Domingo, 13 de septiembre de 2009

Comentario a las lecturas del domingo veinticuatro del Tiempo Ordinario – B publicado en el Diario de Avisos, el domingo 13 de Septiembre de 2009, bajo el epígrafe “DOMINGO CRISTIANO”.

Sol y sombra

Daniel Padilla

Pedro luminoso, Pedro oscuro. Pedro, descubridor de la salva­ción que nos viene del Mesías; Pedro, obstáculo para que dicha salva­ción se realice. Pero, "piedra sobre la que se edificará la Iglesia"; Pedro, piedra de tropiezo para el "arquitecto" de la Iglesia. Pedro, Pontífice; Pedro impidiendo que Jesús tienda ese "puente" entre la tierra y el cielo. Cara y cruz de una misma moneda. El mismo Pedro que, iluminado por Dios, a la pregunta de Jesús "¿Quién dice la gente que soy?", responde: "Tú eres el Hijo de Dios", ese mismo Pedro, inspirado por Satán, increpa a Jesús que quiere "subir a Jerusalén", diciéndole: "No lo permita Dios". ¡Pedro grande, Pedro pequeño! ¡Hombre rico, hombre pobre! ¡Blanco y negro! ¡O, por lo menos, gris, bastante gris! ¿Qué es el hombre, Señor? Por un lado, su grandeza. Me doy cuenta de que he sido colocado en una alta esfera. Ciudadanos del cielo, mora­dores de la casa de Dios, sobre esta mara­villa de nuestra naturaleza humana, ha sido construida una sobrenaturaleza, por la que "miren qué amor nos ha tenido Dios, que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que de verdad lo somos", dirá Juan. A lo que añadirá Pablo: "Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo". No son frases hechas. En la intersección de lo humano y lo divino, llevamos "semillas de eternidad", "llevamos tesoros infinitos en vasijas de barro", según Pablo. Y según los salmos, "Dios nos hizo un poco infe­rior a los ángeles, nos coronó de gloria y todo lo sometió bajo nuestros pies". Sí, ése es nuestro luminoso costado. Pero vean su reverso. El mismo Pablo hace el retrato: "Llevo yo en mí un ángel de Sata­nás que me esclaviza". Y en otro lugar: "Por eso, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero". Consecuencia, por lo visto, de lo que confesó David: "En la iniquidad fui concebido y en el pecado me dio a luz mi madre". Ese es mi retrato. Ángel y demonio. Capacitado, por la gra‑cia, para llegar a la santidad. En peligro de aterrizar, por la tentación, en la igno­minia. Y como Tú, Señor, así aceptaste a Pedro -luz y sombra-, para que empuñara el timón de la Iglesia y a nosotros, oscilan­tes entre el bien y el mal, nos elegiste como ladrillos de tu edificio, he ahí el resultado: tu Iglesia es "santa" y así lo pro­clamamos; pero también "pecadora" y así lo constatamos. "Creo en la santa Igle­sia pecadora", resume Cabodevilla. Es santa, sí. Porque es capaz de santificar a los pescadores. Porque tiene la medicina para nuestras enfermedades. Porque en ella vive y actúa el Espíritu. Porque tiene y distribuye el pan de la Palabra y el Pan de la vida. Porque en su seno ha crecido "una multitud inmensa, que nadie podría con­tar" de seguidores del Cordero. Porque, en fin, ya aquí en la tierra, es el borrador del "Reino de los cielos" que un día lle­gará "a la medida de la edad adulta, a la plenitud". Pero también es pecadora. Igual que el hombre, ha caído en todos los pecados: en la avaricia y el ansia de poder, en la cobardía y en la intolerancia, en la pereza y en la dureza de trato para con sus hijos, en el ritualismo paralizante yen no reconocer que es pecadora.


Publicado por verdenaranja @ 9:34  | Espiritualidad
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