Jueves, 17 de septiembre de 2009

Homilía de monseñor Luís Stöckler, obispo de Quilmes en la 31º Peregrinación Diocesana a Luján. (AICA)
(13 de septiembre de 2009)


Con la Virgen haciendo el bien 

Hemos llegado nuevamente a los pies de la Virgen en su Santuario de Luján, donde ella siempre nos espera, a todos sus hijos que peregrinan en la Argentina, pero de una manera especial a los que vivimos en este mundo tan complejo del Gran Buenos Aires. Cuando entramos en la Basílica, inmediatamente nos sentimos en casa, y nos sabemos hermanos, porque estamos juntos cerca de nuestra Madre. Juan Pablo II, el inolvidable Papa, decía una vez: “En el estilo de piedad que es el del pueblo al que yo pertenezco, hallé lo que había descubierto al leer el Tratado sobre la excelentísima devoción a la Virgen María de San Luis María Grignon de Montfort. “Si antes me contenía por temor a que la devoción mariana tomara la delantera a la de Cristo, en lugar de cederle el paso, al leer el tratado comprendí que, en realidad, ocurría algo muy distinto. Nuestra relación interior con la Madre de Dios dimana orgánicamente de nuestra vinculación al misterio de Cristo. Por tanto, es imposible que se estorben entre sí”. “Al contrario: «la verdadera devoción» a la Virgen Santísima se reafirma con mayor fuerza en aquel que avanza en el misterio de Cristo, Verbo encarnado, y en el misterio trinitario de la salvación que se centra en él. Incluso se puede decir que, a quien se esfuerza en conocerle y amarle, el propio Cristo le señala a su Madre, como hizo en el Calvario con su discípulo Juan”. Con la piedad del pueblo al que pertenecemos, también nosotros vinimos hoy para presentarle a nuestra Madre nuestro afecto y nuestra gratitud, y también nuestras penas. Y queremos pedirle que nos abra el oído para entender lo que su Hijo nos quiere decir a cada uno y a nuestra Iglesia.

En el evangelio que escuchamos recién, Jesús pregunta a sus discípulos: “Ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?”. Esta pregunta, hoy, está dirigida a nosotros. Antes de dar una respuesta apurada, conviene mirar, cómo nuestra Madre fue descubriendo el misterio de Cristo. Porque ha sido un camino largo que la llevó como peregrina de la fe a entender a quien ella había concebido del Espíritu Santo y dado a luz. Lo primero que escuchó del ángel era, que su hijo era el Hijo de Dios. Además le dijo que iba a heredar el trono de su antepasado, el rey David, como el Mesías prometido y esperado del pueblo judío. Y más: cuando lo presentó a su primogénito en el templo, según lo establecido por la ley, el anciano Simeón afirma que Jesús iba a ser luz para todas las naciones; y le profetiza a la Virgen que una espada le va a traspasar el corazón. Esta profecía preparó a María para que no se extrañara con las pruebas que le iban a traer su fe y fidelidad a Cristo. Los evangelios dicen en adelante que María, a veces, no entendía lo que acontecía con su hijo, pero que ella guardaba estas cosas en su corazón. Lo acompañaba en su misión pública, cuando “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), y “Dios lo acreditó por milagros, prodigios y signos” (Hch 2, 22). Pero ella estuvo con Él, sobre todo, cuando llegó la hora de las tinieblas. Aunque no entendía, no dudaba de Él. Aunque la persecución y su condena a muerte, al parecer, desmentía lo que el ángel le había prometido, la Virgen se quedó al pie de la cruz y se unía a su Hijo en la entrega al Padre. Ella creía verdaderamente lo que el nombre “Jesús” significa: Dios salva. Su hijo era, es el Salvador.

Si vinimos hoy acá, a la casa de la Madre, queremos afirmar nuestra fe en su hijo. Creemos que Jesucristo, como en aquel entonces, sigue haciendo el bien; y que podemos acudir a Él, como los enfermos y los atormentados en aquel tiempo, para pedir su ayuda. Por eso traemos hoy las preocupaciones para acercárselos por la intercesión de la Virgen. Pedimos por nuestra Patria, en vísperas de su Bicentenario. Pedimos por nuestros presbíteros y por buenas vocaciones en este Año Sacerdotal. Pedimos por nuestros enfermos para que sientan que el Señor no los abandona. Pedimos por los pobres y por los que están en condiciones de ayudarlos. Y queremos pedir también por nuestra Iglesia hermana de Orán y su nuevo obispo Marcelo, para que su misión siga el ejemplo de Cristo, el buen samaritano.

Pero queremos pedir al Señor también que nos quite los miedos, cuando el seguirle a Él significa renunciar a nosotros mismos y cargar con la cruz. Que nos haga sentir que el perder la vida por Él y la Buena Noticia, nos llena el corazón. Y que esta visita a la casa de su Madre afirme nuestra pertenencia a la Iglesia, donde ya ahora podemos anticipar el gozo de la vida eterna.

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes


Publicado por verdenaranja @ 23:21  | Homil?as
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