Domingo, 23 de agosto de 2009

Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, para el XX domingo durante el año. (AICA)
(16 de agosto de 2009)


“Que tu comida me de vida Señor”  

Seguimos meditando, como hace dos domingos, el discurso del “Pan de Vida” (Jn. 6, 51-59) que hoy se presenta explícitamente en términos sacramentales: Carne y Sangre de Cristo dadas en alimento a los hombres. El libro de los Proverbios (Pr. 9, 1-6) anticipa esta figura en la forma de una matrona, la sabiduría, que invita a un banquete a los más desprovistos de ésta: los jóvenes inexpertos y los ignorantes. “Vengan a comer mi pan y el vino que he mezclado” (Ib. 5). El pan y el vino son sinónimos de la sabiduría entregados a los invitados como consejos y obras sabias. Permite que el lector cristiano vea en la sabiduría -como insinúa la liturgia del día- una prefiguración del pan y del vino eucarístico ofrecido por Cristo a todos los creyentes.

Al afirmar Jesús que “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn. 6, 51), manifiesta la intención de llevar el don de sí a los hombres hasta dejarles en comida su carne y su sangre. Es la presencia viva de Jesús, desde su encarnación  hasta su muerte que -como una prolongación mística de todo su ser- se hace presente. La misma carne tomada por el Verbo en su encarnación para ser ofrecida a Dios como oblación en la Cruz continuará siendo sacrificada místicamente en el Sacramento Eucarístico y ofrecida a todos los creyentes como alimento que da vida.

Los judíos se estremecieron ante tal proposición con una justa lógica ¿Puede un semejante comer la carne de otro? Jesús no se retracta. Por el contrario dice y afirma con más fuerza: “os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna…mi carne es verdadera comida y  mi sangre es verdadera bebida” (Ib. 53-55).

Jesús no da explicaciones, sólo afirma y pide la fe. Quien no cree en él, no aceptará el misterio que acaba de anunciar. Y la fe que pide ha de ser una fe viva e incondicional, sin subterfugios ¿Cuántos creyentes que han recibido el don de la fe toman a la Eucaristía con ligereza y superficialidad, inventando sobre ella relaciones que Jesús nunca manifestó o comiéndolo sin tener preparado el corazón o bien simplemente como si fuera un trozo de pan que nos brinda amistad? Pero esto no es lo que Jesús nos manifestó.

La Eucaristía es el Cristo vivo que cumple su promesa: estaré con vosotros hasta el fin. Hay que postrarse ante Él, pedir una fe viva, profundizar en la oración las palabras del Señor, adorar su Sacramento, comer de Él con temor y temblor y con el corazón lleno de amor. Y entonces después de haber comido y bebido, comprenderemos las palabras del Señor: “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y  yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre. Del mismo modo el que me come vivirá por mí” (Ib. 56-57).

La Eucaristía está destinada a nutrir al cristiano, para que esté siempre unido a Él, para que pueda “imitarle” y “servirle” en el camino de la vida, para que pueda tener el corazón lleno de su amor y amar como Él nos amó. Ya no vivimos para nosotros mismos sino para Cristo, y en Cristo vivimos para los hermanos y para la vida eterna. La Eucaristía es la fuerza de la justicia, del amor y de la paz en el corazón del hombre y que se difunde al mundo en el que vive, a su ambiente y a su vida cotidiana. Solo así podremos los cristianos -los que creemos que Cristo habita en nosotros por la Eucaristía- ser en el mundo testimonios vivos de la realidad inefable del misterio eucarístico. La Palabra se hace carne y vida en nosotros por el misterio de Cristo que viene a vivir en nosotros.

Que María, Virgen y Madre, nos acerque a Jesús Eucarístico con amor y con fe.

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo Puerto Iguazú 


Publicado por verdenaranja @ 21:07  | Hablan los obispos
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