Mi?rcoles, 19 de agosto de 2009

Homilía de monseñor Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero, en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María
(15 de agosto de 2009)
 (AICA)

Solemnidad de la Asunción de la santisima Virgen María 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, el hijo de la Virgen María

 Celebramos hoy la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos. Fue el Papa Pío XII, quien el 1 de noviembre de 1950 definió este dogma. Estas son las palabras que resumen esta fiesta: “la Inmaculada Madre, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”[1].

Con esta liturgia, la Iglesia nos invita a mirar a la Madre de Dios y Madre nuestra. María es la imagen y la primera realización de aquello que todos los fieles, por la gracia de Dios, llegarán a ser. La Iglesia –nos dice el Concilio Vaticano II- ha alcanzado en la Virgen María la perfección”.[2]

Las lecturas de esta Eucaristía no nos dicen nada acerca de la muerte y posterior asunción de la Virgen María, ya que las Sagradas Escrituras no dan ninguna información sobre las circunstancias de este acontecimiento en la vida de Nuestra Señora. En cambio resaltan la maternidad de María en contraste con la realidad del pecado y de la muerte. Ella es la Madre de Dios.

El libro del Apocalipsis, en referencia a esto, nos dice: “la mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro”. Por su parte el Evangelio de la Misa, nos presenta la visita de María a su prima Isabel, en la región montañosa de Judá Allí Isabel recibe a la Virgen con estas profundas palabras: ¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme?

Del llamado que Dios hizo a María para ser la Madre de su Hijo Único, se desprenden todos los títulos y prerrogativas marianas. Como Jesucristo, Dios y hombre verdadero, quiso tenerla a su lado, en Cuerpo y alma; y como podía hacerlo, luego efectivamente lo hizo. Las palabras del salmo de la Misa se pueden aplicar a este misterio: “una hija de reyes, -María- está de pie a tu derecha, es la reina, adornada con tus joyas y con oro de Ofir.

Como decía anteriormente, la fiesta nos invita a mirar a María, modelo de la Iglesia, modelo para cada uno de nosotros, discípulos-misioneros de su Hijo Jesucristo.

Los obispos en Aparecida, nos presentan a María como la primera discípula, y por tanto también la primera misionera, ya que son dos realidades de una misma medalla, que no se pueden separar en la vida de los fieles cristianos.

Cuando les escribí la carta pastoral invitando a la Coronación Pontificia, remarcaba el espíritu misionero de Nuestra Madre María, a través de las escenas que los Evangelios nos presentan de la vida de Ella. Estos pasajes nos dan pistas de como nosotros, que queremos identificarnos más con Jesucristo, y que a la vez queremos poner nuestro esfuerzo para ser sus testigos, debemos aprovechar todas las ocasiones para sembrar el Mensaje de Salvación.

En las Bodas de Caná se resalta ese corazón maternal de María, que ve las necesidades y actúa en consecuencia. Busca la solución de algo material, como es la falta de vino, en su Hijo Jesús: “hagan lo que El les diga”. En la lectura del Evangelio de hoy vemos como María lleva la Alegría a sus parientes, y a la vez se hace servidora. María lleva siempre, no su persona, sino el Consuelo, con mayúsculas, su Hijo Jesucristo. Es a Él a quien debemos poner en el centro, y no tanto nuestra persona, cualidades o virtudes. Es él quien ha empezado la obra buena, y es El quien la llevará a su término. Pongamos a Cristo en la cumbre de nuestra existencia[3], de la vida de los demás, sin excluir a nadie, y de todas las actividades nobles y buenas.

“La misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño. La Iglesia sabe, por revelación de Dios y por la experiencia humana de la fe, que Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a las preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida y de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza. Son las inquietudes que están arraigadas en le corazón de toda persona y que laten en lo más humano de la cultura de los pueblos. Por eso, todo signo auténtico de verdad, bien y belleza en la aventura humana viene de Dios y clama por Dios.”[4]

El Prefacio de la Misa de la Asunción de la Virgen nos invita a rezar a la Virgen Madre Dios, anticipo e imagen de la perfección que alcanzará la Iglesia, recodándonos que Ella es garantía de consuelo y de esperanza para el pueblo que peregrina en la tierra[5]

Los trípticos que se entregará en esta Misa, no buscan ser un adorno más para nuestros hogares, o para nuestros altares familiares, sino una invitación personal a acercarnos, a través de Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa, a su Hijo Jesucristo. Asimismo, éstos deben ir acompañados, con la preocupación y la ocupación de las necesidades, espirituales y materiales, que puedan estar atravesando casa una de las familias, que los reciban.

María está junto a su Hijo, en el Cielo, con una oración antigua, le pedimos a Ella “hable cosas buenas de nosotros” a Jesús. Que hable bien de nuestra querida Diócesis de Santiago del Estero; que nos consiga las gracias que cada uno de nosotros necesita; que nos ayude a ser verdaderos discípulos-misioneros del Consuelo, para llevar a todos, la única solución a todos los problemas, Jesucristo, el Consuelo que acuna entre sus brazos. Así sea.

Notas


1. Cfr. DH 3900-3904. PIO XII, Munificentissimus Deus, 1-XI-1950.
2. CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium, 65.
3. Cfr. MISAL ROMANO, Prefacio La Gloria de María elevada al Cielo, 733.
4. Documento de Aparecida, n.394 

Mons. Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero 


Publicado por verdenaranja @ 22:29  | Hablan los obispos
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