Martes, 25 de agosto de 2009

Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, en la misa por las Fiesta Patronal Diócesis de Puerto Iguazú. (AICA)
(23 de agosto de 2009)

FIESTAS PATRONALES 

En primer lugar quiero referirme al acontecimiento de gracia que significó para Misiones la creación de la Diócesis de Oberá y que implicó para nuestra diócesis de Puerto Iguazú una redistribución jurisdiccional. En la víspera de la consagración episcopal de Monseñor Arenhardt dirigí por correo cartas a las comunidades que pasaban a formar parte de la nueva diócesis: las parroquias de San Vicente de Paul y de San Juan Neuman de San Vicente y la parroquia de Cristo Rey de El Soberbio. En esta misa entregaré personalmente una carta de bienvenida a representantes de las comunidades eclesiales de Puerto Rico y Capioví que se incorporan a la diócesis. A estas comunidades quiero decirles que son ustedes bienvenidos y que los recibo con gran alegría y gozo. La providencia del Señor hace que hoy formemos parte de la misma familia.

Hoy la liturgia nos remite a la figura de la Santísima Virgen. El libro del Apocalipsis nos habla de un gran signo: “una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza (Ap. 12, 1) y más adelante nos dice que “la mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones” (Ap. 12,5). La Primera Carta a los Corintios nos dice que Cristo resucitó y que todo fue sometido bajo sus pies. La salvación y el designio de Dios tuvo lugar por la fe de una mujer, una adolescente casi, que permitió en la fe que se hiciera realidad el proyecto de Dios. En el Evangelio de Lucas  resuena con fuerza el “feliz de ti por haber creído que se cumpliría lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc. 1, 45.1tra ido que desde mprometidas que tratan de ayudar bra sino dar incluso de lo que necesitan.). He aquí el paradigma de la salvación: por un lado el anuncio de la Palabra, la iniciativa amorosa de Dios y por otro la respuesta libre en la fe, la colaboración generosa a la gracia, que hacen posible la obra de Dios en el mundo.  

Nos hemos reunido en la casa de la Virgen con ocasión de la fiesta patronal diocesana. Nos acompañan dos advocaciones marianas: la imagen de la Patrona de la Diócesis, Santa María del Iguazú, y la imagen de Nuestra Señora del Carmen, Patrona de la ciudad de Puerto Iguazú, ya que en Julio no pudimos celebrar públicamente su fiesta por el tema de la gripe. Hoy providencialmente ambas imágenes nos acompañan en este día en que también quiero proponer el comienzo oficial en la diócesis del Año Sacerdotal que la iglesia católica vivirá en todo el mundo durante el año 2009 y hasta junio del 2010.

Qué mejor oportunidad para iniciar el Año Sacerdotal que a los pies de la Virgen, pidiendo por las vocaciones sacerdotales, pidiendo perdón por la fragilidad de quienes hemos sido llamados a tan grande vocación y al mismo tiempo pedir por la santidad y los frutos de nuestro sacerdocio. El Papa Benedicto XVI en su carta a los sacerdotes pide una clara consagración a Dios y un fuerte testimonio evangélico en el mundo. Para esto hace falta un Sí libre y generoso de parte del sacerdote a imitación de la Virgen María, pero también es necesaria mucha oración de parte del Pueblo al que ellos tienen que servir. Así como la Virgen  acompañó a Jesús a lo largo de todo su ministerio, así los fieles deben acompañar y cuidar a sus sacerdotes, deben respetarlos y amarlos. Es providencial que el Santo Padre nos llame a todos a revalorizar la importancia de la misión del sacerdote, misterio de la presencia real de Cristo en la Iglesia y en la historia. Y esto es así porque sin sacerdote no hay Eucaristía y sin Eucaristía no hay Iglesia. A veces escuchamos que algún sacerdote deja el ministerio. Yo les digo que cada vez que un sacerdote abandona su ministerio es la iglesia la que sufre, es la Iglesia la que –de algún modo- se marchita. Todo el Pueblo de Dios es responsable de sus sacerdotes. Cada sacerdote es ciertamente el primer responsable de cuidar su propia vocación, pero también a cada fiel se le pedirá cuentas de cuánto cuidaron a sus sacerdotes, de cuánto rezaron por ellos, por su conversión, por su fidelidad y por su santidad. Así como también Dios pedirá cuentas a todos aquellos que alejaron a un sacerdote de su oficio sagrado.   

La Virgen María al decir Sí al mensaje del ángel se convirtió en la madre de Cristo,  el sumo sacerdote. El plan de Dios en la Encarnación se armonizó con el Sí libre de la Virgen y allí se gestó la salvación del mundo. A partir de ese Sí de la Virgen, la maternidad de María y el sacerdocio de Cristo se unieron en íntima relación. A partir de allí María está íntimamente unida al sacerdocio ministerial instituido por Jesucristo en su Iglesia. María es Madre de todos pero lo es de un modo especial del sacerdote ministro. Por esta razón es que hoy, delante de la Virgen Madre, queremos dar comienzo al Año Sacerdotal. También hoy los sacerdotes de la diócesis renovarán sus promesas sacerdotales y el Pueblo de Dios –delante de la Virgen- se comprometerá a cuidar a sus sacerdotes, al tiempo que consagrarán a ella sus propias vidas. 

La Virgen Santísima desempeñó su papel de madre no sólo en la generación física de Jesús, sino también en su formación moral. En virtud de su maternidad, educó al niño Jesús de modo adecuado para su posterior misión sacerdotal. ¿Quién mejor que ella podría iluminar hoy a los ministros de su Hijo, para que descubran las riquezas de su sacerdocio y para actuar en conformidad con su misión sacerdotal?

María fue asociada de modo único al sacrificio sacerdotal de Cristo, compartiendo su voluntad de salvar el mundo mediante la cruz. Ella vivió la cruz. Ella estuvo al pie de la cruz. Ella fue la primera persona y la que con mayor  perfección participó espiritualmente en la oblación de Cristo sacerdote. Por eso es que Ella puede acompañar a los sacerdotes y otorgarles la gracia necesaria para responder desde la oblación espiritual que el sacerdocio implica. Sobre todo puede otorgarles la gracia de la fe, de la esperanza y de la perseverancia en las pruebas para participar más generosamente en la ofrenda redentora que realizan cada día con sus propias manos en la Santa Eucaristía.

En el Calvario Jesús confió a María una maternidad nueva cuando le dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn 19, 26). Allí María era designada madre de todos, pero de un modo especial madre del sacerdote, madre de Juan, el discípulo amado. Jesús dijo a Juan: "Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 27). En su evangelio, Juan subraya que "desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Es decir que el discípulo respondió inmediatamente a la invitación de Cristo y tomó consigo a María. Para todo sacerdote, acoger a María en su casa significa hacerle un lugar en su vida y estar unido a ella diariamente con el pensamiento, con el corazón, con los afectos y con toda las dimensiones de su ser.

¿Qué debe pedir el sacerdote a María? Sobre todo la gracia de saber recibir el don del ministerio con amor agradecido, apreciándolo plenamente como ella lo hizo en el Magnificat. Debe pedir la gracia de la generosidad para entregar su vida a ejemplo de María. Debe pedir la gracia de la pureza y la fidelidad en el compromiso del celibato, siguiendo el ejemplo de la Virgen fiel. Debe pedir la gracia de un amor fuerte, de un corazón que sea capaz de amar con la medida de Cristo.

Todo sacerdote debe tener presente que en las dificultades de la vida y de la vivencia de su sacerdocio, puede contar con la ayuda de María. Les pido de una manera muy especial en este día a mis hermanos en el sacerdocio que alimenten en sus vidas la devoción a María y aprendan de ella las grandes lecciones de fe para vivir el ministerio, para cuidar el tesoro que Dios nos ha confiado y que nosotros llevamos pobremente en la vasija de barro, que es nuestra propia persona. Les pido aquí en este santuario  a todos los fieles que se encomienden a la Virgen, que se consagren a ella, que consagren a las familias y a la diócesis a su maternal amor. Pero sobre todo les ruego que pidan por nosotros, los sacerdotes, para que la Virgen Madre interceda para que podamos obtener las gracias para perseverar en fidelidad, para crecer en santidad y entrega, para el bien de la Iglesia de Iguazú.

El lema de este año de la Colecta Más por Menos organizada por la Conferencia Episcopal Argentina es “Más solidaridad por menos exclusión”. La pobreza material es una realidad que implica muchas exclusiones que siempre terminan menoscabando la dignidad de las personas. Para disminuir la pobreza hacen falta soluciones técnicas, proyectos políticos que busquen las mejores soluciones. Pero sobre todo hace falta más solidaridad. Hacen falta muchos corazones solidarios y generosos, sobre todo en estos momentos en que muchas personas no pueden satisfacer sus necesidades mínimas. Ser solidarios no sólo desde la oración y desde la preocupación, sino desde la generosidad concreta. Próximos a la colecta nacional Más por Menos los invito a que sean generosos ese domingo pero también les pido que desde ya se acerquen cada semana a las sedes de las Cáritas parroquiales para dar, no lo que a cada uno le sobra, sino dar incluso de lo que necesitan, porque compartir significa entregar cosas pero también y sobre todo significa entregarse. Demos de lo nuestro para que otros no se sientan excluidos de la mesa familiar.  

Por último quisiera dedicar unas palabras a los seminaristas. Quiero poner a los pies de María Santísima  todo el proceso formativo de estos futuros pastores: su espiritualidad, su maduración comunitaria, pastoral y académica, la maduración de su personalidad y que crezcan en la capacidad de relacionarse con todo tipo de personas en contacto directo con la realidad. Pero sobre todo pido a la Santísima Virgen la gracia de que los seminaristas vayan configurando poco a poco su corazón a imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Que la Virgen, nuestra Madre, nos escuche, nos proteja y nos bendiga. Amén.

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo Puerto Iguazú 


Publicado por verdenaranja @ 21:47  | Hablan los obispos
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