Lunes, 29 de junio de 2009

Artículo publicado en el Boletín  de información misionera “Misioneros Javerianos”, número 452 – MAYO-JUNIO 2009.

 

Entre nosotros

Compartiendo una ilusión

MARÍA, NUESTRA MADRE

 

Mons. Conforti escribió abundantemente sobre María, lo hizo con ocasión de va­rios congresos marianos y en repetidas celebraciones litúrgicas, retiros y conferen­cias; su última carta pastoral a la diócesis de Parma estuvo dedicada a María.

 

 

En sus múltiples textos encontramos afir­maciones como estas: María obra de la om­nipotencia divina, elegida desde siempre para ser la obra maestra del reflejo de Dios, el más limpio reflejo y la copia e imagen más perfec­ta de Cristo. En relación con la Trinidad, María está orientada al Hijo y al Hijo orienta a toda la humanidad, María madre de Dios y madre nuestra. La verdadera devoción a María se encuentra en su imitación.

 

María, obra de dios

 

"Después del Mediador divino entre Dios y los hombres no hay otra criatura que sea tan digna de nuestra admiración y de nuestro culto como María. Nuestra mente no puede concebir un tipo, un ideal de santidad y de grandeza que pueda suscitar, en nues­tro corazón, afectos y sentimientos profun­damente delicados y nobles.

 

Con el culto que rendimos a María, a la ele­gida por Dios, no estamos restando nada a Dios, al contrario, estamos dando honor tam­bién al Altísimo ya que venerando la maravi­lla de las maravillas, obra del brazo de Dios a El también honoramos". Ni tampoco el culto a María menoscaba el que rendimos a Cristo ya que su luz divina se refleja, con amor filial, en su Madre santísima haciéndola, de tal modo, objeto de nuestra veneración".

 

Elegida del Padre

 

"El profeta Isaías había predicho que una virgen habría hado a luz un hijo, que sería llamado "Dios con nosotros". En la plenitud de los tiempos, el Ángel de Señor, hacién­dose eco del maravilloso vaticinio, saluda a esta virgen llena de gracia y le anuncia que había sido elegida para concebir, por virtud del Espíritu Santo, un hijo que se llamaría el Hijo del Altísimo.

 

Fiat, responde María a las palabras del Ángel y en ese momento toma carne el Verbo de Dios y comienza a habitar en medio de nosotros".

 

Madre Nuestra

 

"Honoramos a María como madre de Dios y madre nuestra. Por ser la madre de Dios es nuestra madre, Señora y Reina. La debemos amar como madre nuestra muy querida pues como tal nos ha sido dejada por Cristo antes de morir.

 

Contemplemos por un instante el Calva­rio, bajo la cruz, an­gustiada por el dolor, en pie, como la mujer fuerte del Evangelio, puestos sus ojos en el Hijo agonizante, está María. Es pensamiento común en los Padres de la Iglesia que el Eterno, así como pidió el consenso de María para la encarnación se lo pide también para la inmolación de sí mismo.

 

Dos amores estuvieron en lucha en el co-razón de María: el amor por su Hijo divino y el amor por la humanidad. María, cons­ciente del querer de Dios de ofrecer a su hijo para la salvación de la humanidad, no duda un instante en ofrecer al Padre a su querido Hijo. De esta forma, María pronuncia un se­gundo Fiat que, unido al primero, debía sal­var a la humanidad.

 

Fue entonces cuando Jesús, desde lo alto de la cruz, bajando los ojos le dijo a María: "ahí tienes a tu hijo" y dirigiéndose a Juan: "ahí tienes a tu Madre". Si María, por la e-carnación del Verbo, se convierte en la Ma­dre del encarnado, en este momento de la cruz es proclama madre nuestra ya que todos estamos representados en Juan. Desde este momento María comenzó a amarnos con profundo amor e intenso afecto ya que se sintió constituida en Madre de la gracia y de la misericordia delante de los sufri­mientos de la cruz.

 

Imitación

 

La devoción a María no se debe conformar con chuzo de oraciones, con el pedir gracias, con el pen­sar en Ella, con celebrar sus fiestas y misterios. Debe manifestarse en la medida de nuestras obras.

 

Para ser verdaderos devotos de Maria debemos esforzamos en imitar sus virtudes, de las que ella ha dado un luminoso ejemplo: humildad, pureza, paciencia y caridad. La humildad por la cual el Altísimo la escogió y la elevó a la más alta dignidad posible de la persona humana; la pureza, que hizo posible que reconociera y contemplara de cerca al Hombre-Dios; la paciencia que templó su ánimo y la preparó para el heroísmo, la caridad, que fue siempre la llama vivificadora de toda su vida, más celeste que terrena, más divina que humana, el más profundo anhelo de su delicado espíritu.

 

Contemplación-acción

 

"María, que fue la más perfecta de las cria­turas, ha sido excelsa en la contemplación y en la acción y apoyada en estas dos acciones ha alcanzado el más alto grado de perfección po­sible para una criatura humana. Nos lo revela el Evangelio que de Ella dice que consideraba cada dicho y hecho de Jesús, lo guardaba y asi­milaba en su corazón y lo traducía en obras.

 

Tal debería ser la vida del apóstol: una vida intensa de trabajo y de profunda unión con Dios. El trabajo debe, continuamente, alimen­tarse de la oración, que es nuestra fuerza. Con esta condición podremos tener un trabajo constante y provechoso ya que será fecundado con las bendiciones de Dios. Quien olvidara este bi­nomio: contemplación-acción, bien pronto per­cibiría en sí mismo una disminución de ener­gías para hacer el bien y, como tierra a la que le faltara el agua, no tardaría en convertirse en una persona estéril en frutos". n

 

P. Luis Pérez Hernández s.x.


Publicado por verdenaranja @ 23:13  | Misiones
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios