Viernes, 17 de julio de 2009

Extracto de DOSSIER FIDES “El Año Sacerdotal: Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote publicado por Fides el 18 de Junio de 2009.

 San Juan María Vianney: ficha biográfica 

Juan María Vianney nace en Dardilly, en Lyon, Francia, en 1786. Desde pequeño se cuenta que ama la soledad y es particularmente timorato de Dios. Son años difíciles, los de fines del siglo XVIII. La revolución francesa no permite a nadie rezarle a Dios en público. Y así los padre de Juan María lo llevan a escuchar Misa en un granero fuera de la ciudad. La pena para los sacerdotes sorprendidos celebrando Misa es la guillotina. A pesar del clima anticlerical, a pesar de las graves amenazas contra los sacerdotes, Juan María hace suya en el corazón la creciente voluntad de dedicarse totalmente a Dios en el sacerdocio. Quiere, en pocas palabras, hacerse sacerdote. A los 17 años logra ir por primera vez a la escuela, donde con la ayuda de un sacerdote amigo que cree en su vocación, trata de seguir los estudios, aunque con resultados pobres. Las dificultades se hacen insuperables cuando se trata de afrontar, en el seminario, los estudios de filosofía y teología. Pero Juan María no se rinde, acepta toda humillación, y en Grenoble, en 1815, a la edad de 29 años, finalmente es ordenado sacerdote.

Es nombrado párroco de Ars, en la diócesis de Belley: por este motivo es llamado el Cura de Ars. Permanece como párroco de Ars por casi 42 años y su ascendiente está todavía vivo en la parroquia que ha santificado con su apostolado. Allí hace florecer en modo admirable, una predicación eficaz, la mortificación, la oración, la caridad. Numerosas son las almas que se dirigen a él, que pasa horas y horas en el confesionario. Es admirable su devoción a María, al Rosario a la Eucaristía.

Extenuado por el cansancio, macerado por los ayunos y penitencias, en 1859 termina sus días en el abrazo del Señor. Antes de que Pío IX lo inscribiese en el albo de los Santos en 1925 y lo proclamase Patrono del clero, Ars era ya una meta de peregrinación. El ejemplo que Juan María deja a todos los sacerdotes es el de la posibilidad de la santidad al interno de un ministerio ordinario. Juan María no hace nada excepcional, sino que vive cada instante solamente como hombre de Dios.

         Esto es lo que escribe el mismo: «Estad bien atentos, hijos míos: el tesoro del cristiano no está sobre la tierra, sino en el cielo. Nuestro pensamiento por esto debe dirigirse a donde está nuestro tesoro. Esta es la hermosa tarea del hombre: rezar y amar. Si vosotros rezáis y amáis, he ahí la felicidad del hombre sobre la tierra. La oración no es sino la unión con Dios. Cuando alguno tiene el corazón puro y unido a Dios, aferrado por una cierta suavidad y dulzura que embriaga, es purificado por una luz que se difunde alrededor de él misteriosamente. En esta unión íntima, Dios y el alma son como dos pedazos de cera fundidos juntos que ya nadie puede separar. Como es hermosa esta unión de Dios con su pequeña creatura. Es una felicidad esta que no se puede comprender. Nosotros éramos indignos de rezar. Dios, sin embargo, en su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es incienso agradable para él. Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. 
La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. 
Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y creedme, que el tiempo se me hacía corto. Hay personas que se sumergen totalmente en la oración como los peces en eI agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no esta dividido».

 


Publicado por verdenaranja @ 22:53
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