Viernes, 11 de septiembre de 2009

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la misa por el Día de la Vida Consagrada. (AICA)
(8 de septiembre de 2009)

DÍA DE LA VIDA CONSAGRADA 

Queridos hermanos y hermanas: deseo ante todo saludar a todos los consagrados y consagradas de la Arquidiócesis de Rosario en su día, celebrando el feliz nacimiento de la Virgen María.

Este año la celebración asume un significado especial, porque se cumplen los 75 aniversario de la creación de nuestra iglesia diocesana; por ello nos alegramos, ya que muchas congregaciones ya estaban en estas tierras cuando comenzó la diócesis; otras fueron llegando con sus hermanos y hermanas mayores y habitaron con diversas obras en estos pueblos y ciudades de la Arquidiócesis.

Al contemplar la vida y la historia de nuestra Iglesia diocesana, encontramos la presencia de hombres y mujeres que se entregan totalmente a Cristo y a su Reino, mediante la castidad, la pobreza y la obediencia, siguiendo un estilo de vida, y un carisma propio que enriquece la consagración a Dios y al Evangelio.

Todas las lecturas de hoy nos permiten gustar que las promesas de Dios llegaron a su cumplimiento.

La primera lectura, del Antiguo Testamento, anuncia el nacimiento del Mesías haciendo mención de la Madre.: "de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel, por eso el Señor los abandonará hasta el momento en que dé a luz la que debe ser madre…entonces ellos habitarán tranquilos porque Él será grande".

El Evangelio de San Mateo nos muestra que ante la duda de José, el ángel le enseña que todo sucede para que llegue a cumplimiento lo que Dios había prometido.

Todo es esperanza. La esperanza de la venida de Cristo y de que en Él se cumplen las promesas. No obstante, el reino está solo iniciado, en esta vida todavía esperamos, ansiando la llegada d ela plenitud de la redención.

La vida religiosa , ella misma, también es un signo de esperanza. Como nos dice Benedicto XVI en el Mensaje de Aparecida:"... en un mundo que busca ante todo el bienestar, la riqueza, y el placer como objetivo de la vida y que exalta la libertad prescindiendo de la verdad sobre el hombre creado por Dios, ustedes son testigos de que hay una manera diferente de vivir con sentido; recuerden a sus hermanos y hermanas que el reino de Dios ya ha llegado; que la justicia y la verdad son posibles si nos abrimos a la presencia amorosa de Dios ... "(Discurso de Su Santidad Benedicto XVI, 13.V.2007, n º 5).

Por ello quisiera pedir a todos los religiosos y religiosas a renovar la esperanza en Cristo escxuichando la Palabra de Dios, y mediante una comunión profunda en el sacramento que lo hace presente, sabiendo que “Cristo en medio de nosotros es la esperanza de gloria”. Por eso la Eucaristía, manifestación viva de nuestra esperanza, ocupa un lugar primordial y es el centro de la vida consagrada, personal y comunitaria. Jesús se entrega como Pan "partido" y Sangre "derramada" para que todos tengan puesta en Él, la verdadera esperanza.

Nos dice el Papa “Nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar” (Benedicto XVI, Spes Salvi, nº 31).

De este modo, ya en el Bautismo recibimos y empezamos a comprender qué significa el camino de la esperanza, que acrecentamos con la fe, hasta hacerla más plena en la vida consagrada.: esperamos la « vida eterna », la vida verdadera.

En este sentido Jesús nos enseña también qué es la « vida »: « Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo » (Jn 17,3).

Esta vida no la esperamos solo para cada uno, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. La vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces « vivimos » (cfr. ibídem).

La esperanza la vivimos junto con los demás que peregrinamos en esta vida; y en la familia religiosa, vivimos esta virtud conjuntamente con los hermanos y hermanas, llamados a ser un testimonio de esta esperanza; también en la edificación de este mundo en el que estamos, anunciando a Cristo.

Pidamos que los consagrados y consagradas continúen siendo en el presente y también en el futuro, un signo vivo de la presencia del reino de Dios, llevando a cabo su misión evangelizadora. Hoy más que nunca, la fidelidad y el cumplimiento de los consejos evangélicos es una gran esperanza para el porvenir de la Iglesia y también de nuestra Arquidiócesis.

Agradecemos a Dios con profunda alegría su consagración y su presencia en los LXXV años de la vida de nuestra Arquidiócesis, y repito con ustedes como un deseo y una súplica el lema de este año : "Con la Virgen del Rosario, la familia diocesana escucha la Palabra de Dios y misiona".

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 22:19  | Homil?as
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