Martes, 01 de septiembre de 2009

Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, obispo de Orán en la misa en que toma posesión de la diócesis y comienzo a su gobierno pastoral (22 de agosto de 2009) (AICA)


¡Bienvenido al NOA! Así decía uno de los primeros saludos recibidos en aquella mañana del 8 de mayo, en que fui nombrado por Benedicto XVI, obispo de Orán. Eran los seminaristas de Orán que me saludaban a la distancia. ¡Bienvenido al NOA! Fue el primer saludo que escuché cuando llegué a Pilar, para participar de la Asamblea de la CEA. Era un obispo de la región que fraternalmente me recibía. Así comenzaba a crecer en mí la convicción de que venía a una región totalmente desconocida, llena de vida y de dinamismo eclesial, con mucho para aprender y conocer.

¡Qué alegría poder compartir con Uds. esta fiesta! Han sido para todos nosotros tres largos meses de espera recíproca, alentada por la esperanza de este encuentro intenso para comenzar a transitar esta nueva etapa en la vida eclesial de Nueva Orán. Gracias por saberme esperar con ese cariñoso respeto que me permitió concluir feliz mis años de ministerio en Quilmes, con tantos queridos hermanos y hermanas de allí, y a la vez, preparar el corazón para esta misión tan hermosa que la Iglesia me ha encomendado. Como decía hace quince días, Dios miró con bondad mi pequeñez (Cfr. Lc 1, 48), y no obstante ella, me confió el pastoreo de este pueblo maravilloso.

En un día como hoy se me agolpan muchas emociones e ideas en la cabeza. Seguramente cuando uno desea comunicarse, tiene que escoger algunas de esas ideas y poderlas compartir. Yo vengo a hablarles con el corazón. Es el modo que aprendí en mi casa y en mis años de formación sacerdotal. Allí uno se da cuenta que se le pueden escapar las ideas pero alcanza a expresar sus sentimientos a los demás. Así pueden saber Uds. ante quién están: El que les habla, los ama, y quiere compartir con Uds. lo que siente. Vengo a integrarme a una Iglesia, con una rica experiencia de fe, una fe en la que espero nutrirme y crecer como cristiano y como pastor enamorado de su pueblo. Vengo con humildad, con los pies descalzos, como la humildad de Moisés ante la zarza ardiente (Cfr. Ex 3,1-2).

Sé que allí oiré la voz de Dios, que siempre habla al corazón (Cfr. Os 2, 14) del que quiere escuchar y leer sus signos. Vengo con muchos deseos de trabajar junto a Uds. para alentar la esperanza de nuestra gente, para anunciar el Reino presente entre nosotros, para amuchar brazos y esfuerzos en la construcción de una patria justa y fraterna. Sé que tendré que aprender a reconocer ritmos y silencios, a esperarles respetuosamente su tiempo, a, a escuchar con un corazón disponible la voz de Dios en Uds. Un obispo no se puede improvisar. Al querer providencial del Señor, manifestado providencialmente en la designación efectuada por Benedicto XVI, a quien agradezco su paternal benevolencia, se une el trabajo artesanal de su pueblo que me irá ayudando a ser maestro, pastor y sacerdote. Quiero ser fiel a esta vocación dejándome moldear serena pero firmemente en las manos del Señor, que me hablará al corazón, y en las de Uds., presentes desde ahora indeleblemente en mi vida.

Tengo un tesoro que quiero compartirles y es la herencia pastoral que traigo para servirles. Como los pastores con quienes me formé, soy un enamorado de la Iglesia, de su servicio al hombre y a los pueblos, de su pasión por evangelizar. Por eso quiero ser un obispo caminador, que visite a su gente, que nunca se canse de buscar el modo creativo de llegar a los más lejanos en la geografía o los alejados por las circunstancias de la vida, de honrar la vida como Pablo y decir con él, “¡Ay de mí si no evangelizara!” (1 Cor 9,16).

Le quiero pedir a Dios en esta tarde, que pueda ser un pastor franco y transparente, frontal y respetuoso con la verdad. No esperen de mí las vueltas de las medias palabras, las respuestas evasivas ni los artilugios diplomáticos. No es lo mío. No debe ser lo mío. Me gusta llamar a las cosas por su nombre, decir lo que pienso, jugarme limpiamente por lo que creo, confrontar con respeto y gallardía, escuchar y aprehender la verdad en los otros, reconocer y aceptar los propios errores, volver a empezar allí donde erré. Sólo Dios no se equivoca. En su gracia me confío. Como aprendemos en los retiros, “la Iglesia somos todos”  y por eso, deseo contar con todas las instancias de diálogo y consejo que en su sabiduría la Iglesia ha establecido, la palabra fraterna y bien intencionada de los presbíteros, con quienes estamos llamados a integrar una comunidad apostólica, poniendo juntos la mano en el arado, aprendiendo unos de otros. Y también quiero escuchar a los religiosos y los laicos, presentes en los Consejos parroquiales y diocesanos, en los distintos servicios de la catequesis, la liturgia y la caridad.  Les pido a todos, sacerdotes, diáconos, religiosas y laicos, que me ayuden a escuchar esas otras voces, silenciadas en la sociedad, la voz de los pobres, de los descartados por un sistema cruel e injusto; la voz de los desilusionados, de los que han quedado tendidos en el camino. Voces que esperan a tiempo, la suave pero firme presencia de la Iglesia samaritana, llamada a ponerlos de pie.

Quiero construir sobre roca por eso, renuevo mi fidelidad a la Palabra del Señor, siempre viva y eficaz, al Magisterio de la Iglesia en todas sus dimensiones, proclamado con pasión y audacia evangélica en el Concilio Vaticano II, al sagrado camino de la Iglesia latinoamericana, en sus pronunciamientos de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. Quiero navegar mar adentro (Lc. 5,4) con la Iglesia en la Argentina y renovar mi compromiso de vivir afectiva y efectivamente esa colegialidad episcopal, ante todo con los obispos de esta maravillosa región, y con todos los obispos de Argentina. Pero además, deseo en esta celebración reiterar mi gratitud a mis predecesores, en la persona de Mons. Cargnello y de Mons. Lugones, quienes han sabido darse generosamente y por amor a la tarea de pastorear Orán. ¡Gracias, muchas gracias! Hoy tenemos el testimonio de ello en el Plan Pastoral Diocesano que expresa esa búsqueda de crecer unos junto a otros, de proponernos metas posibles, de dar la vida día tras día para que la evangelización pueda llevarse a cabo. Con este valioso instrumento de la comunión, seguiremos trabajando y profundizando nuestra misión.

Gracias queridos sacerdotes de Orán, diocesanos y religiosos, por su servicio fiel y fecundo, por estos meses donde se han sabido prodigar para hacer presente a la Iglesia, aún en circunstancias dramáticas como el alud de Tartagal. Los necesito para celebrar juntos nuestra identidad común de discípulos y misioneros de un Reino que no es sólo para nosotros, sino para todos. Comenzamos hoy con Uds. una nueva etapa, llena de los desafíos que ella conlleva, pero en la certeza de que podemos animarnos y sostenernos unos a otros, que estamos en aquella misma barca que de la mano de Jesús sorteó la tempestad. No hay problema humano, no hay tensión eclesial, no hay dificultad material que se resista al poder del amor de Cristo. Sólo Él tiene palabras de vida eterna (Jn. 6, 68), y nosotros hemos venido, obispo y presbíteros, para decirlas en su nombre. 

Gracias queridas religiosas que están en las distintas áreas de la misión, en la catequesis, en la caridad, en la educación, con los aborígenes, con los pobres de nuestra diócesis, a través de la oración contemplativa o en el andar comprometido y firme entre nuestra gente. Como María, saben llevar la alegría y la esperanza del evangelio como visitadoras de Dios, no como colaboradoras circunstanciales del anuncio del Reino sino con  todos sus dones, en la primera fila de la entrega. El sí de su consagración nos revela a  la Iglesia virgen y madre, que ama al Señor, y en él a cada hombre y mujer, a cada pobre, hasta dar la Vida.

Gracias queridos laicos de las parroquias, comunidades eclesiales y movimientos apostólicos. Uds. están llamados a hacer visible a la Iglesia en todos los ambientes donde el Evangelio debe ser proclamado a tiempo y a destiempo. Uds. son esos evangelizadores que Cristo ha convocado para trabajar en su viña (Lc. 20,9).

Una palabra en particular quiero decirles a los padres y madres de familia. Es mi deseo, acompañarlos desde este mismo momento para trabajar mucho, junto a Uds., por sus hijos, por la vida, en la tarea de educarlos. El sagrado evangelio de la vida vibra en Uds. convocados para formar el hombre y la mujer nuevos. No se achiquen ni se dejen tentar por aquellas propuestas que los quieren mostrar frágiles, incapaces, impotentes frente al vendaval de los acontecimientos y las circunstancias sociales, culpables finalmente de todo. ¡Uds. son muy importantes! ¡Uds. son, por gracia de Dios, imprescindibles! La verdad que no digan, el ejemplo que no trasmitan, el valor que no comuniquen, nadie lo podrá hacer. Como obispo me pongo al servicio de la vida y por eso, de todos Uds. ¡Anímense, sean fuertes en el Señor! Cuando vuelvan a sus casas, díganles a sus hijos, chicos o grandes, que el obispo los ama y cuenta con ellos, que los espera en las parroquias, en las comunidades, en las escuelas, en las luchas de cada día. ¡Y allí estaremos! Los padres, los educadores, los sacerdotes, los religiosos, el obispo.

Queridos jóvenes, la Iglesia está con Uds. en el crecimiento personal y en el camino de la fe. Los conoce y los ama, sufre con Uds. los embates de sectores e intereses contrarios a la vida, mercaderes que lucran con la salud y el porvenir de Uds., que banalizan el amor y lo hacen aparecer como un mero ejercicio irresponsable de los instintos, sin tener en cuenta al otro. Queridos chicas y chicos, Uds. no son el futuro de la Iglesia. Son el ya de Dios para nosotros los adultos. Vengan y caminemos en su presencia. Queremos estar cercanos en sus búsquedas y esperanzas, como Iglesia diocesana, los esperamos, los amamos, queremos servirles. Veo en su grupo a nuestros seminaristas, jóvenes como cada uno de Uds., con quienes comparten un modo de ser y de decir, de creer y de caminar… Los invito a profundizar el sí que dan al Señor desde el día en que comenzaron su formación. Tienen una palabra para decir, un sí fuerte para proclamar desde todas las esquinas. ¡El amor es más fuerte! ¡El amor tiene la última y la única palabra! Tampoco Uds. Deben achicarse ante el temor de pronunciar ese sí para toda la vida. Todos los amores grandes piden ese sí, todas las aventuras hermosas se construyen con un sí apasionado y confiado en la fuerza de Aquél que nos amó primero. ¡No hay otra seguridad que buscar sino el amar sin condiciones!

Queridos aborígenes de mi Iglesia de Nueva Orán. Estoy feliz de ser obispo de esta diócesis, sobre todo por Uds., por la posibilidad de recibir de sus culturas, el apoyo y el amor para ser un buen pastor. Quiero expresarles mi respeto y cercanía, mi amor y mi deseo de servirlos. Como Pedro, les digo: “No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo: En nombre de Jesús, el Nazareno, camina” (Hchs. 3,6). Quiero compartirles la buena nueva de Jesús, consciente de sus luchas, de sus esperanzas y de sus reclamos justos.

Gracias querido Padre Andrés, administrador diocesano: como el buen José cuidaste la vida en esta Iglesia diocesana, a la espera del pastor. Gracias a vos y a tus colaboradores inmediatos por cuidar a las personas y las instituciones eclesiales a la espera de este comienzo. Que Dios premie tu generosidad y la de todos los que han trabajado con vos.

Queridos amigos de toda la vida, queridos quilmeños, amigos y comunidades, peregrinos  en esta Iglesia hermana de Orán, queridos sacerdotes y diáconos, compañeros de camino, desde hoy más que nunca, queridos religiosos, laicos y seminaristas, esperanza de la Iglesia, querido Mons. Stöckler, testigo fiel del Reino entre nosotros, querida Mamá, mujer fuerte y de convicciones como las grandes mujeres de la Biblia, a todos, por haberme acompañado hasta aquí, por hacerme tomar conciencia del valor de esta fraternidad eclesial. Recen a Dios para que pueda ser fiel a la vida que Uds. sembraron en mí. Sin esa fidelidad, la vida no sería vida, el servicio sería una rutina, la misión no comunicaría la alegría del Reino.

A las autoridades públicas aquí presentes, Señor Gobernador, Señor Vicegobernador, Señores Intendentes y representantes de las fuerzas vivas. Escuché con viva emoción las palabras de bienvenida. Quiero recordar en esta tarde aquellos dos principios que acuñó el Vaticano para las relaciones Iglesia-Estado. La autonomía, ya que Iglesia y Estado constituyen organizaciones diferentes, con fines distintos, y la colaboración, que significa la actuación desde la naturaleza que reviste cada uno. Claro está que nos une la pasión por el hombre concreto y el deseo de servir eficazmente al bien común. Y allí debemos estar unos y otros.

Me encomiendo a la protección de María, Nuestra Señora del Carmen, Reina de todo lo creado y de los Apóstoles, para que cada día diga mi sí, pequeño y frágil, confiado y sereno a la obra de Dios.

Pido la intercesión de San Ramón Nonato, el hombre de la Palabra libre que libera, consciente de que no hay fuerza humana, ni nada en el mundo, que pueda frenar el incontenible servicio que asegura al hombre, el Evangelio de la Gracia y la Libertad

 Mons. Marcelo Daniel Colombo, obispo de Orán 


Publicado por verdenaranja @ 23:30  | Hablan los obispos
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