Martes, 30 de junio de 2009

Por gentileza de Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colaborador en la Positio super virtutibus del Siervo de Dios Manuel Aparici.

 

MANUEL APARICI

EN UNA HORA DIFÍCIL DE ESPAÑA

 

POR JOSÉ ARTIGAS

 

I.                   La gran convocatoria

 

Su infancia y su más temprana juventud tienen como fondo guerra en Europa y Marruecos, convulsiones sociales, Versalles, la caída de cuatro Imperios —el Ruso, el Alemán, el Austro-Húngaró, el Otomano— y la Revolución Bolchevique en Rusia. Tiene diecinueve años cuando el asesinato de Dato y el Desastre de Animal; veintitrés, cuando comienza la Dictadura; veinticinco, cuando termina la Guerra de África; veintisiete, cuando el viernes negro de Wall Street; veintiocho, cuando el Pacto de San Sebastián, y la sublevación de Jaca y el fusilamiento de Galán y García Hernández; veintinueve cuando las elecciones municipales de 1931, el exilio de Alfonso XIII y la proclamación de la II República.

Y cuando la primera quema de Iglesias y Conventos, y cuando Azaña afirma en el Parlamento: «¡España ha dejado de ser católica!». Y cuando los sucesos de Castilblanco, y cuando el manifiesto de los intelectuales «Al servicio de la República»; treinta, cuando la disolución de las Ordenes Religiosas, la expulsión de los Jesuitas y el Pronunciamiento del 10 de agosto; y cuando los «tiros a la barriga», de Casas Viejas, cuando la Encíclica «contra el laicismo agresivo de la II República», y cuando el Discurso de la Comedia, de José Antonio Primo de Rivera; y treinta y uno cuando la Revolución de octubre en Asturias, que dejó 1.200 muertos: Ahí, «con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936», sentenció don Salvador de Madariaga, el indiscutido prócer liberal, en su libro España.

Manolo tiene treinta y cuatro años cuando el 25 de enero del 36, ante las inmediatas elecciones, Francisco Largo Caballero, llamado «el Lenin español», anuncia: «Si triunfan las derechas no habrá más remisión, tendremos que ir a la guerra civil declarada».

Y cuando asume el poder el Frente Popular en febrero y empieza la subsiguiente sanguinaria anarquía denunciada en el Congreso: 269 muertos, 1.287 heridos, 160 iglesias totalmente destruidas, 43 periódicos asaltados, 113 huelgas generales, hasta el 15 de junio. Y cuando las amenazas de muerte a Calvo Sotelo: «¡Su Señoría morirá con las botas puestas!», «¡Este hombre ha hablado por última vez!». «"Señor, la vida podéis quitarme, pero más, no podéis", y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio».

Y cuando su increíble asesinato por miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Y cuando el Alzamiento Nacional el 18 de Julio; y en octubre, cuando se elegía al General Franco Generalísimo de los Ejércitos, al tiempo que se le confiaba la más alta magistratura del Estado..

En Europa también se anunciaban años negros, que no faltaron a la cita, con el pacto germano-soviético y la invasión de Polonia por las tropas de Hitler y Stalin, y ni fueron breves, ni pasaron sin huella: 30.000.000 de muertos. Desde el excepcional observatorio del Vaticano, el Papa Pío XI tenía que reconocer: «El mundo está profundamente enfermo».

La coincidencia y sucesión de todos estos acontecimientos quizá ayuden a entender que en aquel entonces, en aquella España, en un partido derechista nacido en círculos religiosos, se uniformasen sus jóvenes con atuendo militar y adoptasen el saludo reglamentario en el Ejército del soldado con armas y, bajo el signo de la Cruz de la Victoria —Covadonga, la Reconquista—, convocasen en su himno «Por Dios y la Patria, a vencer o morir».

También el himno de la Juventud de Acción Católica reflejaba el clima y definía una actitud: «Ser apóstol o mártir acaso, mis mi banderas me enseñan a ser», para terminar afirmando «la misión sacrosanta y divina de vivir y morir por la Cruz». Incluso las chican andaban a vueltas con lo mismo: «Juventud somos ansia de gloria, resplandor que quedó del Tabor, con nosotras está la victoria, a vencer o morir por amor!».

Por entonces, otras juventudes, las de enfrente, llevaban ya mucho camino adelantado marcando el paso, también de uniforme, con el puño crispado en alto y llamando con bellísimas melodías, no españolas por cierto, «a las barricadas, a las barricadas », ¡por la lucha final». Eran los que se proclamaban orgullosos, también con música, menos bella, «hijos de Lenin».

La amenaza era real, inmediata y grave, como no tardaría en mostrarse. No se trataba de unas inofensivas diferencias ideológicas superables mediante espíritu de comprensión y ejercicio del diálogo. Lo que estaba ante portas era el torvo marxismo totalitario y ateo de irás y no volverás, el terror y la ruina a punto de caer sobre España en 1936 como, ni siquiera hacía veinte años aún, había descargado ya sobre la inmensa extensión de Rusia.

 

Así las cosas, de los círculos religiosos que frecuentaba o había frecuentado Manolo —Luises, A. C, A. C. N. de P.-— van saliendo unos u otros para actuar en política. Se trata de luchar por los valores cristianos en la vida pública. Antes de la guerra se constituyó un partido sobre todo, de grandes dimensiones, presuntamente adecuado a las circunstancias del momento. Algo se hizo desde él, pero después de mucho retorcimiento de corazón, negadas nostalgias y peligrosas proclividades, acabó compartiendo el fracaso de todos los partidos establecidos: «No fue posible la paz». Con la hoz y el martillo y la bandera roja, o contra ellos, arma al brazo, quedaba a la intemperie la juventud de España. A eso la habían conducido, no sin irresponsabilidad, entre la ligereza de unos y la incompetencia de otros, algunos intelectuales y muchos políticos.

Después, el Estado surgido del Alzamiento Nacional no sólo tenía por nula toda ley o disposición que, fuera como fuere, entrase en colisión con la doctrina católica, sino que, en palabras del embajador Garrigues ante S. S. el Pupa Pablo VI, en tan solemne ocasión como la presentación de Credenciales, «se gloriaba de sentir con la Iglesia». Era otra oportunidad especialmente propicia para que muchos, más o menos jóvenes, con intención fundamentalmente religiosa, intentaran carrera en la política. Muchos la hicieron, y no pocos alcanzaron el objetivo propuesto. Otros, sin embargo, se desvirtuaron vencidos por su propia actividad. En la brega política se les habían ido desvaneciendo sus altas intenciones iniciales —Si salis evanuerit...— y al final se encontraban desarbolados y sin raíces, muy lejos de la meta prevista...

Se habían disipado quizá un poco y, tal vez incluso sin ad- vertirlo, empezaron a interpretar el advenimiento del Reino de Dios, que el Padre Nuestro nos enseña a pedir, un poco demasiado profanamente y a posponer el ejercicio de la caridad a la consecución de muy determinados objetivos «humanos, demasiado humanos». Al final resultó que estaban peleando por una serie de móviles muy oscuros, relativos y equívocos: Democracia, Libertad, Dialogo, Igualdad, Tolerancia... como si fueran valores absolutos y esenciales, y sin reparar en que la enorme extensión de estos conceptos reduce a casi nada su comprensión y habilita para todo género de manipulación, contradicciones y «otros frutos amargos». Ya se sabe: la condena de Sócrates, el voto por Barrabás; los resultados de Munich, Moscú, Yalta o Potsdam; la licencia para matar los 30.000.000 de la II Guerra Mundial; la luz verde al experimento de las bombas atómicas: 92.000 muertos la de uranio, 40.000 la de plutonio; o el Telón de Acero que, tras consolidar el régimen soviético sobre el inmenso territorio del antiguo Imperio Ruso, aisló además durante cuarenta años, bajo el terror y la miseria, a dos tercios de la superficie de Europa y casi la mitad de su población.

Todo queda sacrificado a una relación de números. Y se produce el curioso fenómeno de que, mientras se reconoce y pregona, con toda la razón del mundo, que el fin no justifica los medios, se acepta, en cambio, que los medios justifiquen el fin. No hay propósito inmoral ni descabellado, con tal de que no se pierdan determinadas maneras para alcanzarlo. Está claro que se da un formalismo en la Política como se da en la Ética —Der Formalismus in der Ethik—, aunque de menor grandeza, porque siempre hay ventajistas de la imprecisión con afán de poder, o simple apetito desordenado de figurar y presidir, y no todos los días nace en Kónigsberg un pensador llamado Manuel Kant.

«Se llama ascético-claustral al cristianismo de la Edad Media, a nuestro cristianismo de hoy se le podría llamar científico- pastoral», se quejaba Kierkegaard en su tiempo, refiriéndose a Hegel sobre todo. A una parte del que ya empezaba en los años de Manolo se le podría quizá haber titulado «ensayístico-social». Y a alguno mediatamente posterior «social de mercado». Después, aún se acentuaría esta tendencia a la secularización de los cristianos en retirada, más atentos a la sacristía y la curia que al sagrario, a las librerías que a las bibliotecas y, en definitiva, a la añadidura que al Reino de Dios, sin reparar para nada en los lirios del campo ni los pájaros del cielo. En alguna medida, no pocos eran víctimas, quizá, de una admiración algo desmandada por la crema de la intelectualidad... francesa. En realidad, quizá tam poco fueran mucho más lejos sus inquietudes, ni posibilidades intelectuales. Al final J. Maritain acabaría escribiendo Le Paysan de la Garonne, pero, como es frecuente en estos casos, el arrepentimiento y rectificación llegaban demasiado tarde, cuando ya se había producido el escape de «humo del infierno».

La incitación a la política, como tantas iniciativas de intención y raíz religiosa de la época, provenía de don Ángel Herrera, por el que Aparici siempre tuvo una sincera devoción, aunque no sé, y subrayo el no sé, si total identificación con todas sus actitudes. A mí Manolo siempre me pareció más claro y firme en las suyas. Quiero anotar, en todo caso, que hablando de él, en polémica periodística entonces con alguna alta autoridad civil, y tal vez por eso víctima de algunos ataques acaso exagerados, con enorme respeto y afecto comentó que la hostilidad procedente de hombres de buena voluntad, si es la más hiriente, también es la que más puede contribuir a la santificación, porque con la de los otros ya se cuenta y puede, incluso, inducir a vanagloria. Siempre la perspectiva sobrenatural.

«Cristo no esperó a que se resolviera el problema social en su tierra para predicar el Evangelio», decía Manolo. Por eso, pudo entrar en política, pero no lo hizo. Y no le faltó la ocasión. De hecho tuvo el ofrecimiento de la Dirección General de Aduanas, en el Ministerio de Hacienda, en tiempos de Larraz, que declinó Su camino, está muy claro, era otro; y sus maneras. Más vasto y lejano su horizonte. Estaba allí, y siempre tenía años cuando y durante; y justo en la edad de la energía, el entusiasmo, la ilusión, la entrega y la eficacia. Pero siempre más atento a otra cosa que a la noticia de la anécdota o el desgarrón de cada día, o la publicación del último ensayo con lo último en ideas del tiempo: «Gris, caro amigo, es toda teoría», parece pensar con Goethe. Él estaba haciendo por el Reino de Dios, seguía estudiando su latín y le importaban no mucho lo que pudieran decir los —por entonces o después, ya no sé— irónicamente conocidos entre los estudiosos como «los nuevos evangelistas de Francia».

Manolo leía, releía y repasaba de continuo, una y otra vez, los Evangelistas de siempre, y los Hechos de los Apóstoles, y San Pablo, y las palabras de la Liturgia, en esa rigurosa y perfecta síntesis de oración y lectura que es la meditación. Ello explica la pasmosa frecuencia y espontaneidad con que le afluían al hablar las palabras exactas de cualquier autor del Nuevo Testamento. Unos más que otros, por supuesto. O del Antiguo. Desde luego, no creía, como Descartes, que se tratase de algo de tan escaso interés, de si peu d'importance. Claro, Descartes, el peligroso genial simplificado, era el príncipe del racionalismo, y no se sabe que aspirante a santo, ni espejo del caballero cristiano. Aunque persista hoy su gravitación incluso en ámbitos donde parece que debería haberse desvanecido hace algún tiempo.

De estas meditaciones procede su actitud. En las circunstancias que por aquellos años vive España, a Manolo le produce especial impresión el pasaje del Génesis donde se narra la destrucción de Sodoma y Gomorra y revela, a mi juicio, el fundamento esencial de su propia ascética y la razón de su apostolado: El problema no es tanto la abundancia de pecadores, como la escasez de hombres íntegros. Sodoma y Gomorra se hubieran salvado, a pesar de su agobiante mayoría de impíos, si allí hubiera habido una exigua minoría de justos. Es necesario un haz de jóvenes decididos a ser santos. Reclutarlo, formarlos, es la empresa que Manolo se propone.

«¿Qué reforma considera más necesaria?», se pregunta cada semana en unas entrevistas de periódico. Las respuestas, en general, cautivan por su generosidad y hermosura y contribuyen a con- solidar la fe en la bondad del género humano. «La que borre el hambre de la faz de la tierra», «La del sistema económico», «La social, que acabe con las desigualdades», «La que traiga la paz a todos los pueblos», se lee. Alguna vez, en la reproducción del original manuscrito publicado, es posible advertir incluso algunos trazos borrosos, corridos, aureolados por huellas de humedad... una lágrima, sin duda; o acaso una gota de whisky.

La respuesta de Manolo está en unas palabras que su interlocutor nunca olvidó: «Tú por Presidente de Toledo/ y yo por Presidente Nacional —le decía a Antonio Rivera—, sabemos que el Señor nos llama a ser santos; no sabemos el número que en sus eternos designios la Santísima Trinidad tiene acordado que sea suficiente para la salvación de España; pero mientras yo no sea santo, puedo ser el único que le falte al Señor». España necesita santos. Razón de más para el apostolado... Y ahí nace también su gran idea de la peregrinación, la gran metáfora de Manolo: «Ir al Padre por Cristo a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María ...».

En 1932, en el II Congreso Nacional de la Juventud de Acción Católica, en Santander, con asistencia de tres mil jóvenes, se acordó celebrar el próximo en Santiago en 1937, Año Santo Jacobeo. Dos años después, 1934, Año Santo Extraordinario de la Redención, mil jóvenes romeros de Acción Católica presididos por el Cardenal Goma, Manolo aún Vicepresidente, llegan a la capital de la Cristiandad: después de la recepción general en la Sala de las Bendiciones, el Santo Padre, Pío XI, saluda a cada uno de los miembros del Consejo. «Todos le besaron la mano —dice la tan citada Semblanza—, y a Aparici le puso sus manos en la cabeza. Para Aparici, aquello fue un signo para su sacerdocio. Y para los que lo presenciaron también».

En la IV Asamblea Nacional, Cofrentes 1935, se confirma el propósito de celebrar en Santiago en 1937 el III Consejo Nacional: allí y entonces concibe Manolo la idea de la gran peregrinación. Se trata de proponer a los jóvenes de Acción Católica de todos los pueblos de la América Híspana un magno ideal de recristianización, una tarea asequible al esfuerzo conjunto.

Primero fue aprobada y bendecida por el Cardenal Primado, Goma, y el Nuncio Tedeschini. Después, a fines de enero en Roma, por el Cardenal Pacelli, Secretario de Estado, y el 1 de febrero por el mismo Padre Santo, Pío XI. Más tarde, en el primer número de la revista Signo, el 6 de junio de 1936, con prosa del hoy Obispo Maximino Romero de Lema, Manolo hace una llamada a todos los jóvenes a peregrinar a Santiago en 1937, con motivo del Año Santo Jacobeo... Casi al mismo tiempo se convoca a la Juventud de Acción Católica al III Congreso Nacional: «No os intimide la persecución, el Señor va delante de nosotros para preparar el gran día de Compostela».

 

Y luego, sin pérdida de tiempo, comenzó la organización. En la Presidencia de Honor figuraban el Cardenal Pronuncio, Arzobispo de Lepanto, Federico Tedeschini, el Cardenal Primado de Toledo, Isidro Goma, el de Tarragona, Cardenal Ilundáin, el de Santiago, por supuesto, y muchos otros y se había solicitado ya la cooperación de los Cardenales Primados de Portugal, Patriarca de Lisboa, de la Argentina, del Brasil y de todos los Primados de la América Española.

Ultreia se titulaba el bellísimo folleto, a tres tintas, generosa- mente ilustrado con imágenes y signos jacobeos, en que se hacía la gran convocatoria: «Año Santo MCMXXXVII. Tercer Congreso Nacional de la Juventud de Acción Católica en Compostela —se lee en capitales latinas de especial belleza y finura—. Voz de marcha y aviso de romería que se da a las generaciones nuevas de las Españas». Después sigue ya en caracteres de imprenta, bodoni del 12, creo: «Compostela tendrá su Año Santo, en el de gracia de 1937. Allí, con la ayuda de Dios y la protección de Santiago, la Juventud de Acción Católica celebrará su gran Congreso. Ningún sitio mejor que al amparo del Apóstol tutelar para plantar nuestras afirmaciones católicas y españolas. En estas dos ideas, entrelazadas, y en debida jerarquía, aspiramos integrar todos los jóvenes de España. Porque el catolicismo es la esencia de nuestra nacionalidad... España puede realizar su gran misión histórica... Gran misión, de enseñar al hombre de los Continentes nuevos, que somos hermanos, hijos de Dios, y que pueden salvarse, porque a todos ha dispensado la Providencia una gracia suficiente de salvación... Dura es la época que nos ha tocado vivir, y conscientes de nuestra misión, aceptamos las condiciones de vida militante. Dejemos que nos azote una ráfaga de optimismo y ensueño... Llegaremos gozosos a la apoteosis del Pórtico de la Gloria, después de hacer la vía larga del sacrificio duro y el trabajo constante. Como el Hijo del Trueno, cuando el cáliz amargo asome a nuestros labios, digamos possumus, porque el viejo lema jacobeo reza: "Dios ayuda y Sant Yago"».

«Este libro salía de las prensas de "Blass, S. A. Tipográfica", el día 11 de junio, festividad del Corpus Christi, año 1936. José Luis Fernández del Amo dirigió la edición y la ornó colaborando con Turas y Sota, y en un solo espíritu trazaron con sus manos una plegaria de alabanza a Dios.  Lavs Deo».


Publicado por verdenaranja @ 22:00  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios