Domingo, 30 de agosto de 2009

Comentario a las lecturas del domingo veintidós del Tiempo Ordinario publicado en el Diario de Avisos el domingo 30 de Agosto de 2009 bajo el epígrafe “DOMINGO CRISTIANO”

La higiene del corazón

DANIEL PADILLA

Una lectura precipitada del Evangelio de este domingo podría darnos una visión equivocada de Jesús. Los fariseos se quejaron a Jesús de que "sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos". Pero Jesús, llamando hipócritas a aque­llas gentes, les increpó con palabras de Isaías: "Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí". ¿Qué pretende Jesús? Porque parece que los fariseos tenían razón. La más elemen­tal higiene parece exigir, efectivamente, que nos lavemos las manos antes de sen­tarnos a la mesa, algo imprescindible en nuestro contexto cultural. También es algo hermoso observar las buenas cos­tumbres de la tradición, surgidas de la lógica y de la convivencia. Por otra parte, el mismo Jesús observaba las costumbres heredadas. Así, aquel día en que la mujer pecadora lavó sus pies en casa de Simón el leproso. Mientras Simón pensaba temerariamente sobre aquella escena, Jesús le dijo llana y directamente: "Simón, al recibirme en tu casa, no me has lavado los pies. En cambio, esta mujer, desde que ha entrado, no ha cesado de lavarme los pies". Finalmente, en la última cena, con una evocación indudable de los lavatorios judíos, "se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y tomando una jofaina y una jarra, les lavó los pies a sus discípulos". No. No condena Jesús las abluciones. Condena que poda­mos quedarnos en la mera exterioridad de los gestos, sin que broten del interior y lo transformen. Por eso, a la inversa, alabó otros gestos. La actitud humilde del publicano, por ejemplo. Pero no porque estuviera allá, al fondo, sin atreverse a levantar los ojos. Sino porque se sentía, de verdad, pecador. También alabó la diminuta limosna de aquella mujercita viuda -dos moneditas-. Pero, porque retrataban la absoluta "entrega" de aquella "pobrecita de Yavé". Jesús, resu­miendo, quería gestos sinceros, eficaces. Por esa razón defendió a sus discípulos. Quizá fueran un poco descuidados en su figura exterior. Caminantes de caminos polvorientos, no podían ser "árbitros de la elegancia". Pero eran limpios de cora­zón. Pedro, Juan, Felipe, eran niños gran­des, con fuerte dosis de candor. ¿Cómo no iba Jesús a excusarlos? Poco tiempo pasará y un hombre importante, Pilatos, después de ensuciar al máximo su cora­zón condenando a Jesús, pidió solemne­mente un lavabo y "se lavó las manos" ante la vista de todos. ¿He ahí el modelo? No. Fue un gesto externo y teatral, que no le purificó de nada. Un novelista inglés pintó a Pilatos, ya de mayor, levantán­dose cada noche, obsesivamente mor­dido por los remordimientos, para lavarse una vez y otra vez las manos. Es muy dara la moraleja de hoy, amigos. Nuestra reli­gión y nuestra liturgia han mantenido bellos gestos de purificación y de lim­pieza, empezando por el bautismo. Son gestos vivos, ricos en significado, llenos de tradición. ¡Qué expresivos los golpes de pecho al rezar "yo confieso"! ¡Pero sólo si resuenan en mi interior!


Publicado por verdenaranja @ 9:41  | Espiritualidad
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