Viernes, 24 de julio de 2009

Lo que sigue es la homilía del arzobispo electo Robert J. Carlson, pronunciada, el 9 de Junio de 2009, la víspera de su toma de posesión como el noveno Arzobispo de Saint Louis en la Catedral Basílica de Saint Louis.  

"De manera especial quiero dar la bienvenida a los miembros de mi familia, a mis hermanos obispos y arzobispos, a mis hermanos sacerdotes y diáconos, seminaristas, hombres y mujeres en la vida consagrada y a los invitados de la comunidad ecuménica y cívica.

Celebramos esta noche la oración con ocasión de la fiesta de San Efrén, un diácono y un doctor de la Iglesia. San Efrén era conocido sobre todo por escribir canciones para instruir a los fieles, y por decir homilías en verso. ¡Tengan la seguridad, no voy a tratar de imitarlo en esos aspectos!

Sin embargo, hay un punto en el que me gustaría imitarle: él se mostró a sí mismo capaz de adaptarse a las nuevas circunstancias. San Efrén pasó la mayor parte de su vida como ermitaño y monje. Pero cerca del final de su vida dejó la tranquilidad del monasterio para organizar actividades de socorro para aquellos que estaban enfermos y hambrientos durante una gran hambruna.

Al comenzar ahora mi ministerio en la Arquidiócesis de San Luis, la cuarta diócesis en la que he sido bendecido para servir, es este sentido de apertura a los nuevos retos y crecimiento en santidad que pido a Dios que me bendiga. ¡Les pido sus oraciones, y prometo rezar por todos ustedes también! 

Nuestra lectura de esta tarde se toma del capítulo tercero de la Carta de Santiago. La atención se centra en el hablar y en predicar. En los versículos antes de los dos que tenemos esta noche somos advertidos a guardar nuestra lengua y a ser conscientes de la debilidad humana especialmente en el hablar. "Si podemos controlar lo que decimos, podemos controlar todo nuestro cuerpo, declara Santiago... el control de nuestra lengua es el control de nosotros mismos." (La Carta de Santiago, capítulo 3)

Como alguien que está llamado a predicar, junto con  mis hermanos sacerdotes y diáconos, yo lo entiendo como un gran privilegio y una grave responsabilidad, que exige preparación de oración y un sentido de mi propia indignidad. Al mismo tiempo, nunca podremos olvidar, como Santiago señala muy bien, que como predicadores y maestros la comunidad nos llama a un nivel superior.

O, para decirlo en lenguaje moderno nuestras acciones hablan más fuerte que nuestras palabras. Recuerdo predicando en una Misa de la juventud hace varios años y después de que el servicio se terminara un joven se acercó y me dijo qué "duro mensaje había yo compartido". Al principio fui bastante orgulloso, pero más tarde en la oración  me di cuenta que fue una "palabra dura" y no una palabra amable porque no la estaba viviendo en mí.

Estaba compartiendo lo que podríamos llamar la sabiduría del mundo, pero  el Evangelio me llama a predicar una sabiduría celestial que es pura y pacífica y razonable - que fluye de la oración y la reflexión. De alguna manera esto nos permite llegar a ser "evangelios vivos" y nuestra homilía comienza a parecerse a la descripción de San Pablo sobre el amor en 1 Corintios 13:4-7 – ni presuntuoso, ni exagerado, ni grosero, sino más bien alguien que se regocija en la verdad, ofrece esperanza y conduce a Cristo.

Sin embargo, no sólo debemos  "predicar a los convencidos". La Iglesia también debe estar dispuesta a participar de la cultura. Esto nos trae problemas cuando nuestra enseñanza entra en conflicto con la "sabiduría del día," pero también es nuestro deber como voz moral en la comunidad.

Piensen en los valores de la cultura contemporánea, y compárenlos con los valores del Evangelio. Quizá hubo un momento en que la cultura apoyó los valores del Evangelio, o por lo menos parecía hacerlo. Pero ahora vivimos en una cultura que no es especialmente amable y es a veces activamente hostil al Evangelio de Jesucristo.

El Evangelio nos invita a elegir la vida, la cultura nos dice que la muerte es una opción igualmente legítima. El Evangelio nos dice que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; la cultura nos dice que hay muchas formas igualmente válidas, verdades, y estilos de vida. Jesús mismo nos dice que el camino al cielo es estrecho, mientras que el camino al infierno es ancho (Mateo 7:13-14); la cultura nos dice que el camino al Cielo es amplio, mientras que el camino al infierno es estrecho.

No todo en nuestra cultura es hostil a los valores del Evangelio. Pero, al mismo tiempo, la lista de contradicciones podría multiplicarse. Vayamos al resultado final: Si no podemos indicar una serie de cuestiones sobre las que los valores que vivimos difieren de los valores de nuestra cultura, entonces tenemos que preguntarnos acerca de la profundidad de nuestro compromiso con las enseñanzas de Cristo.

Creo que nuestro testimonio de fe, de palabra y de hecho, puede triunfar. Y es la razón por la que tantas veces rezo así, "Que el Espíritu Santo tenga la última palabra."

También debemos estar dispuestos a establecer asociaciones con la comunidad ecuménica y la comunidad civil para lograr lo que se debe hacer en el mundo de hoy.

En el primer Salmo (Sal 15) para la oración de la tarde pedimos que Dios nos bendiga con justicia e integridad en el servicio a nuestro prójimo y de uno a otro. Al transmitir este mensaje, debemos recordar que se realiza mejor  por la persuasión y servicio derivados de nuestra oración y el testimonio personal.

Como dijo el Papa Benedicto XVI en Deus Caritas Est, # 36, "La oración como medio de sacar cada vez nueva fuerza de Cristo es necesaria concreta y urgentemente. Las personas que rezan no están perdiendo el tiempo, aunque la situación aparezca desesperada y parezca llamar sólo a la acción. La piedad no socava la lucha contra la pobreza de nuestros vecinos, por muy extrema que sea. En el ejemplo de la Beata Teresa de Calcuta tenemos un claro ejemplo del hecho de que el tiempo dedicado a Dios en la oración no sólo no resta de un eficaz y amoroso servicio a nuestro prójimo, sino que es de hecho la fuente inagotable de ese servicio".

La Madre Teresa pasaba una hora todos los días rezando ante Cristo en el Santísimo Sacramento. Todas las Misioneras de la Caridad hacen lo mismo. Explicando por qué este hábito es parte de la norma de su vida - especialmente cuando hay tantas otras demandas en su tiempo y energía --- la Madre Teresa dijo: "Porque nos encontramos con que a través de nuestra hora santa diaria nuestro amor por Jesús se hace más íntimo, nuestro amor del uno hacia el otro es más comprendido y nuestro amor por los pobres más compasivo".

Una Iglesia que ora de esta manera, aprovechando su fuerza de Cristo en el Santísimo Sacramento, encuentra su predicación más centrada y creo que está en mejores condiciones de afrontar las necesidades de todos los que pasan cerca.

Ellos dicen que el logro más fuerte para aquellos que están en necesidad es cuando la Iglesia y la comunidad civil y la comunidad empresarial trabajan juntos.

Si las comunidades civiles y empresariales proveen el CUERPO de ese compromiso, la Iglesia necesita ser su ALMA. El más fuerte logro sólo ocurre cuando el cuerpo y el alma actúan  juntos, de manera que las necesidades del cuerpo y del alma puedan ser satisfechas. Pero ese tipo de cooperación demanda perseverancia, lo que me recuerda una lección que aprendí hace mucho tiempo en la escuela secundaria cuando salí para el equipo de fútbol por primera vez:

Si vamos a amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos y amar a Dios con todo nuestro corazón tenemos que llegar a comprender lo que San Pablo sabía bien - "En Aquel que es la fuente de nuestra fuerza tenemos la fuerza para todo".


(Traducción particular no oficial)

Publicado por verdenaranja @ 23:32  | Hablan los obispos
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