S?bado, 15 de agosto de 2009

 
Domingo XX del Tiempo Ordinario
Día 16 de AGosto

 El Alimento para esa vida eterna 

Considerábamos hace poco que Dios nos creó para una vida de relación íntima con las tres personas divinas. Esta vocación es lo verdaderamente propio del hombre, lo que tienen los hombres de peculiar y los caracteriza y eleva sobre el resto de la creación de este mundo.

        Conducidos maternalmente por la Iglesia, al paso de las sucesivas celebraciones litúrgicas, vamos reflexionando sobre esta vida, que es sobrenatural, puesto que no está al alcance de nuestras fuerzas naturales. Sentimos insatisfacción por mucho que logremos de este mundo –nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti, diría Agustín de Hipona–, pero no vemos cómo lograr esa paz del espíritu, ese descanso en Dios que necesariamente anhelamos.

        Como ya recordábamos, san Juan comienza su Evangelio advirtiendo a sus lectores que el Verbo Eterno se hizo hombre y que los hombres que le acogen son hechos hijos de Dios. Esta filiación divina requiere, según explicó el Señor a Nicodemo, un nuevo nacimiento, no a la vida humana sino del Espíritu. El ideal de esta vida en Dios es de hecho, no pocas veces, contrario a un ideal solamente humano. Gran parte de la enseñanza de Jesucristo se centra precismente en establecer la diferencia entre bienaventurados; es decir, los que logran la vida eterna con Dios o bienaventuranza, y los que son felices sólo según este mundo.

        Después de haber predicado el Reino de Dios al que somos llamados los hombres, que no es de este mundo, Jesucristo, como primogénito de los hijos de Dios, muere en redención por los pecados de los hombres. Y al resucitar al tercer día como había anunciado, nos precede en la vida gloriosa e inmortal para la que Dios nos pensó. Una vida que actúa movida por el Espíritu Santo, según hemos considerado a menudo, y que es una permanente relación de cada uno con las personas divinas de la Trinidad.

        Hoy deseemos recordarlo de modo expreso, no vayamos a acostumbrarnos a tan excelsa verdad. Y agradecemos la Eucaristía que Jesús prometió, como nos recuerda hoy la liturgia. Dios nos ama ofreciéndonos el alimento que mantiene y desarrolla la vida sobrenatural para la que nos ha elegido. Así se expresó el Señor ante cuantos le escuchaban cierto día en la sinagoga de Cafarnaún. Sólo con ese Alimento de su cuerpo sería posible vivir plenamente de acuerdo con nuestra dignidad: Si alguno come de este pan vivirá eternamente. Ese Pan, afirma, es mi carne para la vida del mundo.

        ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?, se preguntaban extrañados los judíos. Pero Jesús, sin entrar en explicaciones, no sólo reafirma lo que habían escuchado, sino que asegura que alimentarnos de su Cuerpo y Sangre es la única opción adecuada a nuestra condición: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Sin la Eucaristía, aunque parezca que llevamos una existencia saludable y hasta muy dichosa en ocasiones, no sería, sin embargo, nuestra vida realmente plena, aquella para la que nos hizo Dios capaces y a la que nos invita Cristo. Éste en su Evangelio, la noticia definitiva que nos debía trasmitir y por la que se hizo hombre: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.

        Las palabras de Jesús no admiten otra interpretación: alimentándonos de Él llevamos una vida divina. Una vida que se asemeja más a la del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que a la de las otras criaturas que vemos junto a nosotros en este mundo. Sin hacernos dioses, lo cual sería contradictorio, Dios nos ofrece su misma vida y por eso se comprende la alegría de María, que se siente la más dichosa de las criaturas, pues, el Creador puso los ojos en Ella. Queramos considerar y valorar adecuadamente el hecho de que merecemos la atención de Dios a toda hora. ¿Procuramos ser agradecidos, conscientes de que Dios está sienpre más aún que a nuestro lado?: en El vivimos, nos movemos y existimos, afirma san Pablo.

        Como niños que deben desarrollarse, deseamos alimentarnos con hambre de ese manjar celestial que nos diviniza y fortalece. Y con esa sencillez, que es propia de los pequeños, insistimos sin miedo: Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción, con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

NOVEDADES FLUVIUM


Publicado por verdenaranja @ 22:56  | Espiritualidad
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Comentarios
Publicado por leopldocruzr
Domingo, 16 de agosto de 2009 | 1:33
Jes?s nos dice el que coma mi carne y beba mi sangre permanecer? en m? y yo en el si estamos cumpliendo con sus ense?anzas y con su mandato para que haya esta verdadera uni?n estamos dispuestos a repres?ntalo o nos atemorizamos nuestra propia sombra.
Publicado por leopldocruzr
Domingo, 16 de agosto de 2009 | 17:25
El reino de Dios padre es como una competencia de ciclismo nuestro gran dir?gete que es nuestro maestro Jes?s nos aconseja que vayamos unido para que el esfuerzo sea compartido pero desafortunada mente hay muchos que se quedan del grupo.
Publicado por leopldocruzr
Domingo, 16 de agosto de 2009 | 17:26
Por muchos factores se acaban las fuerzas por falta de entrenamiento el estado de ?nimo es muy bajo o no quieren compartir porque si se unen al grupo de pronto se caen o hace caer a muchos debemos prepararnos para tener oportunidad.