Lunes, 17 de agosto de 2009

Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la Fiesta de San Cayetano
(7 de agosto de 2009) (AICA)


san cayetano 

Querida comunidad de San Cayetano, Querida parroquia de Santo Cristo, Queridos peregrinos:

Para mí es una hermosa alegría poder ser con ustedes peregrino y venir aquí, a agradecer a Dios, por la intercesión de San Cayetano.

Dada las realidades de nuestra diócesis, en el mes de septiembre este Santuario de San Cayetano va a ser parroquia. Por lo tanto tendrán autonomía propia y va a separarse de la Iglesia Madre, que la constituyó, que es la parroquia de Santo Cristo.

Hoy estamos aquí presentes, venimos como peregrinos y seguro que todos tenemos motivos. Motivos para agradecer, motivos para pedir, motivos para hacernos presente. Pero cada uno de nosotros tiene que pedirle al Señor que podamos vivir el espíritu de un fiel creyente, de un fiel cristiano, como fue San Cayetano, a quien tenemos que mirar, tomar, recibir y seguir su ejemplo, su vida.

En los tiempos que vivió nuestro santo, la Iglesia dejaba mucho que desear; había muchos problemas internos; el mundo también estaba muy mal y había enfermedades, pobreza y pestes que laceraban a las familias en todos los pueblos. Y San Cayetano, dándose cuenta del llamado que Dios le hace, dice “estoy dispuesto, porque el Señor me llama y le respondo, ¡aquí estoy! Quiero vivir algo importante, vivir del Evangelio, vivir como los primeros apóstoles de Jesucristo que vivieron todo para el Señor y todo para la Iglesia naciente”

Y San Cayetano se entregó. No murmuró. No criticó. No se peleó. No discutió. ¡Amó! Amó y se entregó. No esperaba a ver qué hacían los demás para después hacerlo él. Él se anticipaba. ¿Por qué? Porque tenía la gracia de Dios, porque Dios lo llamaba y sabía que tenía que dar una respuesta personal. Un llamado personal y una respuesta personal. Así San Cayetano se entregó totalmente a Dios, a la Iglesia y a los hombres de aquél entonces.

A tal punto fue su entrega que después, al final de su vida, estaba en Nápoles y pedía la paz entre dos pueblos que estaban peleando y matándose entre sí: el reinado de España y el reinado de Nápoles. Él no soportaba ver que hermanos diferentes, pero hermanos al fin, se estuvieran peleando por ideologías o por poderes o por vanaglorias o por superficialidades o por egoísmos. Ofreció su vida a cambio de la paz entre los pueblos. Y murió un siete de agosto, en el mismo día que se hizo la paz entre España y Nápoles, en el sur de Italia. ¿Ven?, es un hombre cabal y nosotros tenemos que tomar su ejemplo.

Sabemos que el mundo está loco, anda mal, está por cualquier lado: que los gobiernos, que las políticas, que todas las cosas están tan confusas, con tantas informaciones superficiales que van ronroneando y preocupándonos de manera excesiva. También podemos decir que nuestra realidad es distinta a lo que se nos dice.

Los diversos problemas, como el aumento de precios, la economía, la falta de trabajo en algunos ambientes; sumandos también a la pérdida, que venimos teniendo a lo largo de décadas, de la cultura del trabajo. ¡La hemos perdido, hermanos! ¡Hemos hecho las cosas mal! ¡No sé qué nos pasó, pero algo nos pasó! ¡Aumentó la violencia, la inseguridad, la droga, el paco! Pero no son solamente los niñitos que consumen, sino que siempre hay gente grande que está detrás y que tiene intereses económicos ¡tremendos! Y ahora algunos quieren despenalizar la tenencia de drogas para consumo personal ¡estamos todos locos!

Y así, como otras cosas, me parecen insensatas. ¡Es una barbaridad! Las cosas están bien y las cosas están mal. Pero a las cosas que están mal no se les responde permitiéndole que se sigan haciendo mal. Hay que tener criterio de prevención, hay que adelantarse a los males. Es evidente que estamos viviendo una época tremendamente confusa y dolorosa.

Después todo el tema de esta pandemia de la gripe, que tantas veces azotó y golpeó a otros países, también al nuestro, que mirando rápidamente nos hace decir ¡cuánto dolor hay!, ¡cuánto sufrimiento!, ¡cuánta mentira!, ¡cuántas injusticias!, ¡y cuánta falta de respeto y falta de amor a los demás, a Dios y a la verdad!

Y aquí estamos nosotros: somos fieles peregrinos, somos hijos de Dios, somos cristianos, somos católicos, hijos de Dios e hijos de la Iglesia. Y la esperanza que uno tiene es que cada uno de nosotros, cuando salga de aquí respirando la gracia y recibiendo la bendición de Dios, salga fortalecido, que tengamos paz. ¡Pero esa paz hay que producirla!, ¡entregarla a los demás!, ¡que haya en nosotros una transformación, que no quedemos igual!

¡Si vinimos con mezquindades, que no salgamos mezquinos!

¡Si vinimos con mentiras, que no salgamos mentirosos!

¡Si vinimos con infidelidades, que no salgamos infieles!

¡Que ante el encuentro con Dios, Dios provoque la transformación, la gracia, el cambio que sólo Dios puede producir en nosotros y que sólo nosotros podemos permitirle que lo realice! Porque es un encuentro personal aunque seamos muchos. Las cosas no son mágicas, no nos engañemos. Las cosas son de diálogo, de participación, de encuentro, de admiración y también de compromiso.

El Papa Benedicto XVI en su última encíclica, Caridad en la Verdad, nos dice que todos formamos parte de la familia humana y todos somos familia; y el ser familia no se da por el consenso o por el mutuo acuerdo o por los contratos, somos parte de la familia. Por eso para la Iglesia ninguna persona le debe ser indiferente. Todos nosotros estamos involucrados en esta pertenencia.

Resulta que la familia humana, de la cual nosotros formamos parte, estamos aquí porque hemos sido llamados; ¡porque Dios nos dio el don de la vida!, ¡nos dio la gracia de poder conocerlo!; y ante este tremendo y extraordinario don también hay una vocación y una respuesta.

Aquí el Papa nos dice que la vocación y la respuesta crean responsabilidad. La fe crea responsabilidad. Ser creyentes nos hace ser más responsables, nos hace ser mejores personas; nos hace hacer las cosas bien y nos hace tratarlas con verdad, con justicia, con caridad y con respeto.

Los encuentros, y el encuentro religioso con Dios, a través de estas misas de San Cayetano nos responsabilizan; y cuando volvemos a la vida cotidiana tenemos que mostrar y dar signos de haber entendido.

Mostrar y dar obras, que no son solamente palabras, son obras.

Yo no puedo decir que te quiero si te estoy pisando la cabeza.

Yo no puedo decir que te respeto si soy indiferente a tus problemas.

Yo no puedo decir que te amo si te estoy lastimando e hiriendo.

Las cosas hay que llamarlas por su nombre

Hoy nosotros, que somos pocos pero que con la gracia de Dios podemos hacer mucho, vamos a pedirle al Señor que por medio de San Cayetano nos de la fuerza y el entusiasmo de un amor incondicional a Dios. Y ese amor incondicional a Dios que también sea incondicional el respeto por los demás.

El mismo Papa, en esa encíclica, dice que “hay un sentido de solidaridad”, está muy bien y hay que desarrollarlo. Pero también hay un sentido que hay que desarrollar y no olvidar: la fraternidad; porque somos hermanos somos solidarios y no siempre los solidarios nos tratamos como hermanos. Nosotros tenemos que ser solidarios y fraternos. Vivir en comunión. Vivir en unión.

Pedimos hoy a San Cayetano por nuestra patria, por nuestras familias, que están divididas, lastimadas y agobiadas. Que nunca perdamos la razón de nuestro ser que es la fuerza de nuestra fe y la fuerza de la esperanza.

Dios nos humaniza, nos une y crea en nosotros responsabilidad. Dios está entre los hombres, con los hombres y los hombres tenemos que saber reconocer a Dios. No hay dicotomía. No hay división.

También dice el Papa que Dios debe estar presente en todos los ámbitos.

¡Debe estar en el ámbito económico!

¡Debe estar en el ámbito financiero!

¡Debe estar en el ámbito social!

¡Debe estar en el ámbito personal!

¡Debe estar en el ámbito familiar!

¡Debe estar presente en la cultura!

¡Debe estar presente en los medios de comunicación social!

Debe estar en todos lados y en todos los ámbitos, porque la realidad es que la hemos recibido y nosotros no la hemos creado. Vino de Dios, Dios nos participa y nosotros debemos responderle.

Que San Cayetano nos bendiga a cada uno. Que escuche nuestras intenciones y súplicas; que las transforme según nuestra necesidad y según nuestra capacidad de amor. También le pedimos que nos ayude a responderle. “El Señor golpea y llama y ninguno se mueve”, decía en su italiano San Cayetano.

Cristo llama y muy pocos le responden. Hoy nosotros fieles hijos de Dios y de San Cayetano sabiendo que Dios nos llama, también estemos disponibles a responderle y decirle “¡aquí estoy Señor, habla que yo te escucho; habla que yo te daré a conocer; habla que yo voy a vivir como cristiano!

Que la Virgen nos acompañe en este proceso y que San Cayetano nos bendiga a todos.

Que así sea.

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 20:00  | Hablan los obispos
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