Mi?rcoles, 16 de septiembre de 2009

Mensaje de monseñor Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta y pacto de fidelidad en la Fiesta del Señor y la Virgen del Milagro. (AICA)(15 de septiembre de 2009)

fiesta del milagro 2009
 

1 Pe 2,2-5.9-12
Sal 22
Jn 10,1-10

I

¡Gracias, Señor del Milagro, porque también este año nos concedes renovar nuestra esperanza! ¡Tú eres el Buen Pastor que nos conduce a los pastos de la Vida y de la fraternidad!.

Llegamos hasta aquí para reiniciar nuestra vida y nuestra historia. Lo hacemos desde tu Corazón y desde el pacto que nos une y nos da identidad.

Celebrar el pacto de fidelidad es recrearnos como cristianos, como familia, como pueblo y por eso nos tienes aquí, junto a Ti porque estás junto a nosotros, nos preparas la mesa y nos unges con el óleo de la alegría.

Continúas buscando el amor de tu pueblo. ¡Aquí estamos, Señor!

Tú eres el Dios fiel. Tú eres el Emmanuel, el Dios con nosotros.
 

II

Como a los discípulos de todos los tiempos de la historia, como a tus contemporáneos también a nosotros nos llamaste desde el bautismo. Tú nos elegiste y nos eliges para ser tus amigos. Conforme crecemos en la vida cristiana vamos experimentando que vincularnos contigo en el grupo de los tuyos, en tu Iglesia, es participar de la vida del Padre, es formarnos para asumir tu estilo de vida y tus motivaciones, es correr tu suerte y hacernos cargo de tu misión que es hacer nuevas todas las cosas.

Somos tus discípulos, por eso estamos aquí. Esperas de nosotros una vinculación que no es la de los siervos “porque el servidor ignora lo que hace su señor” (Jn 15,15) sino la de los amigos y hermanos. Nos llamas a ser tus amigos, a ser tus hermanos. Nos haces ingresar en tu Vida y hacerla nuestra. Nos haces escucharte y conocer al Padre para vivir la vida en plenitud y compartirla con todos tus amigos.

Al compartir tu vida con nosotros nos haces tus hermanos. Es la misma vida del Padre que se hace nuestra por el Espíritu, es la vida en plenitud que nos une a todos en una sola familia, tu Iglesia y nos vincula en una fraternidad profunda. Somos hermanos los unos de los otros porque somos tus hermanos. Somos tu Iglesia y por ello somos provocados a ser, en cada una de nuestras comunidades, semilla de una humanidad nueva, más justa y más fraterna.

Porque somos tu Iglesia estamos llamados a compartir la suerte de la humanidad y a cargar con los todos los hombres del mundo en la lógica del Buen Samaritano que nos empuja a hacernos prójimos, especialmente del que sufre, para generar una sociedad sin excluidos, como lo hiciste Tú, Señor, comiendo con publicanos y pecadores, acogiendo a los niños, sanando a los leprosos, perdonando a los pecadores, hablando con la samaritana.
 

III

Hoy, al celebrar el 75º aniversario de nuestra vida como arquidiócesis, te agradecemos el don de la vida en familia eclesial, la vitalidad de nuestras parroquias, la presencia de la vida religiosa, el crecimiento y la renovación de nuestras instituciones y movimientos, el poder servir a todos más allá de nuestros límites y pecados. Te agradecemos la profundidad de la vida eucarística que se despliega en su geografía y en el corazón de los cristianos. Gracias por el privilegio de ser depositarios de tu llamada de amor a tantos devotos y peregrinos que son estas imágenes benditas, la tuya, Señor, y la de tu Madre, María del Milagro. Reconocemos que esta presencia marca la identidad misma del pueblo de Salta y constituye su carta de identidad. “Somos tuyos, Tú eres nuestro”. La vida ha tejido en la trama de la historia un humus cultural que nos muestra tu rostro y el de tu Madre en cada hogar, en cada proyecto, en nuestras costumbres, en la raíz de las mejores de nuestras opciones.

Como Iglesia que camina en Salta, queremos comprometernos con toda la Iglesia en América Latina y el Caribe, y ponernos al servicio de la vida plena de nuestros pueblos. Tú, Señor, fuiste, eres y serás siempre la novedad inagotable que se acerca a las preguntas más profundas del hombre y de la mujer de buena voluntad que buscan el bien, la verdad, la belleza, la justicia y la paz. Tu mensaje consolador, Señor Jesucristo, nos da la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final vences ya que eres el Viviente, el Resucitado. ¡ Y esto siempre!.

Por ello, como iglesia arquidiocesana queremos empeñarnos en un camino que nos lleve paulatina y progresivamente a una intimidad mayor con la Palabra de Dios porque sólo ella puede cambiar en profundidad nuestro corazón. Es la Palabra de Dios la escalera que nos permite ascender a ti y entrar en la profundidad del amor del Padre. Tú nos dices: Soy tuyo en el bautismo, en la confirmación, en la reconciliación, en cada Misa, en cada sacramento. Desde allí, en la madurez de una vida sacramental que haga de la Eucaristía y del domingo los ejes del proyecto pastoral, nos hemos de comprometer en la Misión que quiere acercarse a cada hombre con la humildad y el afecto del hermano para decirle: Dios te ama; Jesucristo ha dado la vida por Tí.

También entre nosotros hay situaciones que contradicen el proyecto del Padre y nos interpelan como creyentes para comprometernos seriamente a favor de la cultura de la vida. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1Jn 3,14.)

Aparecida, haciéndose eco de tu enseñanza nos recuerda que la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar la vida a los demás. Se vive mucho mejor cuando tenemos libertad interior para darlo todo. Existe una ley profunda de la realidad: la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Nos lo dijiste: “Quien aprecie su vida terrena la perderá” (Jn 12,25)[2].
 

IV

Con profunda esperanza queremos renovar nuestro compromiso misionero a favor de la vida y de la familia, de la educación y de la juventud, de la justicia y de la paz.

Tesoro de los más importantes de nuestros pueblos, la familia es cuna y escuela de humanidad. Necesitamos escuchar la buena noticia de tu proyecto de amor sobre ella. Tu Rostro nos habla, Señor del Milagro, de la familia. Estás en la Cruz para recordarnos que es la entrega de amor del Padre por nosotros lo que te llevó hasta la entrega de tu vida y los resplandores de la resurrección nos hablan de la fuerza del Espíritu que brotando de tus labios se hacen familia en cada hogar que aprende a comenzar cada día, a jugarse por la vida y por la educación, por la fidelidad y por un mañana construido por la generosidad, por el trabajo, por la paciencia, por el perdón.

Queremos, como Iglesia particular, reafirmar nuestro compromiso por una pastoral familiar intensa y vigorosa para proclamar el evangelio de la familia, promover la cultura de la vida y trabajar para que los derechos de las familias sean reconocidos y respetados. Invitamos a todos los cristianos a descubrir el manantial de gracia y de humanismo que brotan del sacramento del matrimonio. Lo hacemos pensando en los queridos jóvenes que buscan caminar hacia un futuro con alguna certeza: ¡No teman empeñar la vida por la familia! Pero, prepárense desde un noviazgo que sea escuela de don generoso y no de egoísmo compartido.

Desde el dolor que hiere el corazón de tantas familias, te pido Señor, por la niñez. Los niños son tu regalo a cada generación, una provocación a renovar la esperanza y a construir un mundo mejor. Tú los elegiste con ternura: (Mt 9,14). Y sin embargo, tenemos tanto que crecer para construir una ciudad que no agreda a los niños. Niños a los que se les niega el derecho a ver la luz de este mundo, niños en la calle trabajando sin contención alguna, muchas veces usados por sus mismos padres; niños y niñas engañados y entregados a la prostitución; niños huérfanos de padres vivos, niños excluidos de la educación a la que tienen derecho! ¡Niños que se drogan! ¡Niños sin derecho a ser niños! Constituye para nuestra sociedad y para nuestra comunidad eclesial todo un desafío el trabajar por ellos para que el presente sea menos agresivo y un futuro mejor sea posible.

Al proclamar nuestra fe en la cultura de la vida y nuestro empeño por construirla cada día promoviendo su respeto desde la concepción hasta la muerte queremos pedirte fuerza para no desfallecer, mirada para descubrirte en la necesidad que acompaña al niño, al joven, al anciano, al enfermo, al pobre, y valentía para trabajar por cada ser humano que nos necesite.
 

V

Miramos a nuestros jóvenes y renovamos nuestra esperanza en ellos. Al contemplarte, Señor, en la cruz, pienso en la mirada que dirigiste al joven del que nos habla tu evangelio. Jóvenes. Hoy el Señor los está mirando. Hoy el Señor te está mirando! Tus esperanzas y tus miedos son sus esperanzas y sus miedos, como lo son de su Iglesia. No temas arrimarte al Señor. Construye tu futuro respetándote en este presente como un ser humano llamado a la generosidad y a la entrega. Hoy, como lo fue ayer y como lo será siempre, sólo hay un camino de realización plena, el del trabajo, del estudio, de la amistad verdadera, de las aspiraciones nobles ¡No temas al Señor! Asciende hacia lo alto. Busca a Dios.

También nosotros fuimos jóvenes y aspiramos cambiar el mundo. La vida nos fue enseñando que sólo siendo plenamente hombres, personas, podemos aportar una real mejora a nuestro tiempo. Joven, eres persona, no cliente. Eres hijo de Dios, no mercadería.

Al contemplar el rostro de tantos jóvenes heridos por el flagelo inicuo de la droga que se extiende como un cáncer en nuestros barrios aumentando el miedo, la inseguridad y la muerte, permítanme exhortar a los muchachos y a las chicas a no ceder a los mercaderes de la destrucción e implorar con fuerza y, si es necesario, imperar a quienes trafican con el futuro y la vida de los mismos: No les es lícito continuar matando. Este ataque ignominioso que se libra contra la sociedad para llenar bolsillos de comerciantes de la muerte, exige la respuesta urgente de todas las fuerzas sociales que asuman el presente haciéndonos cargo ante la historia y ante Ti, Señor, de la gravedad de la hora. Cada joven que sucumbe es una cachetada a una sociedad que tiene el riesgo de anestesiarse contemplando impávida su propia destrucción.

Frente a las amenazas que se ciernen sobre todo contra el mundo de los niños y de los jóvenes, hemos de reafirmar como Iglesia y como sociedad un compromiso real con la educación. Trabajando para mejorar el sistema educativo, cultivando la calidad y procurando incluir a todos, hemos de recuperar el sentido de la vocación y de la tarea del educador y restituirles el aprecio social que merece la persona del docente. Una generación capaz de asumir como prioridad la tarea educativa será digna del bicentenario.
 

VI

Desde el corazón mismo de la Iglesia miramos con esperanza el mundo. Renovamos nuestra convicción que el mundo creado por Dios es hermoso ya que procede de su designio de sabiduría y de amor. El pecado mancilló su belleza. Nos lo recuerda la historia de cada día desde los gritos de las víctimas de la injusticia, del odio, de la maldad, del desencuentro. Pero nosotros sabemos que Dios es el viviente. Contemplándote en la riqueza de tu Pascua proclamamos en esta tarde el triunfo de la vida y nos reafirmamos en la fuerza del perdón. Por eso queremos trabajar por la justicia y por la equidad. Queremos seguir apostando por el diálogo que crea fraternidad, por el respeto que permite la dignidad, por la verdad que custodia a la humanidad. “La sociedad cada vez mas globalizada nos hace mas cercanos pero no mas hermanos”[3], nos advierte el Papa Benito XVI. Nos urge como Iglesia ser testigos de la vocación del Padre que nos enseña, mediante el Hijo, lo que es la caridad fraterna. El Bicentenario es una llamada a ser una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.
 

VII

Nos vamos despidiendo, Señor del Milagro. En esta hora se hace sentir la cercanía de tu Madre, María del Milagro. Ella crea fraternidad, ella nos hace percibirnos Iglesia. En tu Iglesia están los que tú llamaste para que fueran especialmente tuyos: los sacerdotes, nuestros sacerdotes.

Celebrando el año sacerdotal quiero pedirte perdón por mis faltas sobre todo en el ejercicio del ministerio pastoral al servicio del pueblo de Dios como presbítero y como obispo, de un modo particular por aquello que pueda haber sido ocasión de escándalo para mis hermanos, sacerdotes, religiosos o laicos. Y pedirte perdón por las debilidades e infidelidades de mis hermanos e hijos sacerdotes. Pero, sobre todo quiero darte gracias por todos los sacerdotes, por los que tanto me han dado de Ti con su ejemplo y con su servicio ministerial, a mí y a todo el Pueblo de Dios. Ayuda tus sacerdotes. Que el llamado a la santidad, especialmente vivo desde nuestra proximidad profunda a Ti (nos confías tu Iglesia, tus sacramentos, tus hijos), suene como una llamada que renueva nuestra vida y nos alegra entrañablemente.

Mira a tus seminaristas, cuídalos, permítelos formarse en un clima honesto y transparente que madure en ellos una rectitud profunda a lo largo de su camino formativo que se consuma en la muerte. Llama a jóvenes de nuestra Salta, de tu Salta, y de todo el mundo, para continuar tu tarea de seguir buscando con amor, el amor de este pueblo tuyo que ya superó la geografía y abraza al que viene, al que te invoca, al que escucha el susurro amoroso de tu amor: Soy tuyo.

Madre del Milagro: contigo a Jesús; y con Jesús, el Señor, a la Iglesia para servir en ella, como misioneros a todos los hombres.

Monseñor Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta 

Notas


[1] Documento de Aparecida (a partir de ahora DA 131).
[1] DA 360.
[1] BENITO XVI, Caritas in Veritate, 19


Publicado por verdenaranja @ 23:29  | Hablan los obispos
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