Mi?rcoles, 29 de julio de 2009

Información enviada por Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colaborador en la redacción de la Positio super virtutibus del Siervo de Dios y Vicespostulador de su Causa de Canonización. 

MANUEL APARICI Y LOS MÁRTIRES DE ACCIÓN CATÓLICA
LÁPIDA EN MEMORIA DE LOS MÁRTIRES
MIEMBROS DEL CONSEJO SUPERIOR DE LOS
JÓVENES DE ACCIÓN CATÓLICA

  

«En ellos honraba la Juventud a los 7.000 mártires de la misma
que dieron testimonio de la fe de España en Cristo»
(Enrique Pastor, Presidente Nacional de la J.A.C.E.
SIGNO de fecha 6 de mayo de 1951). 

 

         A primeros de mayo de 1950, siendo EL Siervo de Dios estudiante de Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, Facultad de Teología, sacerdote pero no Consiliario Nacional, si bien ya tenía indicación de sus superiores de terminar cuanto antes sus estudios, se descubría en la Sala de Juntas del Consejo Superior de los Jóvenes de Acción Católica Española «una lápida en memoria de los miembros del mismo que dieron su vida en defensa de Dios y de España», 21 en total: cuatro Consejeros, ocho Decanos, ocho Propagandistas y un Vocal.

         Se cumplía así el acuerdo que once años antes se había tomado (cuando el Siervo de Dios era Presidente Nacional) de erigir esta lápida que recordara el sacrificio y el altísimo ejemplo que dieron 7000 mártires.

         Muchas fueron las personalidades que asistieron al acto.

         «A las siete y veinte llegó al Consejo el Emmo. Sr. Cardenal Primado y Arzobispo de Toledo, Dr. Pla y Deniel, acompañado del Excmo. y Rvdmo. Sr. Dr. D. Zacarías de Vizcarra, Obispo Consiliario General de la Acción Católica Española, y el Rvdo. D. Alberto Bonet, Secretario de la Dirección Central. Asistieron, además, el Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias, monseñor Sagarminaga; el Rvdo. D. Manuel Aparici y José María Mohedano, ex-Presidentes Nacionales de los Jóvenes de Acción Católica; don Mariano Vega, Secretario del Vicariato General Castrense; representaciones de las cuatro Ramas de la Acción Católica Española; familiares de los mártires, entre los que se encontraban el R. P. José María de Llanos, S.J. y la señorita María de Pablos, prima de Antonio Rivera, “El Ángel del Alcázar”; don Federico Silva, Secretario del Círculo de Jóvenes de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas; don Manuel Vigil, ex-Director de SIGNO; Consejo Superior en pleno; Consejo Diocesano de Madrid-Alcalá, con su Presidente, Manuel Utande; decanos del Consejo Superior; superiores de órdenes religiosas, algunos de ellos que fueron maestros de los mártires; redacción de SIGNO en pleno; Ángel Ayala, ex-Presidente Diocesano de Madrid-Alcalá, representaciones de diversos Centros madrileños y gran número de personas.

         »Se celebró en primer lugar, un acto eucarístico en la capilla del Consejo, oficiado por Mons. Vizcarra. Seguidamente comenzó el acto bajo la presidencia del Sr. Cardenal, Mons. Vizcarra, don Alberto Bonet y el Presidente Nacional de los Jóvenes de Acción Católica, Enrique Pastor.

         »Habló éste en primer lugar» [1].

         1.      Palabras de Enrique Pastor,  Presidente Nacional de los Jóvenes de A.C. 

         Manifestó el doble sentido, triste y gozoso, de la celebración, así como su simbolismo, ya que en los del Consejo honraba la Juventud a los 7.000 mártires de la misma que dieron testimonio de la fe de España en Cristo. El orador destacó luego la influencia de estos jóvenes en la historia de la Asociación, que trata de continuar y seguir su ejemplo. 

         «Señor Cardenal:

         »Difícilmente pueden estar las palabras a la altura de lo que hoy conmemoramos. Pero obedientes a la voz del Espíritu Santo, que nos exhorta a “que los pueblos publiquen la sabiduría de los santos y la Iglesia pregone sus alabanzas, pues sus nombres vivirán por los siglos de los siglos”, me atrevo a unir mi voz en este acto a la voz de la Iglesia, que siempre les dedicó una fervorosa devoción, poniéndolos por intercesores en sus súplicas y dedicándoles honrosas festividades.

         »La que hoy celebramos tiene una raíz dolorosa en atención a nuestra humana flaqueza. El desgarro de la separación es irreparable. Pero es, sobre todo, una fiesta de triunfo, como puso de relieve ya hace más de diez años en una solemne oración fúnebre vuestro egregio antecesor de grata memoria, el Cardenal Gomá, y de doble triunfo, el triunfo personal de nuestros mártires y la victoria de la Iglesia, que en ellos ha encontrado a la vez corona triunfal y prometedora simiente.

         »La fiesta de hoy, además, es fiesta íntima. La grandiosa legión de nuestros 7.000 mártires está representada en 21 jóvenes que durante doce años difíciles y fecundos trabajaron con entusiasmo y fidelidad a las órdenes de la Jerarquía desde el puesto más alto y comprometido para encender en los pechos juveniles españoles la lumbre del apostolado.

         »Un tercer aspecto tiene esta fiesta: que quiere ser una gran acción de gracias al Señor que, manifestando sobre nosotros una providencia sangrienta, nos ha ungido con la señal del Cordero y ha colocado sobre nuestra puerta su letra, la tau, que nos librará de la muerte. Podemos pensar que estos jóvenes preclaros cayeron víctimas del odio, que fue ese odio cruel que la Humanidad se tiene a sí misma, ese odio blasfemo con que la Humanidad quiere librarse de Dios, el que tronchó sus ímpetus juveniles. Ciertamente con frase de poeta, “¡El que ellos hiciesen el bien sin recompensa era, en verdad, cosa intolerable!”. Pero hemos de considerar más bien las palabras del Señor: “¿No se venden dos pájaros por un as y, no obstante, ni uno de ellos caerá en tierra, sin que lo disponga vuestro Padre? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”.

         »Sólo, pues, porque el Señor levantó su mano y escogió a los mejores; sólo porque llamó a sí a los predilectos; sólo porque quiso colmar con su premio a los que estaban colmados con su benevolencia; sólo porque los amaba, porque fue fiel a su amor, hizo que se cumplieran en ellos los terribles presagios de aquella hora estremecida.

         »Esta inmensa providencia nos ha guiado durante veinticinco años por un campo espléndido, en el cual no podía faltar la penosa subida a un calvario brutal. Habíamos elegido por bandera y por insignia una cruz de esperanza; habíamos cantado más de una vez un himno de promesas, nos habíamos proclamado con un valor casi insensato discípulos de un Cristo escarnecido, que se presentaba para nosotros como la afirmación rotunda de un mañana mejor. Nos habíamos entregado con toda el alma a la Obra, muy por encima de nosotros, de saciar esa esperanza, de cumplir esas promesas, de apresurar con nuestro esfuerzo el mañana entreviato. Pero ¿era aceptada del Señor nuestra entrega? Esto nos fue contestado un día con un “sí” tan dulce como doloroso. Y nuestra juventud, ya curtida en el servicio del mejor de los señores, no pudo sino sonreír dando las gracias.

         »Hemos quedado aquellos cuya medida no fue encontrada justa el día de la prueba, aquellos cuyos cabellos, siempre contados, tienen que ser exprimidos todavía en el lagar; aquellos cuya tarea está aún inconclusa entre sus manos. ¿No nos ha correspondido acaso un puesto difícil y una tarea dura? ¿No será precisamente la ayuda de aquellos que fueron ensalzados por los que querían humillarlos la que nos alcance un premio que por nuestras fuerzas solas jamás conseguiríamos?

         »Gracias a ellos la Historia continúa. Gracias a ellos conservamos en nuestros labios la sed de martirio y en nuestro corazón aliento para empresas grandes. Gracias a ellos vamos dejando trozos de nuestra vida entre estas cuatro paredes, con la conciencia bien clara de haber vivido  en sus últimas ilusiones terrenas. Gracias a ellos nos sentimos dispuestos cada día con más entusiasmo, y esto es lo más grande de todo, a remover los obstáculos que dentro y fuera de nosotros se oponen a que se haga realidad el sueño que les costó la vida y recuerdo tan sólo la triste realidad asesina.

         »Sr. Cardenal: Podrá parecer que este homenaje que hoy celebramos está ya fuera de lugar. Ha pasado mucho tiempo, al menos para nuestra inquietud juvenil, desde que estos nombres fueron escritos más allá de las estrellas. Durante estos años no fue necesario que en este Consejo se grabaran nombres que todo el mundo conservaba en el recuerdo. Pero hoy, cuando nuestra Obra, al cumplir veinticinco años, se encuentra ante ella con la promesa de una vida dilatada [2], parece oportuno que el mármol perpetúe ante futuras generaciones juveniles el hecho más glorioso de nuestra historia doméstica. Será de hoy en adelante la lápida que Vuestra Eminencia va a descubrir ese recuerdo de familia que proclama a los hijos y a los nietos que sus padres y sus antepasados fueron una raíz y un ejemplo de honor y de heroísmo.

         »Permitidme que para concluir utilice unas hermosas palabras del rey poeta: “Considera, ¡oh Israel! –cantaba–, quienes son los que fueron heridos y perdieron la vidas sobre tus colinas. La flor de Israel ha perecido sobre tus montañas. ¡Cómo han sido muertos los campeones!”» [3]. 

         2.      Palabras de Manuel Aparici 

         Evocó en sentidas palabras el recuerdo de aquellos 21 jóvenes cuyos nombres se han inscrito en la lápida, y con la mayoría de los cuales convivió. Puso de relieve el sacrificio realizado por aquella juventud triunfante y destacó el espíritu de comunidad mística que ha hecho posible la existencia de la Asociación.

         «Eminentísimo y Revenderísimo señor, Excelentísimo y Revenderísimo señor Obispo; dignísimos sacerdotes; señoras, señores; amados jóvenes de Acción Católica:

         »Aunque indignamente, he presidido la época martirial de la Juventud. Por eso me ha invitado el actual Presidente de la Juventud para evocar la memoria de los mártires. Más que evocar su memoria, establecer comunicación de espíritu con ellos.

         »Decía el Presidente que parece un poco a destiempo el acto y, sin embargo, aunque hace once años que se tomó el acuerdo de erigir una lápida en memoria de los mártires en el salón de sesiones del Consejo, el Señor ha querido que ninguno de los que convivimos físicamente con ellos lo cumpliéramos. Y ha sido precisamente esta generación de jóvenes dirigentes, de los que ninguno ha pasado por los azares de la “checa” y de la trinchera, la que ha dado cumplimiento a aquel acuerdo, ya que se consideran fruto de aquella sangre generosa e hijos de la caridad ardiente con que sus hermanos mayores de Obra dieron su vida a Cristo porque su Reino se extendiera en la juventud de España. Homenaje al cual nos asociamos los que con ellos convivimos físicamente, ya que hay un entrañamiento mutuo con los mártires. Ellos, que en su amor por las almas supieron dar su vida que la rindieron en un acto de caridad perfecta, siguen teniéndonos abrazados en el cielo [...]. Ellos nos llevan en su alma, pero nosotros los llevamos en la nuestra.

         »Ya al despedirme de la Juventud para entrar en el Seminario, me hizo decir el Señor que el viento potente del Espíritu Santo de que hablaba Su Santidad Pío XI había hecho entrar nuestra Obra en punta de vanguardia en el santuario del cielo con los mártires y en el santuario de la tierra con las vocaciones sacerdotales.

         »Ellos, los mártires, son nuestro estímulo, nuestro ejemplo. Supieron con su sangre escribir el lema perenne de nuestra Asociación: “Una obra de Dios no muere cuando ha encontrado un hombre que quiere morir por ella”. Eso hicieron ellos.

         »El 16 de junio de 1936 Manolo Llanos escribía al Presidente de su Centro: “Ha llegado el momento de sembrar a Cristo en la calle con la propia sangre”. Y el 18 de noviembre del mismo año, en los altos del Hipódromo, sembraba a Cristo con la sangre suya, haciendo eterno el lema de su vida: “Por la Cruz, más, más y más”, ya que encontraron su cadáver con el crucifijo de Propagandista clavado en el pecho. Y Antonio Rivera, “El Ángel del Alcázar”, cuando estaba postrado en su lecho de herido, después de haber sufrido la amputación de su brazo sin cloroformo, decía a sus hermanos: “Yo me siento mal, pero al Señor le siendo bien”. Y es que Antonio, que se había hecho llaga de Cristo al través de esas mismas llagas que la gracia del Señor abría en su carne, vivía aquel conocimiento de la caridad de Dios que, en frase del Apóstol, supera a todo entendimiento.

         »Pero no nos detengamos sólo en sus vidas. Ellos fueron asociados, como Su Santidad Pío XII, felizmente reinante, decía en la “Mystici Corporis Christi”, a la obra redentora de Cristo.

         »Como el Apóstol, completaron en su carne lo que le faltaba a la Pasión de Cristo por el cuerpo de Él, que éramos nosotros. Fueron como humanidades sobreañadidas a la del Señor por el poder unitivo de la caridad, para acercarnos a nuestro conocimiento la realidad del Cristo Sangrante del Calvario. Y si el Señor dijo: “Ego sum via”, caminos son también todos sus mártires para llegar al conocimiento de esa plenitud de caridad que moraba en el alcázar maravilloso del corazón de Jesucristo.

         »Lleguemos al conocimiento de esa caridad. Decía el Presidente del Consejo Superior recordándonos la frase del Evangelio, que todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, y que no ha de caer ninguno sin que el Padre que está en los cielos lo consienta. Esa providencia amorosa del Señor lo rige todo: vida individual y social, los acontecimientos de la Historia; y Él ha querido que, retrasándose el cumplimiento de ese acuerdo once años, viniera a cumplirse precisamente en las vísperas litúrgicas de la Fiesta de la Invención de la Santa Cruz, de esa Cruz que es emblema de nuestra Obra, y en cuyo tálamo nuestros hermanos se desposaron tiernamente con el Cordero para cooperar con Él a engendrarnos para la vida de Cristo.

         »Se celebra este acto en las vísperas de esta Fiesta de la Invención de la Santa Cruz del Año Santo de 1950, Año Santo en Roma, de esta Roma columna y firmamento de la verdad, que hace seis siglos, por boca de Su Santidad Clemente VI, en la Bula “Unigenitus Dei Filius” nos presentaba cual era el fundamento de ese torrente de gracias que se derrama sobre la Iglesia con la apertura de la Puerta Santa. Cristo Nuestro Señor pudo redimirnos con una sola gota de sangre, de valor infinito por razón de la divina persona del Verbo a la que estaba unida hipostáticamente aquella sangre preciosa. Pero no quiso. Quiso no tener parte sana en su cuerpo desde los pies a la cabeza para como piadoso Padre atesorar para la Iglesia militante un cúmulo de méritos, que si no lo usaran sus hijos les serviría para reconciliarse con Dios. Y a este ingente tesoro de los méritos de Cristo sigue también el cúmulo de los méritos de nuestra Madre la Virgen Santísima y de todos los santos, los méritos también de nuestros mártires. Porque tanta era la caridad infinita –como caridad divina– que encerraba el corazón de Jesucristo, que no le bastaba una boca para declarárnosla, y quiso por eso, al quedar muerto en la cruz, que todo su cuerpo fuera bocas de heridas que nos declaraban su amor. Pero todavía fue poco. Su caridad se derramó sobre todos los tiempos y en todos los tiempos fue asociando hombres que le entregaran sus vidas, que se hicieran llaga con Él para que si, dirigiéramos nuestra mirada en cualquier lugar del tiempo o del espacio, viéramos siempre ese Cuerpo Místico de Cristo llagado y roto con los clavos de sus heridas, que nos repiten la declaración de amor de Jesucristo.

         »Porque este año de gracia de 1950 es, sí, Año Santo en Roma; pero es también el año de la bomba de hidrógeno. Son las dos ciudades de que habló el Águila de Hipona, que están frente a frente. Año de gracia y de salvación, que dice Su Santidad; año de peregrinaciones, pero año también de odios y de injusticias; y sobre todo de esa negrura del corazón humano que se aleja de Dios, brilla esplendorosa la divina misericordia en tanto perseguido. Porque son centenares de Obispos, millares de sacerdotes y de fieles los que hoy, tras el telón de acero, viven en la caridad heroica de nuestros hermanos. Vivamos, sí, en unión con nuestros mártires. A través de ellos entremos en nuestra fe, en el santuario de los cielos; pero tengamos también comunión con los mártires del momento presente, siendo testigos también de Cristo. Eso significa mártir; que muere testigo de la verdad. Y a eso nos ha llamado la Iglesia. A esa misión nos asocia Jesucristo: atestiguar la verdad, a morir todos los días al hombre viejo para que viviendo más y más Cristo en nuestro corazón a través de nuestras obras y de nuestras palabras, se vaya extendiendo por toda la sociedad, viviendo aquella hermandad que le hacía exclamar al real profeta: “¡Oh cuán alegre es ver a los hermanos en unión!; es como el rocío que desciende del Hermón, como el ungüento bueno que desciende desde la cabeza por la barba hasta el gorjal de la vestidura”. Hermandad de los fieles en la Acción Católica y en la Iglesia. Ungüento bueno y rocío de la gracia que desciende desde la cabeza del Pontífice, a través de nuestra amadísima Jerarquía, para llegar por el cuerpo sacerdotal a los seglares de la Acción Católica y a través de ellos, difundirse en todos en todos los ambientes de la sociedad.

         »Esto nos dicen los mártires. Entre mis papeles de aquellos tiempos de Presidente conservo con veneración profunda un ejemplar del “Compromiso del Cruzado”, que firmaban nuestros hermanos ante un crucifijo al ingresar en los Centros de Apostolado de Vanguardia, compromiso que termina diciendo: “Lucho. Venceremos. Acaso moriré. Que lo sepan todos; es por la unidad católica de España a la luz de Roma”. De esta Roma que hoy nos llama con las campanas y pregones del Año Santo; de esa Roma que preside la caridad, en frase del mártir San Ignacio; de esta Roma que es la sede de Pedro, de la que nos viene la luz para caminar entre estas tinieblas de errores y pecados. Y todos los mártires nos hicieron sus albaceas testamentarios. Cerraban el compromiso diciendo: “Si vivo no cejaré en este empeño después de la guerra. Si muero, encargo a todos los jóvenes de Acción Católica que recojan mi sangre y la hagan fecunda” [4].

         »Y en su nombre yo, que por hacer en lo quede mí dependiera fecunda la sangre de los hermanos me entregué al Señor que me llamaba al sacerdocio, os pido a todos, antiguos miembros del Consejo Superior, familiares de los mártires, actuales dirigentes, que, invocando la intercesión de los mártires, sepamos vivir el lema suyo: “Una obra de Dios no muere cuando ha encontrado un alma que quiere morir por ella”». 

         En otra ocasión, en nota manuscrita sin fecha, escribe: 

         «Urge, amados jóvenes de Acción Católica, que pongamos nuestra vista en los mártires [...]». 

         3.      Palabras del Cardenal Primado 

         «Hoy cumplís, amadísimos jóvenes de Acción Católica, el acuerdo que el Presidente de esa época martirial de la Juventud de Acción Católica [Manuel Aparici] tomó de erigir esta lápida que recuerde el santo sacrificio y el altísimo ejemplo que dieron 7.000 de vuestros hermanos, 21 de ellos de este Consejo Superior.

         »Ciertamente el martirio es la suprema jerarquía de la gloria. El ir teñidos con la sangre del Cordero es la más excelsa jerarquía. Por eso en la Santa Misa, todos los días decimos los sacerdotes, después de haber elevado la Sagrada Hostia, que nos dé Dios Nuestro Señor parte con los apóstoles, parte con los mártires. El mártir es un apóstol siempre. La sangre de los mártires ha sido semilla de cristianos. Por eso yo diría que el martirio viene a ser el supremo grado también del apostolado.

         »Jóvenes de Acción Católica quiere decir jóvenes que desean cooperar al apostolado jerárquico de la Iglesia; no hay mayor grado de caridad que dar la vida por bien de los hermanos. Estos 7.000 jóvenes que habían cantado el Himno de la Juventud Católica Española, “ser mártires acaso”, le convirtieron en una realidad, en una realidad fecunda.

         »Acaba de ser exaltado en Valladolid, en el santuario de la Gran Promesa, ese número ingente de mártires sacerdotes, religiosos, seminaristas, encabezados por doce Obispos españoles; acaba de ser también recordada su insigne memoria. Al lado, pues, de estos mártires, de estos mártires Obispos, de estos mártires sacerdotes y aspirantes al sacerdocio, deben figurar también esos 7.000 mártires de los Jóvenes de Acción Católica. Tal vez nosotros, que hemos sido testigos de esta grande epopeya martirial de nuestra España, no comprendamos toda su grandeza. El reproducirse en nuestra España las horas de los primeros siglos, el ver tanta generosidad, tanto derroche de sangre, debía indudablemente merecer que Dios Nuestros Señor, en su infinita misericordia, salvase a España.

         »Este recuerdo de los mártires nos ha de servir de ejemplo. Hay en martirio de sangre, al que debemos estar dispuestos si la providencia de Dios nos llamara a nosotros. Pero hay otro martirio cotidiano; hay el martirio incruento, sí, pero de altísimos méritos, porque, como enseña Santo Tomás, el martirio es un acto que tiene el privilegio de ser un bautismo de sangre; pero hay también este otro martirio incruento, que a veces cuesta más, porque no es un acto producido en el entusiasmo de un heroísmo santo; es aquella negación cotidiana, ese luchar en medio de las dificultades, en medio de la incomprensión, sabiendo incluso que nuestro trabajo no será reconocido.

         »Por eso en vuestros mártires, en los mártires todos de la Juventud de Acción Católica Española –y de manera especial en aquellos mártires del Consejo Superior– debéis ver vuestro modelo.

         »Y debemos pedirles también a ellos que sean los intercesores para con nosotros, para con toda la juventud católica española; que ellos alcancen de Dios Nuestro Señor que sea un verdadero espíritu de la Juventud de Acción Católica, que quiere decir entusiasmo, que quiere decir santa ilusión al servicio de la Jerarquía, que quiere decir participación en ese mismo apostolado ejerciéndole dentro del propio ambiente, entre vuestros compañeros, siendo –como decía el Sumo Pontífice Pío XI– los brazos largos del sacerdote, de la Jerarquía, porque vosotros podéis llegar a ambientes en donde tal vez el sacerdote no puede penetrar.

         »Por eso este acto sencillo ha de ser también el que marque una época en la Juventud de Acción Católica Española. Acabáis de celebrar vuestro vigésimo quinto aniversario. Está ya en su madurez la Juventud de Acción Católica Española. Por eso tenéis insignes ejemplos que imitar.

         »Que ellos sean también vuestros intercesores delante del Rey de los mártires, Cristo Jesús, para un florecimiento continuo de vuestro apostolado fecundo». 

         «Por último, todos los asistentes se dirigieron a la sala del Consejo, donde el Sr. Cardenal procedió al descubrimiento de la lápida. Finalmente se cantó el Himno de la Juventud de Acción Católica. Durante este último acto ocuparon puestos preferentes los familiares de las víctimas, visiblemente afectados y emocionados por el cariño y el recuerdo que toda la Juventud de Acción Católica Española les dedicaba». 

Texto de la lápida 

         «He aquí la lápida con los nombres de nuestros adelantados de la eterna peregrinación –escribe José Vara Finez en este mismo número de SIGNO–. De los que no quisieron esperar hasta la hora compensadora del triunfo y prefirieron ofrecer a Cristo ....., la sombra de su tristeza sobre aquel porvenir humeante de España. Y allí están esperándonos. Y aquí recordándonos que “tempus fugit”, que Dios espera nuestra cosecha –la que ellos entregaron granada y llena de vida, de toda su vida– y que no hay más camino que el de la renunciación y el del martirio. El de la muerte en suma. Muerte a cada día y a cada momento para vivir en Cristo.

         »He aquí la lápida de los 21 nombres de nuestros adelantados en el martirio. Tres cruces la coronan, las tres virtudes teologales. La de la Izquierda es blanca, porque es la fe. La de la derecha es verde, porque es nuestra esperanza, PORQUE ES NUESTRA INSIGNIA, LA QUE LUCE SOBRE LA CHAQUETA, SOBRE EL “MONO” SOBRE EL UNIFORME. La del centro es la caridad. Porque ellos creyeron, esperaron en Cristo y se le entregaron apasionadamente contra el muro de un paredón, en una trinchera, sobre el asfalto de la calle. Por la cruz de la fe sufrieron el martirio y la persecución; por eso la orla ese crismón de laureles y esas palmas ardientemente deseadas y conseguidas luego bruscamente, gozosamente. La segunda cruz es el símbolo del triunfo, porque ellos son la Iglesia triunfante, y por eso se rodea como de un cilicio, ya en dolor: “In hoc signo semper vinces”, la leyenda constantiniana. La tercera cruz es el fruto de nuestra Juventud, suplicada cada día desde las gradas del “Introito”.

         »Y aquí, bajo las cruces que han coronado el calvario del martirio, están los hombres de aquellos 21 hermanos en letras de oro, porque ya han alcanzado la aureola.

         »[...] Que han adquirido para nosotros, ya para siempre, la ternura íntima de la hermandad. 

Tempore quo gladis secuit, pia viscera matris. 

         »He aquí en este verso de San Dámaso –autor también del resto de la inscripción latina–, la narración del martirio, de la persecución, de la sangre que fecunda la tierra como una lluvia primaveral sobre un terreno fosco. 

Intemerata fice, ortempto principe mundi. 

         »¡Gozo del martirio, de la vida que un día, de repente, hemos descubierto como ofrenda para Dios! 

InAeternam petiere domun regnaque piorum.

Sanguine quod propio Christi meruere coronas. 

         »Henos ya ante el coronamiento del martirio, ante la cúpula gloriosa que enlaza las columnas de la sangre y el sufrimiento, que aprieta el ábside de una vida en ascensión constante hacia el Señor. La corona del mártir tiene sangre de Cristo. Espinas de dolor ya sin espasmo ni angustia. Ahora con el gozo de la entrega, con la alegría implorada para nuestra juventud solitaria.

         »Aun queda un ancla descansando sobre el océano blanco del mármol. Un ancla símbolo de la cruz, porque en ellos está nuestra seguridad, según la oración sigue, una de las más antiguas inscripciones que se conservan en las catacumbas, barbecho del martirio: 

In orationibus vestris rogate pro nobis quia scimus vos in Christo. 

         »Y esta última santa palabra no está escrita. Está representada por el pez, emblema eucarístico y primitivo del Salvador, por el que hoy nos unimos a nuestros hermanos en comunión de fervorosas esperas. 

El Consejo Superior de los Jóvenes de Acción Católica Española, a su mártires. – 2-V-50. 

         »Inscripción final. Con toda la sencillez con que seguimos recordando a aquellos hermanos nuestros que ya gozaron de la dicha infinita de dar algo valioso, algo desprendido, algo sangriento para el amor sangrante de Jesús. Y cuatro clavos sostienen el mármol contra el muro, porque cuatro son las virtudes cardinales. El mármol, que es materia de la inmortalidad, de la permanencia, de la gloria y de la luz.

         »Esta es la lápida que la Juventud ha ofrecido a 21 compañeros, recordados ahora cuando la paz ha sido posible porque 7.000 jóvenes consiguieron la paz del Señor».

         Un año después, mayo de 1951, tendría lugar el homenaje nacional a Antonio Rivera y a todos los mártires. A él nos referimos en el capítulo siguiente de la mano de SIGNO [5].

        7.     José María Galán Santos 

        »Nacido en El Escorial, José María Galán empezó sus estudios en el Seminario Conciliar de Madrid, donde permaneció hasta que el Señor le señaló otro camino. Pero fija la idea de su sacerdocio, se dedicó entonces a la enseñanza privada y a las actividades de la Acción Católica como Vocal de Estudios y Propaganda del Centro de San Lorenzo del Escorial y propagandista del Consejo Superior. De su ardiente afán apostólico es buena prueba la revista local “Esto Vir” por él fundada.

        »Pero había en Galán tierra fecunda para la siembra del martirio. Y al entonar las estrofas de nuestro himno, su voz se elevaba ara cantar: “Ser apóstol o mártir acaso ...”. Alguna vez sus familiares notaron este tono de emoción que daba José María al verso, e incluso llegaron a preguntarle por qué lo hacía. “Yo sólo sé por qué”, contestó.

        »Y cuando llegó el momento del martirio, cuando fue sacado de la cárcel de El Escorial para ser asesinado, aún tenía fuerzas para animar a sus compañeros con las palabras de Santa Teresa: “Quien a Dios tiene nada le falta; sólo Dios basta”, o para negarse a abandonar su escapulario, con el que quiso morir: “Me lo puso mi madre”. 

        8.     Luis Ortiz 

        »Cuando  lo  presidía  Enrique  Friend,  llegó  al  Centro de San Jerónimo –levadura de la Obra– un muchacho decidido, valiente, de seguro criterio y gran formación: Luis Ortiz.

        »En el Centro fue indispensable, como en el Consejo Superior, donde era estimado en todo su valor. De Enrique Friend son aquellas palabras: “Se nos fue al Cielo, pero hacía bastante falta en la tierra”.

        »Con los hermanos Miralles, salió un día camino del Guadarrama, donde murió. Y al tiempo de expirar, sobre la montaña que hiende el corazón de Castilla, altar mayor de España, Luis Ortiz, como Francisco Pizarro siglos antes, se ungió los dedos en su propia sangre y trazó sobre su cuerpo caído la señal de la cruz. 

        9.     José Montero García 

        »José Montero venía de Los Luises, la querida Congregación que tantos nombres ilustres nos ha dado, que ha sabido dar su aportación a esta misma lápida que ahora preside el salón del Consejo de Conde Xiquena.

        »De formación universitaria, José Montero estudió Derecho y se dedicó al ejercicio de la abogacía. Pero aquella tarea no era sino puramente formal, obligada como medio de vida. Porque a quien él se entregó con toda la generosidad de su corazón fue a la Juventud de Acción Católica, por la que supo morir. Silencioso, aparentemente retraído, pero de gran vida interior, llevaba en su misma sangre el trascendente fermento apostólico». 

        En el capítulo siguiente se recoge el desarrollo de la ceremonia en memoria de los mártires miembros del Consejo Superior de los Jóvenes de Acción Católica.

[1]  SIGNO de fecha 6 de mayo de 1950.
[2]  «Ya estamos en el año veintiséis de nuestra Juventud –escribe SIGNO de esa misma fecha de 6 de mayo de 1950–. Los veinticinco años anteriores de nuestro jubileo se nos han quedado un poco estrechos para contener nuestra fe ilimitada en el porvenir, nuestra energía para proseguir con igual pulso, con mayor entusiasmo, la Obra que unos muchachos decididos fundaban en 1925.
»A través de todo este Año Jubilar hemos ido recordando los hitos de nuestra historia, repasando las páginas de un libro que todo llevamos en el corazón, porque está grabado con ácido de sangre, de insultos, de odios y de rencores. Donde estas mismas páginas hemos evocado aquellos días con una nostalgia comprensible; aquellos años en que subirse a un tinglado para hablar de Dios a una juventud hosca era dejar el nombre en una lista que un día consumiría el ansia insensata de un bárbaro desquite.
»Desde entonces, desde 1925, ¡cuánta gloria y cuánta sangre para nuestra Obra! El mundo giró mil veces, pero aquellos hermanos nuestros permanecieron en el mismo sitio, como si nada cambiase, porque llevaban dentro el principio de la Inmutabilidad.
»Luego, tras una historia densa –historia de España, historia de la Acción Católica Española– llegó el Año Jubilar, que hemos podido celebrar con paz gracias precisamente a aquellos hermanos que fueron incapaces de sentir el Temor [...]. Y por eso mismo nuestro Año Jubilar ha tenido certeza de tedéum y gozo de aleluya. Porque millares de sacerdotes y religiosos, de hermanos nuestros de la Juventud, ignoraron lo que era la palabra “apostasía” [...]».
[3]  SIGNO de fecha 6 de mayo de 1950.
[4]  Deseo sagrado (1937-1939) escriben los Peritos Teólogos en su Informe (C.P. pp. 9504-9638).
[5]  De fecha 3 de marzo de 1951.


Publicado por verdenaranja @ 22:34  | Espiritualidad
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