Domingo, 23 de agosto de 2009

Homilía de monseñor Luís Stöckler, obispo de Quilmes para el vigésimo domingo durante el año. (AICA)
(16 de agosto de 2009)

COMER SU CARNE 

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”, discutían los judíos entre sí. La insistencia de Jesús,  quien reafirma lo que había dicho, señala que se trata aquí de una verdad fundamental: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” La Vida eterna es en el evangelio de San Juan el término, cuyo equivalente en los otros evangelios es el Reino de Dios. Es decir, que no pertenece al Reino quien no come la carne del Señor.

En la historia se han presentado, no pocas veces, tendencias de espiritualizar el mensaje cristiano y dar a los signos exteriores solamente un valor simbólico. El mismo evangelio de San Juan ya es una respuesta a una corriente que consideraba todo lo material como corrupto y que por lo mismo no aceptaba tampoco que Dios se haya hecho realmente hombre. La Iglesia, en cambio, siempre ha afirmado la encarnación real del Hijo de Dios. Por eso la Eucaristía es el núcleo central de sus asambleas; en ella se prolonga la encarnación y está presente Jesucristo en su naturaleza divina y humana, con su alma y su cuerpo, con su carne y su sangre

Al acercarnos al altar y recibir la comunión expresamos nuestra fe en la doble presencia de Cristo: en el pan consagrado y en la comunidad; recibimos su cuerpo sacramental y somos su cuerpo místico. El apóstol Pablo nos habla de este pan diciendo: Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan (1 Corintios 10, 17). Solo reciben el cuerpo de Cristo quienes ya lo son. Sobre esta relación insoslayable entre eucaristía y comunidad y su implicación en nuestra vida,  hace San Agustín la siguiente reflexión: “Nosotros recibimos ahora un alimento visible; pero una cosa es el sacramento y otra muy distinta la virtud del sacramento. ¡Cuántos hay que reciben del altar este alimento y mueren en el mismo momento de recibirlo! Por eso dice el Apóstol: Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y de beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación (1 Corintios 11, 28-29). ¿No fue para Judas un veneno el trozo de pan del Señor? Lo comió, sin embargo, e inmediatamente que lo comió entró en él el demonio. No porque comiese algo malo, sino porque, siendo malo él, comió en mal estado lo que era bueno. Estén atentos, hermanos; coman espiritualmente el pan del cielo y lleven al altar una vida de inocencia. Antes de acercarse al altar acuérdense de lo que dijeron: Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. ¿Perdonas tú? Serás tú también perdonado. Acércate con confianza que es pan, no veneno. Pero examínate para ver si es verdad que perdonas. Pues, si no perdonas, mientes y tratas de mentir a quien no puedes engañar. Puedes mentir a Dios, lo que no puedes es engañarlo” (Comentario al evangelio de San Juan 26, 11).

Entendemos así que nuestra participación en la Santa Misa no es una formalidad legalista, sino constitutiva para nuestra vida. El Señor, al asumir nuestra condición humana, la ha sanado, y nos ha manifestado cómo debemos vivir en nuestra interioridad y  como miembros de la comunidad. Al recibirlo dignamente, nos hace capaces de seguir su ejemplo; porque nos asegura: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.”  Como San Agustín en aquel entonces, invita la Iglesia también hoy: “¡Vean lo que reciben, y reciban lo que son!”

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes 


Publicado por verdenaranja @ 21:02  | Hablan los obispos
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