Viernes, 11 de septiembre de 2009

Missione Redemptor hominis nos participa de artículo publicado en el sitio www.missionerh.it:


LA CUESTIÓN DEL FINANCIAMIENTO
DE LA IGLESIA (2):

LA SABIDURÍA DEL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO


La importancia fundamental de la gestión transparente de los bienes de la Iglesia, de sus ingresos y egresos, está presente en la sabiduría del Código de Derecho Canónico que, por eso, llega a establecer una diferencia entre el Consejo Pastoral y el Consejo de Asuntos Económicos de una parroquia.

En efecto, según el canon 536 § 1, la constitución del Consejo Pastoral en cada parroquia está sometida al juicio del Obispo diocesano, a quien le pertenece también establecer las normas que lo rigen.

Al contrario, acerca del Consejo de Asuntos Económicos, el Código de Derecho Canónico habla de necesidad. Leemos en el canon 537: "En toda parroquia ha de haber un Consejo de Asuntos Económicos que se rige, además de por el derecho universal, por las normas que haya establecido el Obispo diocesano".

Ahora bien, la diferencia expuesta por el Código entre la oportunidad para el Consejo Pastoral ("si es oportuno a juicio del Obispo diocesano") y la obligatoriedad para el Consejo de Asuntos Económicos ("en toda parroquia ha de haber") plantea un problema teológico, acerca del hecho de si la actividad pastoral está subordinada a la económica, o al revés.

Según mi opinión, el Código da una indicación que me parece que va en el sentido de una subordinación de la actividad pastoral a la económica.

Esto, para mí, es de relevante importancia para la vida de la Iglesia, y corresponde a la sabiduría sencilla de una buena ama de casa.

Escuchar a una buena ama de casa

Me permito recordar los primeros años de mi vida. Se sabe que, desde un punto de vista psicológico, los primeros años son los más importantes en la vida de un hombre.

¡Bien!... Yo he nacido pocos meses antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Mi padre, alto e integérrimo funcionario de la Administración del Estado italiano, fue enviado a África como Jefe de la Contabilidad en las colonias italianas. Mi madre quedó sola con tres hijos, y no pudo reunir a la familia con mi padre, como estaba programado, porque estalló la Segunda Guerra Mundial y mi padre fue hecho prisionero por los ingleses.

También el sueldo pagado por el Estado fue reducido al mínimo, y la guerra fue para todos nosotros una prueba terrible, que ha formado profundamente mi carácter.

Cuando llegaba el sueldo mensual, ella tomaba diferentes sobres y en cada uno ponía una cuota del dinero. Los primeros sobres que llenaba eran los destinados a los pagos obligatorios. Por ejemplo, empezaba siempre con el sobre del alquiler de la casa. "Si no pagamos el alquiler - nos decía - ¿dónde vamos a dormir?".

Cuando nosotros pedíamos algo, nuestra madre nos preguntaba de cuál sobre teníamos que sacar la plata y nos ponía siempre frente a una decisión: se compra esto u otro. Y, cada vez, añadía: "No se roba, no se toman deudas, porque las deudas hay que pagarlas y el dinero no cae del cielo".

Así he aprendido cosas muy sencillas, que se pueden sintetizar fácilmente:

1. La plata no cae del cielo.

2. No se roba.

3. No se toman deudas.

4. Si aumentan los gastos deben aumentar los ingresos, pero, antes debemos tener en nuestras manos la plata y después podemos gastarla.

5. No se puede comprar todo lo que se desea, sino siempre se necesita hacer una elección.

No se puede gastar lo que no se tiene

Después, en mis estudios de contabilidad, he aprendido que la sabiduría sencilla de mi madre se llamaba presupuesto, partida doble, cerrar el balance a la par, saldar una cuenta etc.

He comprendido también que, si no queremos robar o vivir como mendigos, debemos saber administrar lo que tenemos. No se puede gastar lo que no se tiene; si aumentan los gastos, deben aumentar también los ingresos; debemos ser siempre transparentes, sobre todo cuando administramos dinero que no es nuestro.

En mis estudios, he podido constatar que la sabiduría sencilla de mi madre se encuentra bien fundada en el Código de Derecho Canónico, que subordina la pastoral a la economía.

Yo sé que los espiritualistas desencarnados afirman lo contrario. Pero sé, también, que ellos no conocen la dignidad del hombre: hablo de aquel hombre que sabe que no hay Eucaristía e Iglesia, sin un pedazo de pan y pocas gotas de vino. Y detrás de este pedazo de pan y estas gotas de vino está siempre el "trabajo del hombre". El pan cuesta, y sería demoníaco pensar que pueda llegar a nosotros por el milagro que transforma las piedras en pan.

Si, sin pan no hay Eucaristía, fuente y culmen de toda actividad de la Iglesia, debemos sacar la conclusión de que la actividad pastoral está subordinada a la económica.

Me parece que una lectura atenta del Evangelio puede indicar el mismo camino. Me refiero al Evangelio según san Lucas, allá donde encontramos estas palabras:

"Cuando uno de ustedes quiere construir una casa en el campo, ¿no comienza por sentarse y hacer las cuentas, para ver si tiene para terminarla? Porque si pone los cimientos y después no puede acabar la obra, todos los que lo vean se burlarán de él, diciendo: ¡Ese hombre comenzó a edificar y no fue capaz de terminar! Y cuando un rey parte a pelear contra otro rey, ¿no se sienta antes para pensarlo bien? ¿Podrá con sus diez mil hombres hacer frente al otro que viene contra él con veinte mil?  Y si no puede, envía mensajeros mientras el otro está aún lejos para llegar a un arreglo" (Lc 14, 28-32).

Recuerdo que en la introducción sobre el primer tratado de contabilidad general, nuestro profesor ponía siempre este texto evangélico. Él nos invitaba a ser personas serias y a no empezar a edificar, si no tenemos la capacidad de terminar el trabajo iniciado.

Todas estas son reflexiones sencillas, que una buena ama de casa sabe hacer.

No estaría mal enseñarlas en nuestras comunidades y seminarios: enseñar que no se puede gastar lo que no se posee; no se puede estar siempre pidiendo plata al pueblo, y que debemos adaptar nuestros estilos de vida y de pastoral a los recursos económicos que efectivamente poseemos.

Si vamos más allá de nuestras propias posibilidades, al final, cargamos a los demás con una deuda insoportable, haciendo, en nuestras capillas y parroquias, una continua competencia a los pancheros y copetines del barrio, por estar siempre organizando rifas y bingos, y reduciendo toda la vida de la Iglesia a un show, una pollada, un asado y un tereré.

"El hombre - decía Pascal - no es ángel ni bestia y, desgraciadamente, quien quiere hacer de ángel hace de bestia".

La sabiduría de nuestro Código de Derecho Canónico dice lo mismo: partamos de la realidad económica, de lo que verdaderamente tenemos, y de allí empecemos a construir, paso a paso, una realidad que llega hasta el cielo.

 E. G.


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