Viernes, 18 de septiembre de 2009

Nota editorial del Periódico de CONSUDEC por Pbro. Lic. Alberto A. Bustamante, presidente de Consejo Superior de Educación Católica. (AICA)
(Septiembre de 2009)

SER DOCENTE HOY, SUEÑO O PESADILLA

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.” (1Cor, 13,1-3)  

Quisiera tener presente en esta editorial de un modo especial a todos aquellos maestros, docentes, profesores que hacen de su vida una ofrenda, un servicio, una oblación. A todos aquellos que fueron descubriendo que no nacimos para nosotros si no para los otros. Para el Otro con mayúscula, Dios, y para los hermanos. A todos aquellos que descubrieron que nos realizamos y somos felices cuando nos soñamos para alguien, cuando soñamos con alguien. El que se sueña para sí, el que sueña solo consigo mismo, lo único que puede tener son pesadillas. Cuando en la vida social cada ciudadano se sueña para si, cada sector social se sueña para sí, esa sociedad tiene pesadillas colectivas. Ni hablemos si ese ciudadano es docente. Su aula se convierte en pesadilla Soy para los demás. No estudio para mí, estudio para mis alumnos. Soy para mis alumnos. Ni las vacaciones son para mí. No tengo derecho a irme de vacaciones sino tengo para quien volver, o mejor, si no tengo para quien ser.

La idea, entonces, es alentarlos, es decirles que “no hay mayor belleza que la del amor que comparte el dolor” (Fedor Dostoievski) ¡Cuánto bien hace la bellaza del rostro docente que se entrega y “se desvive para que otros tengan vida”! (Educación y proyecto de vida).

Recuerdo una anécdota de mi vida de estudiante en el Seminario Mayor de Córdoba: el entonces Padre Estanislao Karlic, hoy Cardenal, al darnos clase por primera vez nos dijo: “No tengo derecho a dirigirles la palabra si primero no estoy dispuesto a amarlos, porque toda palabra que sale de la boca sin amor es mala palabra que daña, que lacera, que destruye” ¡Cuanta sed tienen hoy nuestros muchachos y chicas de “esas palabras dichas con amor”! ¡Cuán poco se habla hoy de esta dimensión fundamental de la docencia! ¡Cuánto se ha erosionado el compromiso ético con el alumno! ¡Cuanto rescata, cuanto redime, cuantas heridas sanan las buenas palabras! Hoy hay que rescatar a la docencia de la telaraña de teorías sobre la práctica docente que omiten hablar de este “ágape pedagógico”.

El Apóstol San Pablo nos lo ha dicho con claridad. Puedo tener toda la ciencia, puedo acumular puntaje para mi carrera, puedo tener muchos cursos realizados, puedo conquistar sueldos dignos, pero si no tengo amor no me sirve de nada y lo peor, no le sirve de nada a nadie y mucho menos a los muchachos y chicas.

Esta necesidad de “ser visibles” en su integridad a los ojos de los maestros, de los adultos, se eleva como un grito, como un clamor que va creciendo casi hasta ser amenazante por parte de tantos y tantos niños, adolescentes y jóvenes que observan perplejos el autismo adulto.

Desde lo más profundo de su experiencia de “tierra nuestra”, de “raíz nuestra”, Don Atahualpa Yupanqui nos planteará desde la estética de la poesía esta gran verdad: solo hace bien el que se excede en la entrega y va más allá del estatuto. Escuchemos:

“Nada resulta superior al destino del canto.
Ninguna fuerza abatirá tus sueños,
porque ellos se nutren con su propia luz.
Se alimentan de su propia pasión.
Renacen cada día, para ser.
Sí, la tierra señala a sus elegidos.
El alma de la tierra, como una sombra, sigue a los seres
indicados para traducirla en la esperanza, en la pena,
en la soledad.
Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de la tierra,
si comprendes su sombra, te espera
una tremenda responsabilidad.
Puede perseguirte la adversidad,
aquejarte el mal físico,
empobrecerte el medio, desconocerte el mundo,
pueden burlarse y negarte los otros,
pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha,
porque no es sólo tuya.
Es de la tierra, que te ha señalado.
Y te ha señalado para tu sacrificio, no para tu vanidad.
La luz que alumbra el corazón del artista
es una lámpara milagrosa que el pueblo usa
para encontrar la belleza en el camino,
la soledad, el miedo, el amor y la muerte.
Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas,
ni sufres, ni gozas con tu pueblo,
no alcanzarás a traducirlo nunca.
Escribirás, acaso, tu drama de hombre huraño,
solo sin soledad ...
Cantarás tu extravío lejos de la grey, pero tu grito
será un grito solamente tuyo, que nadie podrá ya entender.
Sí, la tierra señala a sus elegidos.
Y al llegar el final, tendrán su premio, nadie los nombrará,
serán lo "anónimo",
pero ninguna tumba guardará su canto ...”

Bendecimos, alentamos y damos gracias a Dios por tantos maestros, profesores que se han animado a “cantar con su vida el himno de la caridad” y por eso ninguna tumba, como a Jesucristo, el Divino maestro , guardará su canto. 


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