desierto.

 

Y al desierto se fue Jesús cuarenta días, después del Bautismo en el Jordán y antes de comenzar su vida pública con la elección de los Doce.

 

Y, por fin, cuarenta días estuvo con los suyos el Resucitado, desde la Tumba vacía hasta el día en que los envió al mundo a predicar el Reino y ascendió al Cielo.


Cuarenta años de sacerdocio
celebramos nosotros hoy. Significan cuarenta años de oración, cuarenta años de entrega, cuarenta años dedicados a los demás.

 

Y durante este tiempo con nuestras virtudes y defectos, con nuestros logros y fracasos, con nuestro bien o nuestro mal avanzando hacia la Tierra Prometida, sabedores de que Dios nos ama, de que Jesucristo nos enamora, queriendo a la Iglesia como se quiere a una madre y confiando en María su madre y la nuestra.

 

Y rogamos al Padre que cuando nos llegue la hora de pasar de este mundo al Padre, podamos decir con todo el corazón, como el anciano Simeón: "ahora, Señor, según tu palabra, puedes llevar a tu siervo en paz..." o como dice en otro lugar el Apóstol Pablo, recordándolo en este final del año Paulino: "el momento de mi partida es inminente: he recorrido bien mi camino, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe y ahora me aguarda la corona merecida con la que el Señor, Juez justo, me premiará y, no solo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida"

 

Comienza el año Sacerdotal: oremos por nuestra fidelidad al Señor, por la abundancia de pastores que cuiden al rebaño y por el buen testimonio de vida para confirmar a los hermanos en la fe.

 

Señor Jesús. Siete éramos los llamados, los ungidos. Aquí estamos, cuarenta años después, los siete... y aunque dos elegimos otro camino en la viña del Señor, optando por vivir el matrimonio cristiano, seguimos en la brega porque asumimos desde la fe que somos sacerdotes para siempre. De este modo los siete avanzamos hacia Ti. Gracias Señor por estar cada día con nosotros, por llevarnos amorosamente en brazos cuando, equivocados, pensábamos que nos habías abandonado. Gracias, Señor por confiar en estos humildes vasos de barro para contener misterios tan santos.

 

Y gracias, Señor, por amarnos tanto durante esta etapa de cuarenta años. Cuando tú dispongas que entremos en la Tierra prometida... allí estaremos, con tu ayuda, a dar el gran paso para fundimos eternamente en tu amor recibiendo en premio la corona que no se marchita, que no es otra cosa que tú mismo Señor. Amen..

 

Con todo mi afecto y cariño a mis compañeros

 

Pablo González González


Publicado por verdenaranja @ 23:02  | Espiritualidad
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