Domingo, 20 de septiembre de 2009

Comentario a las lecturas del domingo veinticinco del Tiempo  Ordinario – B publicado en el Diario de Avisos el domingo 20 de Septiembre de 2009 bajo el epígrafe “DOMINGO CRISTIANO”.

¡No damos
una!

Daniel Padilla

 

Eso creo. Que, a veces, no damos una. Hace Jesús el primer anun­cio de su Pasión y Pedro se pone ante él, increpándole, y quitándole la idea de la cabeza. Vuelve Jesús a hacer un segundo anuncio -ése que nos cuenta el Evangelio de hoy- y son sus discípulos los que dejan al descubierto su alarmante fri­volidad: "Por el camino venían discu­tiendo sobre quién sería el más impor­tante". Tuvo que ser muy decepcionante para Jesús. Cuanto más necesitaba él recoger energías y sentirse arropado, ellos no pensaban en otra cosa que en mandos y liderazgos. Como Pedro había recibido ya la promesa del primado, quizá ellos no querían quedarse fuera de la lista: "¿Qué puesto ocuparé yo?" Sí, la verdad es que, a veces, no damos una. Pero no desaprovechó Jesús la lección, y, con un ejemplo gráfico, desgranó varias ideas:

"El que quiera ser primero, que sea el último y el servidor de todos". Más claro, agua, Jesús quería ser el primero. Debía ser el primero. Era el primero. Pues, vean. No va a Jerusalén a que lo proclamen rey, cosa de la que siempre huyó, sino a colo­carse el último, entre los indeseables y malhechores: "El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán". En coherencia, con su lema: "El que se humilla será ensalzado".

"Acercándose a un niño, lo puso en medio". Óiganlo bien: "Lo puso en medio". Al revés que nuestra moderna sociedad que lo quita de en medio y lo echa a un lado. Busquen todos los eufe­mismos que quieran y todas las termino­logías y razones legales que traten de jus­tificarlo. Pero el aborto, y la interrupción del embarazo y la eliminación del nasci­turus son modos clarísimos de quitar de en medio al niño. Porque la vida del niño, como la del anciano, como la del atleta, como la de Miss Universo son igualmente preciosas a los ojos de Dios.

"Lo abrazó". Que es tanto como ofrecerle soportes válidos durante su niñez, hasta que él mismo sepa andar su camino. Creo que también nosotros abra­zamos a los niños. Pero cayendo frecuen­temente en dos "ismos": el proteccio­nismo, que es "auparlos tanto" a nuestros brazos que tratamos de identificarlos con nuestro propio yo, queriendo que crez­can a nuestra imagen y semejanza, sin ningún respeto a la propia personalidad. Y, segundo, el ilusionismo: que es tapar con premios, regalos y concesiones fáci­les al permisivismo lo que debía ser entrega seria, constante y pensada al desarrollo gradual de su personalidad.

"El que acoge a un niño como éste, me acoge a mí". Dense cuenta y quítense la posible nube romántica de los ojos. El niño que Jesús puso en medio no tenía por qué ser un niño prodigio. Segura­mente era uno de tantos. Es decir, ególa­tra y absorbente, con marcada tendencia a la terquedad, con caprichos, con gran­des dosis de inconstancia y volubilidad, con propensión a la pereza, con envidias repentinas. Esto es, un animalito herido ya por todas las concupiscencias, como todos los niños. Pues, bien, acoger a un niño así, es acoger a Jesús.


Publicado por verdenaranja @ 9:32  | Espiritualidad
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