Viernes, 04 de septiembre de 2009

Desde  Missione Redemptor hominis www.missionerh.it nos participan del siguiente artículo.

"Querido Lector:
Te presentamos un artículo publicado en nuestro Sitio www.missionerh.it:" 

LA CUESTIÓN DEL FINANCIAMIENTO
DE LA IGLESIA (1): SIN PAN NO HAY EUCARISTÍA


El Documento de Aparecida, en el n.º 175, con respecto a la comunidad parroquial, afirma: "Siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración eucarística, ella renueva su vida en Cristo. La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la Parroquia una escuela de vida cristiana".

Uno de los más grandes teólogos del siglo XX, Henri de Lubac, acuñó una famosa frase para subrayar esta relación de mutua inmanencia entre Iglesia y Eucaristía: "La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia".

La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, "prolonga y hace presente el misterio del Hijo de Dios hecho hombre" (Documento de Aparecida, 176). Ahora bien, para que el Hijo de Dios se haga hombre, es necesaria la colaboración del hombre.

Ha escrito Juan Pablo II, en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia: "En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que esta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. ... María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su Cuerpo y su Sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el Cuerpo y la Sangre del Señor. Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el Cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió por obra del Espíritu Santo era el Hijo de Dios (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino" (n.º 55).

El fruto del trabajo del hombre y la Eucaristía

En la Introducción al Misal Romano, hablando de la preparación de los dones, la Institutio Generalis anota que "aunque los fieles no traigan pan y vino de su propiedad, con este destino litúrgico, como se hacía antiguamente, el rito de presentarlos conserva su sentido y significado espiritual. También se puede aportar dinero u otras donaciones para los pobres o para la iglesia" (n.º 73).

En la invocación del celebrante que presenta las ofrendas: "Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre... por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre...", está todo el sentido eucarístico, y por eso, eclesial, del financiamiento de la Iglesia.

En este punto existe una analogía entre el fiat de María a las palabras del Ángel ("Hágase en mí según tu palabra"), con el cual María hace la entrega de su cuerpo al Señor, para que la Palabra pueda llegar a hacerse hombre, y la entrega por parte del hombre del fruto de su trabajo, con el cual él, incorporando en esta realidad toda su obra, su fatiga, su vida, permite que el pan y el vino estén presentes sobre el altar y que, por la acción de Dios unido a su Esposa, la Santa Madre Iglesia, se transformen en Cuerpo y Sangre de Cristo.

Así como sin el fiat de María, la Palabra de Dios no podía encarnarse, así también sin el pan y el vino, no podemos tener a la Eucaristía, al Dios hecho Hombre, en medio de nosotros.

La Eucaristía es un don de Dios que pertenece a toda la Iglesia, pero llega a ser nuestra Eucaristía, mí Eucaristía, en la comunión con todo el Cuerpo de la Iglesia, en la medida en que yo pongo sobre el altar mi pan y mi vino, fruto de mi trabajo y mi participación para la edificación del Cuerpo del Señor.

Sin esta participación personal y libre, la Eucaristía sería algo que no me pertenece. Ella, para ser mía en el nosotros de la fe de la Iglesia, necesita de mi aporte, mi trabajo, mi fatiga. Sin esta participación personal y libre, la Eucaristía, además de no ser posible, sería algo que no me pertenece.

Por lo tanto, existe una estrecha relación entre la colecta-ofrenda y la Eucaristía.

La colecta se debe colocar en el marco del sentido eucarístico y no fuera de este. Pertenece a la edificación de la Iglesia-Eucaristía, de la Iglesia-Comunión, de la Iglesia-Pueblo de Dios.

Defender la ofrenda de la viuda

Dentro de este ámbito, se comprende que la Iglesia encuentra en la ofrenda de la viuda (cf. Mc 12, 41-44) y en la conversión de Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10) las fuentes de su fundamental y principal sustento.

La tan proclamada autofinanciación de la Iglesia pierde todo su sentido evangélico, si no encuentra sus fundamentos en estas fuentes y en la centralidad del misterio eucarístico.

Con respecto al relato de la ofrenda de la viuda, La Biblia Latinoamericana nos brinda este comentario: "Esta mujer fue la única, entre tantos fieles, que había retribuido a Dios como se merece. Es la personificación de los innumerables pobres que no tienen prácticamente nada y que, sin embargo, se las ingenian para dar algo de lo poco o nada que tienen. El texto se podría traducir: 'Ella ha dado todo lo que tenía, toda su vida' como 'sus recursos'. Solo el pobre puede dar eso mismo que necesitaba para vivir".

De todo esto resulta la sacralidad del dinero donado a la Iglesia, que debe ser administrado y defendido con la pasión que acompaña a los enamorados del Señor.

Nunca tendríamos que olvidar que la ofrenda de la viuda no puede ser mal utilizada o robada, por ninguna razón.

Si la Eucaristía es el pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, que llegan a ser Cuerpo y Sangre de Cristo, entonces, como debemos defender a la Santísima Eucaristía, al mismo tiempo debemos defender esta fatiga, sudor y sangre del hombre, sin los cuales nos faltaría la Eucaristía, fuente y cumbre de nuestra vida.

A los Pastores de la grey del Señor están confiadas la defensa de la Eucaristía y la defensa del pueblo de Dios, que manifiesta su amor en la ofrenda de la viuda.

A este respecto - escuchando la homilía de Benedicto XVI pronunciada en la inauguración del año sacerdotal - se pone a cada Pastor la terrible pregunta: "¿Cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en ladrones de las ovejas?".

Y somos ladrones de las ovejas no solo si robamos personalmente, sino también si, por nuestra cobardía y nuestro ñembotavy, permitimos el robo o el desvío de la ofrenda de la viuda.

E. G.


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