Martes, 30 de junio de 2009

Por gentileza de Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colaborador en la Positio super virtutibus del Siervo de Dios Manuel Aparici.

 

MANUEL APARICI

EN UNA HORA DIFÍCIL DE ESPAÑA

 

POR JOSÉ ARTIGAS

 

III.     Pero se interpuso la guerra

 

Pero se interpuso la guerra: No fue posible la paz, como do- cumentaría en su libro don José María Gil Robles, el gran jefe de la Derecha; el mismo que en abril del 36, en el Parlamento, había ya advertido: «La mitad de la nación no se resigna implacablemente a morir», según recogía El Debate del día 16. Una guerra, en todo caso, a la que el Arzobispo de Zaragoza, monseñor Doménech, calificó de «Cruzada en defensa de la Patria y de la Religión», en agosto del 36, y «Cruzada por la Religión, la Patria y la civilización», el de Salamanca, Pía y Deniel, en septiembre, y en noviembre el Primado de Toledo, Cardenal Goma: «Cruzada y no guerra civil».

Una guerra que dio lugar, en la Encíclica de Pío XI, Divini Redemptoris, en marzo del 37, a palabras extremadamente duras «contra el laicismo agresivo de la República»: «No ha derribado alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que siempre que le fue posible destruyó todas las iglesias, todos los conventos y hasta toda huella cristiana, aunque se tratase de los más insignes monumentos del arte y de la ciencia. El furor comunista no se ha limitado a matar obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y de religiosas ...».

Y suscitó también la Carta Colectiva del Episcopado Español, en julio: «La guerra es como un plebiscito armado. La división en dos bandos es tajante; el espiritual, con la defensa de la patria y la Religión; el materialista, con el comunismo, el marxismo y el anarquismo». «La guerra de España es producto de una pugna entre ideologías irreconciliables». El documento fue firmado por 43 obispos y 5 vicarios capitulares. En realidad, todos los obispos, excepto el Cardenal Vidal y Barraquer y monseñor Mújica, por diferentes motivos. Tampoco lo firmó ninguno de los 12 obispos entonces ya asesinados. Sí, todavía lo hizo el hoy —con 217 re- ligiosos más— beatificado monseñor Anselmo Polanco, Obispo de Teruel, que pagaría con su vida en 1938.

«Nadie que tenga a la vez buena fe y buena información —afirma don Salvador de Madariaga— puede negar los horrores de esta persecución. El número de eclesiásticos de ambos sexos se ha calculado en 6.800 muertos, equivalente al 13 por 100 de todos los sacerdotes seculares, y el 23 por 100 de los regulares. Pero que durante meses y años bastase el mero hecho de ser sacerdote para merecer pena de muerte, ya de los numerosos "tribunales" más o menos irregulares..., ya de..., ya de..., es un hecho plenamente confirmado». «Nunca en la Historia se vio una matanza de sacerdotes como la que hemos visto en España», escribiría Gomá. Con gran rigor documental, el sacerdote don Antonio Montero, actual Arzobispo de Mérida, publicaba en 1961 La persecución religiosa en España, donde, aun faltando nombres, con- signaba la muerte por la Fe de 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 religiosos y 283 religiosas. Y hay que añadir aún 249 seminaristas. «... et pas une apostasie!», certificaría Paul Claudel en su magistral acta poética, Aux martyrs espagnols, traducida con impecable lírica exactitud por el poeta-profesor Jorge Guillen, nuestro primer Premio Cervantes: «Es lo mismo, es igual, es lo que hicieron con nuestros antepasados. / Es lo que sucedió en tiempo de Enrique VIII, en tiempo de Nerón y Diocleciano. ... En esta hora de tu crucifixión, santa España, en este día, hermana España, que es tu día, / Yo te envío mi admiración y mi amor con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas».

A los religiosos censados había que sumar muchos seglares, entre ellos más de 7.000 jóvenes de Acción Católica que, llegada la hora, habían dicho generosa y categóricamente possumus, como Santiago, tal y como se les había propuesto en la convocatoria del III Congreso Nacional. Entre ellos mi vecino Enrique Fernández Muñoz, de diecisiete años, por negarse a prostituir su lápiz haciendo unos dibujos que repugnaban a su conciencia de cristiano. No había bastado el asesinato de su padre, médico militar. Las sentencias las dictaba en cualquier cheka, cualquier Tribunal Po pular, por el delito de confesarse cristiano, y nunca faltaban unos milicianos, lejos del frente, que las ejecutaban con puntualidad. «En esta ensombrecida ciudad —escribe Joseph Kennedy desde el Madrid cercado—, la religión debe esconderse, disfrazarse, reprimirse, por toda la clase de miedos».

Ahora cabe el falseamiento, el olvido O' la ignorancia; pero no hay quien pueda desmentirlo: «Dios mismo, puede destruir Roma, pero no hacer que no haya existido». Y es una irresponsabilidad y falta de respeto a los muertos, a los testigos y a los testigos muertos, la redacción de una segunda edición de la Historia, corregida y abreviada, à la carte, según determinadas modas o intereses y preferencias personales. Un ingeniero naval no puede montar la quilla sobre el puente, ni un arquitecto fundar los cimientos sobre el tejado: la piedra, el hormigón, la plomada o el hierro imponen, sin lugar a la excepción, sus leyes' pero cualquier pretendido historiador, político o periodista está en disposición de escribir: «Napoleón venció en Waterloo», o «Napoleón fue derrotado en Austerlitz», y la imprenta lo reproduce con la mayor exactitud. El papel nunca se sonroja.

Así fue y así hay que recordarlo: el Alzamiento Nacional del 18 de julio libró a España de ser, ya en 1936, el primer satélite de la Unión Soviética. Ningún político de ningún partido del «arco parlamentario» —como hoy se diría— tenía ya a nadie tras de sí. Y los intelectuales que pudieron huyeron despavoridos de la zona roja. En total, el número de muertos rozó los 270.000'; 140.000 en acciones de guerra. Una tragedia de ese porte, no se puede trivializar atribuyéndola al capricho de un par de precipitados. Era comunismo sí o comunismo no. En muchos casos, vida o muerte. Y esto es tan cierto, que persona tan digna y sincera como el eminente profesor socialista don Julián Besteiro, sin el menor reparo, no dudó en unirse al Coronel Casado en el tardío golpe militar contra el Gobierno del Presidente Negrín, que se había «dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos». «Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado...», escribía a su esposa, en inolvidable verso, el poeta Comisario Político comunista Miguel Hernández. Se trataba de evitarlo y que los niños españoles naciesen con las manos abiertas. Y hasta Besteiro estuvo de acuerdo.

«Cruzada y no guerra civil». Por eso, al conocer la noticia de su terminación el 1 de abril de 1939, el Papa Pío XII hace llegar su felicitación al Generalísimo Franco: «Levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V. E., deseada victoria católica España». Para siempre, y para todos los españoles, desaparecía la amenaza mortal del Comunismo, entonces entero y regido por un inmisericorde Stalin crecido y rampante cuya efigie, con la de Lenin al dorso, y las de Litvinov, Vorochilov, Kalinin y Molotov, había presidido Madrid cerrando la Puerta de Alcalá, y con autoridad bastante para imponer ya en septiembre del 36, el traslado a Moscú de los 510.079 kilos de oro que constituían las reservas del Banco de España.

Por fortuna o providencia, a Manolo la hora del Alzamiento le da en Galicia. Según la tan citada, impagable, Semblanza, el 17 de julio había salido de Madrid en el último tren. Tenía entonces treinta y cuatro años; no era edad de combatiente en la Zona Nacional, aunque no faltaron voluntarios incluso mayores. En la Roja sí, porque el altísimo número de prófugos y desertores exigió la movilización de casi el doble número de quintas: veintisiete, por catorce y media. «Todo el Consejo de Jóvenes de Acción Católica va al frente. La Secretaría funciona en "transeúntes", con los convalecientes que descansan unos días de sus heridas, o con los que disfrutan de sus permisos de retaguardia».

«En 1937, en fecha indeterminada, llega Aparici a Burgos e instala el Consejo Nacional en la Plaza de Santa María». Antes ya, con fecha 20 de noviembre de 1936, había hecho reaparecer la revista Signo, de la que sólo tres números debían de haber salido antes del 18 de julio, puesto que éste es el cuarto del año I. «Ya está Signo otra vez en nuestras manos... Que todos sepan de nuestra ambición... A todos dadles cita en Compostela; que allí, junto al Apóstol, todos los hijos de su estirpe vamos a levantar la gran Cruzada: la reconquista del mundo para Cristo por el empuje y la fe del Alma Hispana». Convertido en semanario, en febrero de 1937 publica ya sus instrucciones a los movilizados,

en cuyo prólogo puede leerse: «El movimiento actual es una hora de Dios y es menester que no pase sin frutos. Todo joven de Acción Católica, cualquiera que sea el lugar o unidad (militar) en que esté encuadrado, debe no olvidar que es un joven consagrado al servicio de la Iglesia, como apóstol de almas. A los heridos: que vuestro dolor sea "redentor", ofrece a Cristo tus sufrimientos, tan duros, continuos y ocultos. Y ofrece al Padre por Jesucristo ese tesoro por la salvación de las almas, también por los que luchan contra vosotros, hermanos vuestros».

Aquí está en realidad la esencia de los «Centros de Vanguardia»: «Un Centro de Vanguardia es un grupo¡ de jóvenes comba- tientes unidos por el ideal, sufriendo y elevando los sufrimientos por los propios combatientes, por los enemigos, por salvar almas y redimir a los que luchan contra Dios». Este es el certero testimonio recogido por Antonio Santamaría en una unidad de Requetés. Hasta 456 centros llegaron a funcionar, repartidos por todos los frentes, armas y cuerpos, «gracias al espíritu que supo alentarles Aparici», ya entonces siempre de viaje y en permanente correspondencia con todos.

Conseguida la paz por la victoria, la Juventud de Acción Ca- tólica, con más de 7.000 bajas en sus filas, caídos en los frentes o asesinados en las chekas, volvía a la costumbre con la responsa- bilidad añadida de hacer fecunda la sangre de sus mártires. Inal- terable y vigente se mantenía el ideal de la peregrinación y se renovaba la convocatoria, sin corrección ni enmienda. Es evidente la identidad de estilo entre el Cursillo de La Coruña en 1941 y la «Voz de marcha y aviso de romería» que se daba «a las generaciones nuevas de las Españas», en 1936. Nada ha cambiado en las ideas ni los ideales. Sólo el trabajo y la responsabilidad han crecido, porque hay que cubrir el puesto de los mártires y responder ante ellos.

Manolo me escribe en noviembre de 1944: «... vencidas esas dificultades que suponían tus deberes de opositor, las almas de los jóvenes tienen derecho a que las sirvas. Formas parte de la pro- moción de Adelantados que quiso honrarme llevando mi nombre; pero mi nombre tiene una significación: la de ser albacea de los mártires; yo sé bien para qué dieron su sangre nuestros hermanos, pues quiso el Señor proponerles, por mediación de la miseria mía, la gran Empresa de hacer de nuestra España y de sus hijos, los Pueblos Hispánicos, un solo Pueblo en Misión: la Vanguardia de la Cristiandad, ejemplo y guía del mundo; y por eso os exijo que no hagáis traición a la sangre de los mártires. Os lo exijo a todos los que durante siete años confió el Señor a la caridad que para vosotros puso Él en mi alma; pero de un modo especial os lo exijo a los Adelantados de Peregrinos a los que dediqué mis últimos días de Presidente. Somos, en cierta manera, hijos de los mártires; sin ellos, sin su muerte, no sería posible nuestra vida, y ya que por su muerte vivimos, justo es que esa vida la gastemos en servicio de la Empresa Común por la que ellos lo dieron todo». Sin novedad. Sigue el propósito de la gran Peregrinación a Santiago: la gran metáfora de Manolo, y su bandera.

No hay que asombrarse de la retórica de la época. No es cas- cara vacía, sino expresión de un estilo, un modo de ser. Ningún trayecto de la historia resulta de verdad inteligible sin el conocimiento de su idioma. No es sólo el griego para entender a Platón o Tucídides; ni el latín para saber de Roma y los romanos y sus obras, sino que, incluso sin salir de una lengua, hay que extremar la finura para captar la posible evolución del significado de algunos términos cuya fisonomía, sin embargo, permanece inalterable. A la vista está la degradación que han sufrido muchas palabras y expresiones. Lo que se entendía sólo ayer como galantear, o cortejar, hacer el amor, por ejemplo, hoy se usa como eufemismo para eludir apareamiento que, incluso para oídos hechos al desparpajo habitual, sigue resultando excesivo.

Hay que atender muy bien al contexto y la fecha y tener muy presente que, como enseña el Eclesiastés, «Todo tiene su hora y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo». En nuestra época de confusión y ambigüedad, ignorancia y escepticismo —«El principiante debe ser escéptico, pero el escéptico nunca pasa de ser principiante», como dejó escrito Herbart—, hastío, desesperanza y desaliento, tiempo de la droga y el sida, advertir que hubo otra de juventudes de fe resuelta y decidida, con ideales y voluntad de sacrificio. En los dos bandos. La historia juzgará a los jefes, los que encendieron la hoguera, o no supieron apagarla, y huyeron o se vieron arrumbados: los chicos de veinte años serán todos absueltos y enaltecidos. Incluso los que se dejaron prender en la gran mentira del marxismo, el socialismo totalitario sin rendijas, la negación del espíritu y la libertad y la historia, para empeñarse en la llamada «lucha de clases» y poner su ilusión en el ideal de la igualdad y la dictadura del proletariado. Antes de saber nada, claro, de la nomenclatura, sus dachas y las berioscas, sus tiendas exclusivas.

Prevalecieron las ideas de Menéndez Pelayo, el padre González Arintero, Ramiro de Maeztu, José Antonio, García Morente: «España evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los Arévacos y de los Vectones, o de los reyes de Taifas». «No hay proposición teológica más segura que ésta: a todos sin excepción se les da —proxime o remote— una gracia suficiente para la salud ...». «El hombre es un ser portador de valores eternos, capaz de salvarse y de condenarse». «Y no somos nacionalistas, porque el ser nacionalista es una pura sandez... nosotros no somos nacionalistas, porque el nacionalismo es el individualismo de los pueblos ...». Así el aire intelectual, se comprende los términos en que Aparici se expresaba.

Dos o tres años antes —1941—, el padre Llanos había publi- cado su Mes de Mayo dedicado a la Santísima Virgen María. Re- zándolo, todos los días nos ofrecíamos a Ella «unidos con nuestros Mártires hermanos y con España tuya», y en el texto de clausura del último, consagrado a la Virgen del Pilar, subrayaba: «No es rara casualidad, sino una Providencia más el hecho de que haya coincidido el Centenario de su venida con el renacer de una España que ha costado la mejor sangre».

Y antes de terminar con la oración final, brevísima, se rezaba un peculiar Padrenuestro y una peculiar Avemaría, cargados de intención y no exentos de belleza: «¡Padre nuestro que estás en los Cielos! Santificado sea tu nombre por María y por España; venga a nos tu Reino con María y sobre España, hágase tu voluntad así en España como en María. El pan nuestro de cada día dáselo a España necesitada y herida; dáselo por manos de María. Perdona nuestras deudas, los pecados de España, pecados de los ricos y de los pobres; los pecados pasados y los presentes, así como a nosotros (sic), a imitación de María, perdonamos a todos, los que destruyeron nuestra Patria y nuestras familias, a todos. Y no nos dejes caer en la tentación de una vida regalada y frívola, en la tentación de modernismos paganizantes, en la tentación de liberalismos engañosos, en la tentación de la injusticia social, en la tentación del odio y división y pugna entre los españoles. Mas líbranos por ruegos de Santa María, Reina de España, líbranos de todo mal: del hambre, la peste y la guerra, el demonio, el mundo y la carne. Amen». «Santa María, Madre de Dios y de España, ruega por nosotros, indignos pecadores que deseamos implantar el reinado de Jesucristo en el mundo, en la hora de nuestra muerte. Amen».

El padre Llanos era, quizá, un poco apasionado y algo proclive a la exageración. En el recordatorio de su primera Misa, le escribe: «A Manolo Aparici, administrador de la sangre de España».

Con mucho acierto juzga, a mi juicio, Abel Hernández, en su interesante libro El quinto poder: «La A. C. era, según la fórmula de Pío XI, "la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia". Manuel Aparici, que luego entraría en el seminario como tantos otros militantes, fue el primer presidente nacional en la posguerra de la Juventud de Acción Católica, a la que dio ese aire ascético y heroico». Un aire que va con las circunstancias y, sin la mínima duda, deliberado y querido. En las cuartillas que deja a García de Pablos, le recomienda: «Fomenta en el Grupo —de Propagandistas— el ejercicio de las virtudes heroicas. Es la única manera de que los jóvenes que tengan hambre de santidad no busquen otras obras». «El lema de S. S. Pío XI con los jóvenes, era "siempre más, siempre mejor". Que éste sea tu lema en lo que en nombre de Dios les pidas».

Y no lejos de ahí andaba entonces —1940—, un poco más a ras de tierra y con pluma menos esplendorosa, en su Curso Breve de Acción Católica, el después famoso Cardenal Tarancón: «Los partidos políticos, que fomentaron la división entre los españoles y que tan funestas consecuencias produjeron, han sido suprimidos de nuestra Patria. Hay una organización única, dirigida por el Jefe del Estado, que reúne en sus filas a todos los españoles, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. ¿Cuál ha de ser la posición de la Acción Católica y sus relaciones para con ella? ... La Acción Católica debe mirar con simpatía esta milicia y aun debe orientar hacia ella a sus miembros para que cumplan en sus filas con los deberes que en la hora presente impone el patriotismo. No sólo no existe entre las dos organizaciones ninguna in- compatibilidad, sino que se complementan mutuamente».


Publicado por verdenaranja @ 22:03  | Espiritualidad
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