Martes, 18 de agosto de 2009

Artículo de opinión de monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú publicado en el Diario Rumbo Sur (AICA)
(14 de agosto de 2009)

¿PLANETA TIERRA O PLASTILANDIA? 

Hace unos días se publicó una noticia en un diario de tirada nacional acerca de “una isla de basura”* que navega por el océano Pacífico. Lo alarmante de la isla es su extensión y composición. Tiene una superficie semejante a la mitad del territorio de la Argentina. Sí, leíste bien. La composición de aquella formación: fundamentalmente plásticos (botellas, bolsas, cascos, pelotas y todo tipo de descartables, aerosoles, jeringas…). Son materiales no biodegradables. Invito al lector a buscar fotos de esta espantosa formación de desperdicios.

También quisiera hiciéramos un simple ejercicio de imaginación. Si eso es lo que “aparece”, lo que “emerge”, ¿cuánto más será lo que está enterrado en tierra firme? Hay toneladas de basura que cotidianamente se vuelcan en pozos, para luego taparlos. Se los llama “rellenos sanitarios”. Mucha de esa basura es material no degradable y que contamina las napas de agua: pilas, baterías, celulares, carcasas de televisores, de radios, botellas plásticas, bolsas de supermercado…

Hace unas décadas, cuando veíamos en zonas industriales las chimeneas de las fábricas largando mucho humo, identificábamos esas imágenes con el progreso. Sin saberlo, se construyeron —construimos— gigantes con pies de barro. Se vivió —vivimos— en esa especie de ilusión no ingenua de afirmar en los hechos que talar, extraer, volcar, contaminar, no trae problemas, porque la Naturaleza vuelve “sola” a su estado original. Una suerte de imaginación de un Planeta in-destructible, in-agotable.

¿Agua?, “siempre va a haber”. ¿Petróleo?, “hay reservas para rato”. ¿Peces?, “siempre van a estar, se reproducen solitos”. ¿Bosques?, “hay bastantes, ¿qué importa un poco menos?” ¿Montañas?, “hay muchas, qué interesa dinamitar algunas”. ¿Glaciares?, “hay de sobra, y éstos están tan lejos que quién se va acordar si hoy están y mañana no”.

No se quiere —no queremos— percibir la diferencia entre talar con hacha o con motosierra, cavar con pala o con topadora, pescar con anzuelo o con dinamita. Se mantiene una idea de la reacción de la naturaleza como si utilizáramos herramientas del siglo XIX pero le avanzamos con tecnologías del siglo XXI. Algunas alteraciones provocadas al ambiente son irreversibles. El Planeta no es infinito. Así es. Lo que llevó miles o millones de años formarse maravillosamente como equilibrio ecológico, una vez destruido no se recompone con buena voluntad o “maquillaje paisajístico”. La pérdida de biodiversidad al talar bosque nativo, dinamitar glaciares, depredar los mares, no tiene marcha atrás. Ojalá fuera distinto.

El afán industrializador y consumista del sistema económico imperante provoca cambios en la temperatura del planeta, alteraciones en la capa de ozono, derretimiento de hielos llamados eternos, contaminación permanente de agua potable, entre otros males y daños. Y mientras miramos para otro lado, informes científicos inobjetables están siendo sistemáticamente desoídos, tildados de exagerados o desacreditados por empresarios y gobernantes en las últimas décadas. Y un “detalle”: los compromisos de Protocolos Internaciones no fueron suscriptos por todos los países. Es más, los Estados que más calentamiento provocan son los menos interesados en solucionar las consecuencias.

Negligencia, injusticia, ambición, abuso de poder, prepotencia, son los motivos. No hay otros. Frente al límite del Planeta, no se piensa en consumir menos o planificar mejor la energía disponible, sino que se pretende obtener energía de los sembrados, con el riesgo de dedicar menos superficie a la producción de alimentos incrementando su costo, y seguir aumentando las causas del calentamiento global. Necesitamos como humanidad recuperar “racionalidad” en el modo de organizarnos.

El agua vale más que el oro.

La vida más que el dinero.

La humanidad más que el sistema económico.

El Papa Benedicto XVI, hace pocos meses en su Encíclica Social, decía: “La Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo”. (CIV 51)

Los más pobres son los que más sufren la degradación de la naturaleza. Beben agua contaminada, respiran sustancias tóxicas, habitan en lugares inhóspitos para la vida digna. “El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo, y viceversa.” (íd).

Una parte de la humanidad está dislocada, y tiene en sus manos el timón del barco. A esta velocidad y en este rumbo no tenemos un viaje apacible por delante. El afán de dinero y más dinero ha hecho entrar al mundo del Hemisferio Norte en una voracidad consumista. Sin embargo, el Planeta tiene lo necesario para la vida digna de la humanidad, pero no soporta que unos pocos vayan abusando de lo que es de todos, y dejen migajas sucias para el resto. “Por tanto los proyectos para un desarrollo humano integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, sino que han de caracterizarse por la solidaridad y la justicia intergeneracional”. (íd).

Tenemos que ser conscientes de la grave responsabilidad que nos cabe respecto del tiempo presente y mirando hacia el futuro.

El día del amigo se celebra el 20 de Julio por ser la fecha en que el hombre puso pie por primera vez en la Luna y plantó bandera. Reconozco que este motivo para celebrar la amistad siempre me resultó un poco superficial. Propongo ahora que se realice una expedición y que se plante aquella misma bandera en la Isla de la Basura junto a otras de los países que más consumen y degradan el ambiente. La fecha en que esto suceda se la podrá recordar anualmente como día del “no-amigo”, o del perro del hortelano, o del cerdo consumista y depredador.

Escuchemos a los científicos. Escuchemos la voz de la naturaleza, sepamos “leer” lo que nos dice. Escuchemos a nuestros hermanos más pobres. Escuchemos a Dios.


Mons. Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú 


Publicado por verdenaranja @ 23:37  | Hablan los obispos
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