Martes, 28 de julio de 2009

Información enviada por Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colaborador en la redacción de la Positio super virtutibus del Siervo de Dios y Vicespostulador de su Causa de Canonización. 

MANUEL APARICI Y LOS MÁRTIRES DE ACCIÓN CATÓLICA
LOS MÁRTIRES SON ANTE DIOS LA PERPETUA PLEGARIA DE SANGRE QUE INTERCEDEN POR NOSOTROS 

«No os olvidéis vosotros de los mártires ni consintáis
que España se olvide de ellos»
(Manuel Aparici. SIGNO de
fecha 25 de octubre de 1941).

Unos seis meses antes de cesar en la Presidencia Nacional recuerda a los jóvenes de hoy que los jóvenes de entonces fueron guerreros y apóstoles. 

         «[...] Y cuando la Patria [...] tocó a llamada y enfrentó sus hijos con el ser o no ser, fueron los primeros entre los primeros en la ofrenda de sangre. Siete mil apuraron con gozo el cáliz de su propia sangre.

         »Fueron guerreros y apóstoles. Su signo, la cruz de Cristo, floreció en esperanzas de redención y de reino. El mundo vio el milagro de soldados que, en el espacio que les dejaban las batallas, evangelizaban a Cristo en sus Centros de Apostolado de Vanguardia. Su gesta mereció el magno elogio: “Al fin hemos encontrado en ello lo que hace tanto tiempo esperábamos de la madre España: la huella resplandeciente de la Hispanidad hecha plegaria, sangre y heroísmo, para que con plegaria y heroísmo, y si es menester con sangre también, imitemos aquí lo que allí nos enseñan en alas de muerte y de victoria: o Cristo o muerte”» . 

         Y en su despedida como Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica, el 19 de octubre de 1941, les dice a sus amados jóvenes: 

         «Hace poco más de un año, el 1º de septiembre de 1940, ante otro Arzobispo de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana [...], ante representantes de la Juventud Católica de Cuba y de Portugal y ante el heroico pueblo de Zaragoza en representación del pueblo español, y asistido por veinte mil de entre vosotros, al ofrendar a la Iglesia la sangre de nuestros mártires y de todos los mártires de Cristo en España, juré en vuestro nombre unir a este torrente de sangre la nuestra en forma de oración, sacrificio y apostolado, para lavar con ella a toda la juventud española; y hoy que para cumplir mi juramento salgo de entre vosotros para pedir un puesto entre los mártires de la segunda hora de la Cruzada, el Sacerdocio de Cristo, quiero que sintáis conmigo la infinitud del poder de la sangre de los mártires.

         »Los mártires son ante Dios la perpetua plegaria de sangre que intercede por nosotros. Eran nuestros amigos, nuestros hermanos. Vivían profundamente entrañados con nosotros. El Señor nos había ligado en un apretado abrazo de caridad, y la caridad dice el Apóstol que nunca fenece. Y hoy que ellos viven plenamente a la vida de Dios, que es caridad, sería un absurdo pensar que cuando lo dieron todo para que las almas de España pudieran seguir abrazadas a Cristo, fueran a olvidarse de nosotros. No, ellos no pueden olvidarse; nosotros podemos variar, pero ellos no varían. Y aquel abrazo que nos dieron, al abrazarse eternamente con Cristo, permanece vivo para toda la eternidad. Yo quisiera, jóvenes, que nos imagináramos a nuestros mártires con fe viva jugando en los cielos a cerrar sus amplias avenidas. Al fin y al cabo, si para entrar en el reino de los cielos hay que hacerse cono niños, ellos son los más niños en la morada del Señor. Y podemos imaginárnoslos cogidos de la mano de nuestro llorado Cardenal Gomá, de los once Prelados mártires, de los millares de sacerdotes, de todos los mártires de Cristo en España, jugando a cerrar las amplias avenidas de los cielos para empujar a todos sus moradores junto al Trono de la Madre de Dios, pidiéndole a María que presente esa maravillosa plegaria de toda la Iglesia ante su Divino Hijo para que Él, sublimándola en su Corazón, la presente al Padre y nos alcance plena infusión del Espíritu Santo, para ser apóstoles y triunfar en las Empresas de Cristo. Estos son vuestros poderes ante Dios.

         »Pero también lo son ante vosotros mismos, porque aun conservamos vivo el calor del último abrazo que nos dieron y su recuerdo nos urge y nos apremia a recorrer de prisa ese camino eterno de santidad que con su entrega total dejaron abierto para las gentes de España. Ante nosotros mismos, porque nosotros no podemos ser traidores a esa sangre y en el fondo de nuestras almas todos los días se levanta una ardiente oración al Señor pidiéndole que nos conceda gracia para que aquel último abrazo que ellos nos dieron no se rompa jamás por el pecado. Vivid su recuerdo, conservadlo, haced fructificar su sangre; es la herencia suya, es su última voluntad, esa que hace pocos momentos os recordaba vuestro Presidente al leeros la última cláusula del Compromiso de Cruzados.

         »Pero no sólo son vuestros poderes ante Dios y ante vosotros mismos, sino ante los hombres, porque son los mártires los que han ganado la guerra. La lucha era para desterrar las tinieblas del materialismo ateo de nuestra Patria, y las tinieblas sólo las destierra la luz, que fue esa luz magnífica de la fe y la caridad que el Señor encendió en sus almas la que desterró las tinieblas del materialismo de nuestra Patria cuando al golpe de la persecución se quebraron las ánforas de barro de sus cuerpos y brillaron las luces que encendiera la gracia en sus almas generosas.

         »Son vuestros poderes ante los hombres, porque la sangre de los mártires es vuestro más preciado título para trabajar en el apostolado y que todos cooperen a vuestro afán a que nadie se oponga, porque oponerse equivaldría a renegar del momento más heroico de la vida de España y de sus hijos más nobles; los mártires y héroes.

»No os olvidéis vosotros de los mártires ni consintáis que España se olvide de ellos. No pongáis la luz bajo el celemín, sino en lo alto del candelero, a fin de que alumbre a todos los de la gran casa hispánica que el Señor ha repartido por todos los continentes. Es la gran lección que el Señor se digna a dar a nuestro siglo por medio de España, porque cuando sólo se fía en la fuerza y en el poder de la materia, el Señor demuestra que nada tan fuerte ni tan grande como la fe y la gracia de Dios por nuestro Señor Jesucristo» . 

 


Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Espiritualidad
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