Martes, 15 de septiembre de 2009

 Homilía de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, en la misa de la peregrinación diocesana al Santuario de Nuestra Señora de Luján en donde se dio comienzo a la misión continental en la diócesis. (AICA)
(6 de septiembre de 2009)

regrinación a Luján - Misión continental 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, consagrados, ministros y demás colaboradores pastorales, queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría y gratitud nos encontramos en la casa de María Santísima, nuestra Madre, como lo hacemos cada año, recogiendo en esta visita nuestras aspiraciones y deseos, las necesidades propias y de la comunidad, para presentarlas a Dios por medio de la Virgen de Luján, implorar su gracia y su perdón, que confirman su misericordia siempre dispuesta y generosa para con nosotros, y darle gracias por tantos beneficios. El gesto comunitario de esta peregrinación da fuerza a nuestro ruego, nos invita a mostrarnos desprendidos de toda visión parcial, a sentirnos unidos a los demás, manifestando con fe y esperanza la caridad que nos une. Esta vez, a los motivos permanentes que tenemos para llegarnos hasta aquí, se agrega uno particularmente importante: comenzar la Misión Continental en nuestra diócesis de Nueve de Julio bajo el amparo de la Virgen de Luján, para que podamos cumplir de verdad sus objetivos. Pedimos avanzar con espíritu generoso por el camino del Evangelio en la santidad, para renovar la vida eclesial, fortalecer la fe y la práctica de los cristianos, alentar su celo y su participación, de modo que podamos llevar a todos los hombres y mujeres el anuncio gozoso de la salvación. Lo haremos ciertamente, todos juntos, en la celebración eucarística, ahora; luego, también lo pediremos en la adoración de la tarde y en la plegaria personal, fervorosa, en este hermoso templo, que sentimos tan nuestro porque es la casa de la Madre de Dios y Madre nuestra, que se hizo presente en la Argentina.

El propósito misionero se encuentra inserto en la vida y la acción de la Iglesia. Gozosos por la adopción de hijos de Dios, vivimos la felicidad de la fe que compartimos, la comunión de los sacramentos, la familiaridad con la Virgen Santísima y los santos. Hemos recibido tanto de Dios, y quiero señalar ante todo la vida del Espíritu, que nos santifica y renueva, y que nos concede pasar por el mundo, haciendo que las circunstancias de la existencia humana

sean como escalones para crecer en la semejanza con Dios, por el seguimiento y la imitación de Jesucristo. Y porque nos reconocemos y proclamamos discípulos, es que nos sentimos llamados a ser misioneros, no ya como una empresa añadida, una acción que debamos agregar a lo que ya estamos haciendo, sino dándole a todas las cosas el alcance y la impronta de la irradiación generosa y sincera de nuestra vocación. Así haremos conocido el mensaje del Evangelio, y lo difundiremos no solo en palabras, sino con los hechos de la conducta y el testimonio.

Nuestra misión comienza con una conciencia cada vez más profunda de que somos discípulos, y para ello debemos volver a mirar hacia el Maestro. No con una mirada curiosa pero superficial, como sucedió también en los tiempos de Jesús - ¿Quién es éste? ¿De dónde viene? ¿Con qué autoridad habla? -, sino en el espíritu de San Pedro Apóstol: ¿Señor, a quién iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna. Para llegar a ser discípulos se comienza con la conversión sincera, que valora los pasos que hemos debido dar, y se apresta a seguir, siempre, tras las huellas de Jesús. Por eso comenzamos hoy la Misión con una humilde súplica, con nuestra presencia aquí, en el santuario de Luján. Queremos escuchar, queremos aprender, queremos aplicar lo recibido, queremos ser capaces de trasmitir y de enseñar, como testigos, como hermanos, como compañeros. Empezamos recogidos en oración, y esperamos conservar esta misma actitud a lo largo de toda nuestra vida cristiana, de toda nuestra acción misionera.

Los primeros convocados, que están aquí en un lugar especial, como referentes de sus comunidades parroquiales, son los que en diversos ministerios sirven a Dios y a sus hermanos: catequistas, ministros, voluntarios, agentes pastorales, docentes, y los que actúan en todas aquellas instituciones y asociaciones que como Caritas, los distintos apostolados, los movimientos, contribuyen a la evangelización desde las parroquias, desde la Iglesia. Ellos ya han recibido una llamada para incorporarse a la tarea pastoral, y se han formado para ese fin. En la comunidad son conocidos, sus servicios son apreciados, recogen la confianza y la estima de sus hermanos; por eso los hemos invitado a ellos en primer lugar, pues tienen el ardor y el deseo de la promoción evangélica. Pero no se les confía un título para que se consideren honrados por encima de los demás, sino para que vuelquen, con ánimo de servicio y, si es necesario, con generosidad hasta el sacrificio, sus capacidades, su experiencia, sus contactos con la comunidad, y puedan trasmitir la caridad del apóstol, el coraje y las iniciativas del misionero, e incorporar a muchos más a las filas de los que anuncian a Jesús nuestro Salvador.

La primera etapa que hoy comenzamos consistirá en los cuatro encuentros programados en cada parroquia, para formar a estos agentes en el sentido y los métodos de la Misión, de aquí hasta fin de año. Estos agentes, que están integrados a la vida pastoral de la parroquia, en primer lugar procurarán ahondar en la dimensión misionera del servicio que ya prestan, para trasmitir luego a aquellos a quienes encuentran en sus ministerios (caridad, catequesis, liturgia, familias, enfermos) ese mismo celo, para que con su oración y su propio empeño y compromiso, se unan a su llamado. De manera especial pensamos en los catequistas, que a través de los niños y jóvenes llegan a innumerables familias, que son los primeros evangelizadores de sus propios hijos y tienen la llamada para hacer de sus hogares verdaderas iglesias domésticas. Pensamos en los enfermos y ancianos, que son visitados por los ministros de la pastoral de la salud, y tienen que ser acompañados para que ofrezcan sus oraciones y sufrimientos por sus hermanos de toda condición. Pensamos a quienes se encuentran en los ambientes que los voluntarios de Caritas atienden y visitan, para difundir con la ayuda material la orientación espiritual y el alimento para el alma.

La segunda etapa comenzará en marzo, con las actividades propias de la Misión, por parte de quienes ya actúan apostólicamente y en la pastoral ordinaria, pero ampliándose a las diferentes iniciativas posibles en una comunidad: cursos, jornadas, encuentros, celebraciones, visitas domiciliarias, actos masivos, campañas, publicidad, desde las mismas instituciones parroquiales y en el ámbito más genérico de la sociedad.

¿Y con qué contenido? Es el que simbólicamente nos diseñan las partes que componen el hermoso tríptico, regalo del Papa Benito XVI a las comunidades de América para su Conferencia General de Aparecida. Son los misterios de la vida de Cristo, que se relacionan con los signos a través de los cuales llega a nosotros la vida divina, los sacramentos, para renovarnos y hacernos santos. La gran señal de la presencia de Cristo entre nosotros se da en la asamblea eucarística; allí el Señor nos congrega, nos fortalece con su Cuerpo y Sangre, nos enseña con su Palabra, nos reconoce en la oración común. El camino misionero nos conduce a la confesión de la fe en Jesús Resucitado, a la participación en la celebración del domingo, el Día del Señor, cuyo centro es la celebración del Misterio pascual, la Eucaristía. La recuperación de este signo de todo el Pueblo de Dios comulgando en la Fiesta del Cordero sacrificado por nosotros, tiene que ser la meta de la Misión, para que de ese momento privilegiado de comunión, sea la comunidad entera la que salga del templo donde se ha reunido para abordar con su mensaje a todos los hombres y mujeres.

Es la perspectiva de la Plegaria para esta Gran Misión Continental, conocer a Cristo:

Tú eres la Luz en nuestros corazones
y nos das tu ardor con la certeza de la Pascua.
Tú nos confortas en la fracción del pan,
para anunciar a nuestros hermanos que en verdad Tú has resucitado
y nos has dado la misión de ser testigos de tu victoria.

Quédate con nosotros, Señor, Tú eres la Verdad misma,
eres el revelador del Padre,
ilumina Tú nuestras mentes con tu palabra;
ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.
 

Y pedimos su gracia y su presencia en la familia y en la sociedad, que toca a nosotros, elegidos testigos y misioneros, difundir para que la conozcan y reciban. Todos los bautizados estamos llamados a ser discípulos y misioneros. Nos dirigimos especialmente a los sacerdotes, en este año que el Santo Padre ha querido dedicar especialmente a ellos, para afianzar en ellos el espíritu de su vocación, y en los seminaristas, futuros presbíteros, que se preparan para ser como un Cristo que se ofrece por sus hermanos; los unimos en la oración y la esperanza a los diáconos, cuyo camino litúrgico y de servicio estamos tan interesados eclesialmente en afirmar y dar a conocer, como un ofrecimiento que Dios nos hace, para la vida de sus comunidades. Y juntamente esperamos mucho de los religiosos y religiosas, consagrados, y todos los ministros y colaboradores, que sería largo enumerar, pero que reconocemos presentes y solícitos en la vida de la Iglesia diocesana, en cada visita que hacemos a las comunidades parroquiales y a los pueblos, y también de las instituciones católicas, educativas y sociales, y que también hoy encontramos aquí, agradeciendo su participación siempre generosa y entusiasta.

Con la Plegaria decimos:

Fortalece nuestra fe de discípulos
siempre atentos a tu voz de Buen Pastor.
Envíanos como alegres misioneros,
para que nuestros pueblos
en ti adoren al Padre, por el Espíritu Santo.
 

Congregados en el nombre de Cristo Nuestro Señor, animados por la presencia del Espíritu Santo, nos dirigimos a Dios nuestro Padre. Nuestra familia es la Iglesia, nuestra aspiración la difusión del Evangelio, nuestra meta la gloria junto a la Santísima Trinidad. Y por eso invocamos a María la Virgen Inmaculada, aquí en su casa de Luján, Patrona de nuestra Patria. Que ella nos asista y acompañe, concediéndonos con abundancia lo que en esta peregrinación hemos venido a pedir, elevando a Dios Padre nuestro agradecimiento sincero y aceptando acompañarnos en nuestro compromiso y entrega. Lo hacemos con las palabras finales de la Plegaria por la Misión Continental:

A María, tu Madre y nuestra Madre,
Virgen inmaculada, mujer vestida de sol,
Señora de Guadalupe y de Luján,
confiamos el Pueblo de Dios peregrino
en este inicio del tercer milenio cristiano.
Amén.
 

II La Buena Noticia Diocesana, Nª 99, junio-julio 2009  

PLEGARIA DE LA MISIÓN CONTINENTAL

Oración compuesta con las palabras finales del discurso que el Papa Benito XVI pronunció el 13 de mayo de 2007 en la sesión inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida, Brasil. Se propone su recitación a todos los fieles y, en especial, a los agentes pastorales, y su empleo en las celebraciones comunitarias, encuentros y reuniones pastorales, y en las familias. La hemos dividido de acuerdo a las estrofas, que se pueden aplicar en diversas circunstancias, conservando en cada ocasión el encabezamiento (I) y la conclusión (V) .

I

Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos, aunque no siempre hayamos sabido reconocerte.

Tú eres la Luz en nuestros corazones y nos das tu ardor con la certeza de la Pascua. Tú nos confortas en la fracción del pan, para anunciar a nuestros hermanos que en verdad Tú has resucitado y nos has dado la misión de ser testigos de tu victoria.

Quédate con nosotros, Señor, Tú eres la Verdad misma, eres el revelador del Padre, ilumina Tú nuestras mentes con tu palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.

II

(La familia)

Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares para que caminen unidos, y en ellos nazca la vida humana generosamente; quédate, Jesús, con nuestros niños y convoca a nuestros jóvenes para construir contigo el mundo nuevo.

III

(La vida de la sociedad)

Quédate, Señor, con aquellos a quienes en nuestras sociedades se les niega la justicia y la libertad; quédate con los pobres y humildes, con los ancianos y enfermos.

IV

(Vocación y misión)

Fortalece nuestra fe de discípulos siempre atentos a tu voz de Buen Pastor. Envíanos como alegres misioneros, para que nuestros pueblos en ti adoren al Padre, por el Espíritu Santo.

V

(Conclusión)

A María, tu Madre y nuestra Madre, Virgen inmaculada, mujer vestida de sol, Señora de Guadalupe y de Luján, confiamos el Pueblo de Dios peregrino en este inicio del tercer milenio cristiano. Amén.


Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio


Publicado por verdenaranja @ 23:12  | Espiritualidad
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