Martes, 01 de septiembre de 2009

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia para el vigésimo segundo domingo durante el año. (AICA)
(30 de agosto 2009)

Vivir la religión con autenticidad 

1. Después de cinco domingos, en los cuales hemos leído la multiplicación de los panes según San Juan y el sermón de Jesús sobre el Pan de Vida, retomamos la lectura del Evangelio según San Marcos.

I. “Las doctrinas que enseñan son preceptos humanos”

2. La lectura de hoy nos trae una escena en que los fariseos y los escribas se quejan a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?” (Mc 7,5). Son hombres archi-religiosos: conocen las Escrituras, practican la religión, pero con frecuencia ponen el acento en lo secundario, incluso en lo superfluo, y no en la sustancia de la misma.

3. En la religión sucede lo que en toda realidad humana. Por ejemplo, en la familia. Junto a lo esencial, se acumulan elementos secundarios, e incluso superfluos. En la familia lo esencial es el amor de los esposos, de los padres y de los hijos. Lo secundario es la casa que alquilan. Y lo superfluo, los muñequitos de los chicos. Lo dramático es que a veces lo superfluo cobra tal importancia que por ello se producen reyertas familiares que dañan la paz del hogar, fundamental para el bien de todos. Lo mismo puede suceder en la religión. Los elementos superfluos a veces acaban por ocultar lo esencial de ella, la deforman e impiden que los hombres lleguen a Dios. De allí la necesidad de la conversión permanente. ¿Qué fue el Concilio Vaticano II sino una moción del Espíritu Santo para que la Iglesia volviese a lo esencial del Evangelio y de la auténtica tradición apostólica? Y, sin ir tan lejos, ¿por qué la Iglesia cada año celebra la Cuaresma sino para que volvamos a lo esencial del Evangelio?

4. En el caso que nos ocupa, los escribas y fariseos daban una importancia excesiva a la pureza exterior: el lavado, de las manos, de las vajillas, de las camas. Por ello, Jesús les recuerda lo dicho por el profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto: las doctrinas que enseñan son preceptos humanos” (Mt 7,6-7; Is. 29,13). Incluso, Jesús muestra cómo, con el pretexto de la religión, caen en la antirreligión: “Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios. Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre?’... En cambio, ustedes afirman: ‘Si alguien dice a su padre y a su madre: ‘Declaro ‘corbán’ – es decir, ofrenda- toda aquello con lo que podría ayudarte’… En ese caso, le permiten no hacer nada por su padre o por su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido” (Mc 7,9-13). Tal vez en los comienzos se trató de una costumbre piadosa: “Dios mío, todo lo que tengo es tuyo. De todo te haré ofrenda”. Pero acabó siendo una norma impía: “Papá, lo lamento, no puedo ayudarte. Porque todo lo ofrecí a Dios”. No por nada Jesús les enrostra: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres” (v.8).

II. “Del corazón provienen las malas intenciones”

5. Nadie piense que Jesús despreciase las normas higiénicas. Pero tampoco las idolatraba. Para él, la higiene más importante es la del corazón, porque allí está la verdadera suciedad. Por ello dice: “Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre… Porque es del interior del hombre, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la difamación, el orgullo el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (vv. 15.21-23).

6. De allí, también, que Jesús tome el lavado del cuerpo como símbolo de un lavado interior. Él lavó los pies a sus discípulos como enseñanza postrera de que es él quien nos lava de veras, y de que su discípulo debe lavar la suciedad del hermano. Y mandó el bautismo para el creyente, como símbolo eficaz del lavado del Espíritu Santo.

III. El Bautismo y la catequesis de los niños,
en la reciente carta pastoral

7. Un problema pastoral grave es que hoy muchos hijos de padres cristianos no son iniciados en la fe por ellos, no son bautizados, ni catequizados. Con lo cual, a la mancha del pecado heredado de Adán, añaden pronto la suciedad que les viene del ambiente. Contraen así una hipoteca moral pesada de levantar, que los perjudica para toda la vida. En tal dilación del bautismo intervienen numerosas y complejas causas. Unas, externas a la Iglesia. Entre otras: el fenómeno de la migración interna, que obliga a los padres a debatirse con los problemas de la subsistencia y a descuidar la trasmisión de la fe, la decadencia de la escuela argentina, la perversión de muchos medios que trasmiten descaradamente antivalores, y, en general, la crisis moral de la sociedad. Otras causas provienen de dentro de la Iglesia: teorías que han favorecido la dilación del bautismo de los niños, y prácticas pastorales erradas que dificultan la catequesis de los mismos.

8. Con ocasión de la misión continental, los obispos argentinos acaban de publicar una carta pastoral, de la que me parece oportuno transcribir el párrafo dedicado al bautismo y a la catequesis de los niños: “Es conocida por todos la mayor dificultad que hay hoy en la transmisión familiar de la Fe. En algunas regiones o ciudades, muchos niños llegan a la catequesis sin saber hacer la señal de la cruz y se difiere el bautismo de los niños por variados motivos (NMA 90). Así uno puede encontrar, en algunos barrios no cercanos a un templo parroquial o capilla, muchos niños sin bautizar. Y si no hay bautismo no está el vínculo primero y más simple con la Iglesia que es la pertenencia a ella como una familia (NMA 77). Por eso hay que pensar en cómo encarar una decidida pastoral bautismal, donde la invitación, a partir del anuncio del Kerygma, sea la de ofrecer el bautismo para quien no lo tiene o invitando a no diferirlo por más tiempo en los niños pequeños. La novedad misionera debe estar en agregar a la preparación pre-bautismal, una pastoral post-bautismal, donde la Iglesia haga visible que se hace cargo de los hijos que engendra. Que este camino post-bautismal oriente y acompañe a la culminación de la catequesis de iniciación en la Confirmación y Eucaristía (NMA 73). Esta pastoral bautismal debe atender también la celebración litúrgica del sacramento, donde se experimente de verdad que es la comunidad eclesial quien recibe a sus nuevos miembros. La novedad misionera de esta pastoral con ocasión de la catequesis de iniciación, también está en el desafío de sostener a lo largo de la vida la conciencia de la vocación bautismal de discípulos misioneros, ayudando a desarrollar el potencial misionero que hay en cada bautizado (NMA 76).

Si el objetivo central de la catequesis de iniciación es llevar a las personas a un verdadero encuentro con Jesucristo y a una inserción en la vida de la comunidad, para ello el primer espacio de encuentro con El será el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios, de Jesucristo vivo, en la Iglesia, que es nuestra casa”.

Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia


Publicado por verdenaranja @ 23:39  | Movimientos
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